EVANGELIO
San Lucas 23, 35-43
En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Había también por encima de él un letrero: «Éste es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo.» Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.»
COMENTARIO
SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
Domingo 34 Tiempo Ordinario, C
23 noviembre 2025
Damos gracias al Señor, cuando terminamos este año litúrgico jubilar de 2025, porque nos ha sacado del reino de las tinieblas y nos ha introducido en el reino de la luz desde el día de nuestro Bautismo.
La celebración de Jesucristo Rey tiene una inevitable carga histórica, según se ha visto en la lectura de Samuel (cf 2 Sam 5, 1-3), donde David es ungido como rey de Israel.
Sin embargo, el reinado de Jesús es de otra manera y sabemos que, conforme a este pasaje del Evangelio según San Lucas, Él reina en el trono de la Santa Cruz y coronado de espinas. Lo suyo no es el poder, la fuerza, la fama o el dinero.
Ante la Cruz, el Evangelista ha señalado las burlas que afrentan a Jesús Crucificado. Resulta llamativo que ante un hecho tan cruel aparezcan las burlas. Además, ¿de cuántas personas? Cabe preguntarse si el día antes de la fiesta de la Pascua fueron muchos los que asistieron a la ejecución. Y, en todo caso, la escena no es para la burla, sino para el espanto. A quienes somos cristianos no nos sorprenden esas actitudes, porque cualquiera ha sufrido también burlas y rechazo. Es cierto que en Europa no existe hoy persecución por creer en Jesucristo, pero en otros muchos lugares no solo hay burlas, sino hasta martirio.
Los tres protagonistas del texto evangélico hacen posible una triple reflexión.
a) Sálvate a ti mismo
Son las palabras de aquel que llamamos “mal ladrón”. En realidad, eso es lo suyo, la autosuficiencia, el bastarse a sí mismo, el ser intocable y solitario. En todo caso, la manipulación de los otros: sálvate, pero para que me salves… Resulta fácil identificar este modo de ser, que convierte en prepotentes, arrogantes, manipuladores y solitarios.
b) Te lo aseguro
Es la respuesta de Jesús al que llamamos “buen ladrón”. Así ofrece la seguridad que todo ser humano precisa ante las diversas situaciones de la vida. Al mismo tiempo, es la garantía de no encontrarse solo, porque Jesús comparte la misma crudeza, sufrimiento y sacrificio que se vive. El Señor no entra en las provocaciones que recibe. Lo suyo no son las tinieblas, sino la propuesta de una luz, que permite interpretar y vivir hasta el momento más trágico como una oportunidad de crecimiento, maduración y culminación ilimitada y según los proyectos de Dios. Con razón San Pablo en la segunda lectura dijo que Él era la imagen visible de Dios invisible. El primero en todo: en la Creación y el primogénito en la Resurrección, en la Nueva Creación, porque Dios no destruye su obra, sino que la concluye de modo extraordinario. Por eso, ante Él se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra, en el abismo y se proclama que es el Señor, el Rey, el centro de la vida y de la historia, que todo lo sostiene y orienta en a su término: al Reino de Dios.
c) Acuérdate de mí
Esta es la petición del llamado “buen ladrón”. Antes de formularla reconoce su pecado y justa condena. Al mismo tiempo, declara la inocencia de Jesús identificado con todos los crucificados: “este no ha hecho nada malo.” El Señor le promete aquello que solamente los seres humanos son capaces de desear: la inmortalidad y la eternidad. Y en el momento más trágico, el reino de las tinieblas resulta derrotado y todo se ilumina con una esperanza: hoy, ya, ahora, estarás conmigo en el Paraíso.
F. Tejerizo, CSsR
San Lucas 21, 5-19
En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo. «Esto que contempláis, llegarán un día en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?». Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: "Yo soy", o bien: "Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el final no será enseguida». Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndonos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
DOMINGO 33 Tiempo Ordinario, C
16 noviembre 2025
Podría parecer que San Lucas antes de ponerse a escribir este pasaje del Evangelio había escuchado un informativo de la radio o hubiera visto un telediario. Evidentemente, eso fue imposible y la descripción que escribe es tan solo el reflejo de la realidad que vive tanto él como la comunidad cristiana a la que dirige su Evangelio y que, además, sufre la persecución y el martirio. A ellos y a los cristianos de hoy les ofrece las siguientes palabras del Señor.
a) Todo esto será destruido
No se trata de una amenaza. Además, Dios nunca destruye su obra. Todo lo contrario. Se trata de una constatación. Tanto la vida como la historia son evolutivas y tienen etapas diversas. El paso de una a otra supone una destrucción y la aparición de una novedad. Por tanto, todo es pasajero y temporal. Así ocurre el crecimiento y maduración. Entonces se presenta la tentación de la nostalgia y el desafío de atreverse a la novedad. La primera, supone vivir atascado y resulta fácil detectar personas y grupos, también en el seno de la Iglesia, estancados. La segunda, supone correr el riesgo de asumir el protagonismo de la novedad. Atreverse, a gestionar la novedad propia, corporal y espiritual. Implicarse, en la Iglesia para no dejar de iluminar la realidad con la fe. Aceptar, que el Reino de Dios siempre es futuro y que no se puede eludir la responsabilidad de comprometerse en su construcción.
b) No ser ingenuos
Es el primer consejo del Señor a quienes viven momentos de cambio o crisis, porque la realidad y las diversas situaciones y circunstancias son muy complejas. Por ello, como no siempre se tiene todo el conocimiento de aquello que surge, se hace preciso no dejarse manipular ni atemorizar ni engañar. Además, la mentira puede ser muy fuerte y contar con muchos recursos para influir y manipular a las personas y la gestión de los sucesos y novedades.
c) La sabiduría de la fe
Es una sabiduría tan necesaria como las otras. Con ella, no faltarán ni argumentos ni palabras adecuadas. Ella conduce por el camino de Jesús, que no busca ni el éxito, ni el espectáculo, sino que se dispone al servicio.
d) Con perseverancia
Es decir, sin cansarse de uno mismo y de gestionar su propia madurez. Sin cansarse de ser cristiano y miembro de la Iglesia. Dispuestos al esfuerzo y al sacrificio de edificar con solidez y sobre roca. Sin perder la paciencia, que no se irrita y no se impacienta, porque no tiene prisa y confía en que Dios lo concluye todo muy bien y lo convierte en salvación.
F. Tejerizo, CSsR
San Juan 2, 13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.
FIESTA DE LA DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN
9 noviembre 2025
Quienes celebran la Eucaristía cada domingo, se sienten parte de la Iglesia del Señor, que precisa de reunirse en edificios como la Catedral de Roma, madre de todas las catedrales e iglesias locales. La Basílica de Letrán, cuya dedicación se recuerda en este día, tiene por título a Jesucristo Salvador. Por tanto, la celebración de este día es la celebración del Señor Jesús, Salvador del mundo y de la historia.
Las catedrales, y los diversos templos donde se reúne la comunidad cristiana, son un signo externo de una realidad humana. En efecto, la Iglesia, es una institución hecha por personas, que, como cualquier otra institución, tiene los defectos, errores y pecados de los hombres. Por tanto, la Iglesia de Jesucristo está integrada por seres humanos, no por ángeles y, como señaló Santa Teresa de Jesús, “Querer parecer ángeles, teniendo cuerpo, es un desatino”. Pese a ello, en la Iglesia hay más santidad que pecado, aunque en estos momentos se ponga de relieve el escándalo más que la santidad.
Quienes nos sentimos Iglesia de Jesucristo asistimos en Europa a un declive del sentido de pertenencia. Son muchos los que se alejan de la comunidad cristiana o la reducen a una realidad cultural. De ahí surge el intento de usar los templos para conciertos, espectáculos, representaciones y exposiciones.
Sin embargo, la Iglesia tiene otra realidad en su interior. Se trata de su Misterio: su ser Morada de Dios entre los hombres. Por la Comunidad Cristiana, Dios está cerca de las personas y Jesucristo cumple su promesa de estar presente allí donde dos o más se reúnen en su nombre. El Concilio Vaticano II enseñó que la Iglesia de Jesucristo se halla presente en cada asamblea del Pueblo de Dios, donde se anuncia el Evangelio y se celebra la Eucaristía.
La Eucaristía y la comunión sacramental genera un cuerpo del que Cristo es la Cabeza. Quienes comulgan, se integran en una unidad donde no se puede prescindir de nadie. Y donde nadie actúa por su cuenta o en función de sus devociones o practicas piadosas privadas. Es cierto que en este pasaje evangélico el Señor expulsa del Templo de Jerusalén a quienes lo desvirtúan, ¿pero hoy quien se atreve a expulsar a alguien bautizado, que forma parte de la Iglesia? El recordado Papa Francisco ya enseñó que la Iglesia es una comunidad de puertas abiertas, a modo de hospital de campaña, donde se acoge y cuida a quienes lo precisan. Y el Papa Benedicto XVI, en su primera encíclica, Deus caritas est, indicaba que si se lograse la justicia plena en el mundo, todavía sería precisa la ternura y cercanía de la caridad cristiana.
A lo largo de los siglos, la comunidad cristiana hizo posible muchas realizaciones culturales: templos, escultura, pintura, música… Y puso en marcha hospitales, residencias, escuelas… El Papa León XIV, en su reciente exhortación Delixi te, hace un recorrido histórico por todas esas realizaciones, impulsadas por miembros de la Iglesia. Todo eso, todavía sucede actualmente en muchos lugares del mundo. Así, gracias a la vida y fe de los cristianos, apareció lo que se llama solidaridad o la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
En el presente siglo XXI, acaso las iglesias de Europa no necesitan edificarse mucho más, sino embellecerse, como una novia que se adorna para su esposo Jesucristo. Eso reclama la responsabilidad compartida de los bautizados y el cuidado por las vocaciones sacerdotales, religiosas, contemplativas y misioneras.
El 9 de noviembre de 1732, en la fiesta de la Dedicación de la Basílica del Santísimo Salvador, San Alfonso María de Liguori, fundó la Congregación de los Redentoristas. Durante 293 años y a pesar de nuestros pecados y errores, los Misioneros Redentoristas nos hemos empeñado en hacer más hermosa la Santa Iglesia. Como signo elocuente, muchos redentoristas se cuentan en el grupo de los santos, otros muchos derramaron su sangre como Mártires y entre los laicos, ya tenemos a la Beata Conchita Barrecheguren.
F. Tejerizo, CSsR
San Juan 14, 1-6
No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS
2 noviembre 2025
La celebración de este domingo, es la misma de cada semana. La comunidad cristiana recuerda, actualiza y anuncia el centro de su fe en el Señor Resucitado.
Que no se turbe vuestro corazón
Estas palabras del Señor en el Evangelio salen al encuentro de quienes recordamos en este día a nuestros queridos difuntos. La experiencia de la muerte de personas queridas, o de tantas muertes inútiles de víctimas, afectan la dimensión emocional de cada uno. Solo los seres humanos conocen la realidad de la muerte y se perciben vulnerables, pasajeros y finitos. Además, la pérdida de seres queridos hace sentir el silencio, la soledad y el vacío de la ausencia. Cuando desaparece una persona querida también muere de algo en uno mismo. Es inevitable sentir que el corazón se turba.
Creed en Dios
La pregunta por la muerte, que solo es posible para los seres humanos, orienta hacia Dios. Entonces se descubre que Él es origen y final de la vida. Aceptar la fe en Dios supone superar la “cultura de la muerte”, que señaló San Juan Pablo II. Sentir que la vida es un don y que no pertenece a uno mismo, lleva a superar los reduccionismos actuales donde se busca entretener con pervivencias imposibles como fantasmas o vampiros o se destruye la vida en función de la economía o de un sentimentalismo que lleva a eliminar la vida, porque el sufrimiento da lástima.
Creed también en Jesucristo
Él es la respuesta a la inquietud que provoca la muerte. Su resurrección es la única posibilidad que satisface plenamente los anhelos humanos. La fe en la resurrección lleva a confiar en que aquello que le sucedió a Él ocurrirá en quienes creen en Él. Por tanto, será posible mantener la identidad personal y proseguir las relaciones con las personas queridas, ya que, sin ellas, la resurrección no sería completa.
Jesús, camino, verdad y vida
Camino, porque la experiencia de vivir es un camino, un proceso, que lleva a la culminación de la obra de Dios. Y en ese devenir, es muy buen amigo Cristo, que, con dolores y fatigas, es compañía. Él es la verdad, que acepta la realidad inevitable de la muerte y de la vida, como don de Dios. Él es la vida, la promesa que se aguarda y se anuncia cada domingo.
Voy a preparos una morada
La esperanza en la resurrección no es solo un mañana que se aguarda. Es también una realidad presente. En cada bautizado el Señor prepara una morada. Por eso, hay muchas moradas. Ese habitar ya de Jesús en el centro y mitad de cada uno por la acción de su Santo Espíritu, será culminado eternamente. Mientras, con San Pablo, se puede afirmar: “vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20).
F. Tejerizo, CSsR
San Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS
1 noviembre 2025
Somos al generación que busca el rostro de Dios. Somos los que vienen de la gran tribulación. Somos los bienaventurados de hoy, los que mantienen la esperanza. Una esperanza, que es el contenido del presente Año Jubilar.
La generación que busca el rostro de Dios
Como enseñó el recordado Papa Francisco, todos los seres humanos desde la Creación han buscado el rostro de Dios. Todos tienen en su adentro una orientación y una experiencia innata, que les hace anhelar el encuentro y el descanso en el autor y sostén de la vida. Se trata de un dinamismo permanente, que hace crecer, madurar y convierte en Santos.
Los que vienen de la gran tribulación
El Apocalipsis se remite a quienes sufrieron las primeras persecuciones y el martirio. Después de ellos, generación tras generación, la historia humana está llena de tribulaciones. Hoy, desde el año pasado, cada uno puede recordar las tribulaciones que vive. Unas, son pecado y otras enfermedades inesperadas, dificultades económicas, problemas de relación… Hoy también la Santa Iglesia vive sus tribulaciones y persecuciones. Es inevitable recordar la tribulación que ha supuesto el fallecimiento del Papa Francisco. Del mismo modo, nuestro presente, sufre la tribulación de la guerra y de otras que se constatan con el telediario.
Los bienaventurados
Somos los que vivimos asistidos por el Don del Espíritu Santo. Fuimos lavados por la sangre del Cordero y blanqueados, no con el color del sacrificio, sino con el resplandor del Espíritu del Señor Resucitado. Su fuerza asiste para que, identificados con Cristo se vivan las bienaventuranzas. Su acción discreta y eficaz convierte en partícipes de la santidad de Dios. Como enseñó el Papa Benedicto XVI no podemos saber en qué consiste la santidad de Dios. Pero sí sabemos por la Revelación Divina, por aquello que el ser humano no puede alcanzar por sus solas fuerzas y se ha comunicado en las Sagradas Escrituras, que la santidad divina es su modo de ser compasivo y misericordioso. El Espíritu Santo, que nos ha lavado y blanqueado, realiza la conversión de cada uno en constructores de paz, compasivos, misericordioso, capaces de consolar y acompañar a quienes sufren. En bienaventurados y en hijos de Dios en su único Hijo Jesucristo.
F. Tejerizo, CSsR
San Lucas 18, 9-14
En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh, Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo". El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador". Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
DOMINGO 30 Tiempo Ordinario, C
26 octubre 2025
Comparto una doble reflexión sobre este pasaje evangélico. La primera, sobre la fe y la segunda, sobre la oración.
Sobre la fe
Los dos protagonistas de la parábola son hombres de fe. Ambos, recorren el trayecto de la fe. Es un camino existencial, que acompaña toda la vida y que tiene etapas diversas, donde la fe crece, acompaña, ilumina y se adapta a cada tiempo, circunstancia y lugar donde se vive. Por eso, en el relato, queda de manifiesto que tanto el fariseo como el publicano viven su proceso personal. Al mismo tiempo, los dos se desplazan al Templo. Acaso han descubierto que todos los lugares no son lo mismo para vivir la fe y que hay lugares y contextos privilegiados, donde la presencia divina es más elocuente. Finalmente, los dos, rezan. Esa es la primera obra de la fe. Basta recordar los inicios de la propia fe, para comprobar que lo primero que se vivió fue la oración en la que iniciaron los padres cuando enseñaron el Padre nuestro, el Ave María o el “Jesusito de mi vida”.
Sobre la oración
Como se ha dicho, la oración es la primera práctica de la fe, que acompaña todo su trayecto vital. En la actualidad, según esta parábola, la oración tiene que afrontar cuatro retos.
a) En un contexto de acentuado individualismo, la oración precisa realizar la experiencia de la comunión. En efecto, los protagonistas de la parábola realizan juntos su oración y en el Templo. Para los cristianos la oración siempre es en plural. Por consiguiente, el Señor enseñó a decir Padre nuestro y no solo “padre mío”.
b) En una situación de inmediatez, rapidez, urgencia y falta de tiempo, la parábola ofrece la referencia de una oración breve, concisa y sin muchas palabras, ni métodos, ni efectos especiales…
c) En el momento cultural de la imagen y la apariencia, el fariseo hace un buen “selfie” de sí mismo. Se describe de modo extraordinario y podría tener numerosos seguidores en las redes sociales. El publicano, por el contrario, no se exhibe, sino que accede a su adentro. Evita lo superficial para orar en el interior donde, según Santa Teresa de Jesús, pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.
d) En un ambiente de post-verdad, en el que no interesa la realidad sino lo virtual, el publicano hace una oración auténtica, en la que humildemente se reconoce como pecador, el fariseo, le identifica como pecador y Dios, que lo conoce todo, inclina sobre él su mirada misericordiosa. Esta oración de recogimiento y reconocimiento tiene un contenido y expresión: “Señor, ten compasión de mi”; de mis pecados, de mis errores, de mis relaciones afectivas o familiares y de mis necesidades de salud, de economía, de trabajo, de...
F. Tejerizo, CSsR
San Lucas 17, 11-19
Una vez, yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «ld a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo:«¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».
DOMINGO 28 Tiempo Ordinario, C
12 octubre 2025
Este domingo, que coincide con la fiesta del Pilar, permite hacer la experiencia de sentirse convocado por la Santísima Virgen, para hacer la memoria del Señor Resucitado. Se trata de aquello que se lee en la segunda lectura de hoy: “Acuérdate de Jesucristo Resucitado de entre los muertos”. Este es también el anuncio que se realiza en cada Eucaristía celebrada en la memoria del Señor: “Anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección…”
Con la Santísima Virgen, se anuncia este pasaje del Santo Evangelio según San Lucas, que permite una doble lectura: humana y creyente.
Vayamos con la lectura humana. En el texto se descubren tres experiencias propias de ser humano.
La primera, es la del dolor, el sufrimiento, el desconcierto y el hallarse en una situación sin remedio. Eso lo que viven los diez leprosos, que padecen una enfermedad incurable y que les mantiene marginados y apartados de la convivencia. Solo los seres humanos son capaces de sufrir. Es cierto que todos los seres vivos sienten dolor, pero sufrir es otra cosa distinta que, además, demanda atención y cuidados. Esa es la solicitud que piden los leprosos y, como ellos, todos los marginados y rechazados.
La pregunta que formula Jesús al leproso que llega ante él, parece reclamar la siguiente respuesta: “¿Dónde van a estar? En el Templo, ante los sacerdotes, donde tú les has mandado, para cumplir con la Ley”. Sin embargo, el curado que está ante Jesús se ha sentido lo suficientemente responsable y libre como para incumplir la orden recibida y no acatar las exigencias legales. Se trata, de nuevo, de una realidad exclusivamente humana.
En tercer lugar, el leproso sanado manifiesta su agradecimiento. Es algo que, igualmente, solo viven los seres humanos, capaces de la gratitud y de la gratuidad.
Además de esta lectura, también procede una triple cristiana. Así, las situaciones extremas y sin salida hacen acudir a Dios, que, como dice la Escritura, es compasivo y misericordioso. Por eso, los leprosos piden: “Ten compasión de nosotros”. En consecuencia, solo Dios escucha siempre los gritos de quienes gritan sufriendo el dolor, la pobreza, la violencia, cualquier mal, el pecado y la muerte.
Los cristianos, responsables de la realidad social, no dejan de cumplir con las leyes. Pero también han de exigir el derecho a la objeción de conciencia, porque “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29) y “Solo al Señor Dios hay que adorar” (cf Mt 4, 10). Este es un tema que sigue de enorme actualidad.
Finalmente, el leproso sanado que se postra ante Jesús escucha sus palabras que le invitan a levantarse. Es lo mismo que el Señor dice a aquella mujer que estuvo a punto de ser lapidada y que escuchó cómo el Maestro le decía. “Yo tampoco te condeno, anda y no peques más” (Jn 8, 11). Del mismo modo, Lázaro, sepultado y vendado, salió del sepulcro ante la llamada de su amigo: “Lázaro, sal fuera” (Jn 11, 43).
F. Tejerizo, CSsR