Evangelio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Juan 10, 27-30

 

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Comentario

DOMINGO 4 DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, C

12 Mayo 2019

 

La muy querida imagen de Jesucristo como Buen Pastor, a la luz de estos tres versículos del Evangelio según San Juan, me permite las siguientes reflexiones, que valen para los Pastores de la Iglesia y para todos los que participan de la tarea pastoral de la comunidad cristiana: padres de familia, educadores cristianos, catequistas…

 

1. Yo les doy la vida eterna

 

Y no cualquier clase de vida, sino la eterna. El Buen Pastor no se dedica a entretener, sino que su preocupación es abrir el horizonte del más allá, para que su rebaño no se conforme con aquello que tiene delante sino que amplíe sus aspiraciones hasta la posibilidad de la eternidad. Para ello, el Pastor ha de ser una persona de fe, que no se limita a repetir ideologías o normas, sino que hizo la experiencia personal de vivir la fe en el seno de la comunidad cristiana.

 

2. Nadie las arrebatará

 

El Buen Pastor está preocupado porque no se le arrebate ninguno de los miembros del rebaño que le fue encomendado. Hoy se trata de algo difícil, porque la ingeniería social puede experimentar, generar opiniones o componer mayorías de opinión. Ante el peligro de ver cómo el rebaño se le arrebata, el Pastor ha de ser una persona prudente, que conoce las cosas en su realidad, que sabe de los diversos senderos y que puede interpretar adecuadamente los signos de los acontecimientos. De este modo, podrá orientar acerca del camino adecuado y advertir cuando se aproximen las tempestades.

 

3. Las ovejas le siguen

 

Porque el Buen Pastor ni anula, ni manipula al rebaño. Eso suscita la confianza en quienes lo integran. Entonces, le siguen con confianza, porque se sienten seguros y pudieron ver que el Pastor es una persona fuerte, que no abandona su tarea, que es perseverante, sabe sobreponerse ante las adversidades y está dispuesto a defender el rebaño que ha recibido.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 21. 1-14

 

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo; Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

DOMINGO 3 DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, C

5 Mayo 2019

 

La comunidad cristiana destinataria del Evangelio según San Juan recibe con este pasaje una catequesis importante acerca de la realidad de la Iglesia.

 

a) Los 153 peces

 

No es una cifra aleatoria. Se trata de la cantidad completa de especies que se aseguraba en la antigüedad que existían en el mar. Y todas, en su diversidad, pluralidad y universalidad caben en la barca de Pedro y en su red. Es una imagen elocuente para señalar que en la Iglesia, por encima de diferencias, dificultades, liderazgos o grupos, todos tienen cabida. Así se indica la catolicidad de la Iglesia.

 

b) La barca y la red

 

Son de Pedro. una barca y una red que permite la unidad de toda la diversidad. Una barca con sobrepeso, pero que no se hunde y una red totalmente llena de peces grandes, que no se rompe. Es otra imagen que descubre la comunión de la Iglesia del Resucitado. Por encima de las particularidades, siempre es posible la unidad.

 

c) La fe de Juan

 

El apóstol Juan reconoce al Señor. Él, junto con Pedro, había entrado en el sepulcro vacío y había creído. Aquí, su fe es operativa y le hace testigo. Pedro no duda de aquello que Juan le anuncia. La fe es así: acepta el testimonio, descubre la presencia del Señor y parte el pan. De esta manera, gracias a la fe, al testimonio que obedece a Dios antes que a los hombres(Hch 5, 29), a la celebración de la Eucaristía y a la presencia del Señor, la comunidad cristiana se convierte en la Iglesia Santa del Resucitado.

 

d) Sacar al aire

 

Eso es lo que hace Pedro con su red y, al mismo tiempo, la misión de apacentar el rebaño, que el Señor le encomienda. En este pasaje se cumple aquello que Jesús había anunciado a Pedro. Ya no tiene que pescar peces; si lo intenta, no obtiene ningún resultado, a no ser que el Señor le diga cómo hacerlo. Su nueva misión consiste en pescar hombres y hacer con ellos como con los peces: sacarlos de las profundidades marinas, donde habita la serpiente antigua. El apóstol, que al escuchar el anuncio de Juan se descubre desnudo y trata de cubrirse –igual que Adán después del primer pecado-, se arroja a las aguas y de ellas resulta un hombre nuevo, que arrastra la red, saca los peces al aire y les ofrece una transformación. He aquí una imagen preciosa del Bautismo: todo bautizado resurge de las aguas tenebrosas.

 

Por último, el Señor pregunta a Pedro por tres veces –tantas como había sido la negación- si le ama y el Apóstol, después de reconocer que Jesús lo sabe todo, manifiesta su amistad y recibe el encargo de seguirle y apacentar al rebaño. Así, la Iglesia es Apostólica, conducida por Pedro, que hoy se llama Francisco, y que conduce al rebaño que le ha sido encomendado al aire libre y fuera de las angosturas del redil, para que se puedan respirar los aires del Espíritu Santo, que unas veces son suaves y otras impetuosos. Hoy el sucesor de Pedro, urge a la comunidad cristiana a abrir las puertas y a ser una Iglesia en salida, que se deja afectar por el soplo del Santo Espíritu.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 20, 19-31

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

DOMINGO II DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, C

Octava de la Pascua

28 Abril 2019

 

Este relato se escribió para que nosotros tuviéramos fe. El Evangelista Juan se siente responsable de quienes serán cristianos en el futuro. Está tan seguro de la obra de Dios en Jesús, que sabe que no desaparecerá y se prolongará mucho más allá de cuanto puede imaginar. Él y su comunidad cristiana tuvieron la experiencia de la presencia del Señor entre ellos, reunidos en el Domingo para celebrar la Eucaristía. Entonces, vio una figura vestida de blanco y ceñido de oro. Del Resucitado, sacerdote en medio de su comunidad, recibió el mandato de escribir y así también nació el libro del Apocalipsis, destinado a quienes viven en la gran tribulación y persecución (cf Ap 1, 9-11.12-13).

 

Nuestras comunidades cristianas viven actualmente la misma experiencia y descubren que en su reunión dominical también se hace presente el Resucitado. Sin embargo, en ellas también hay muchos ausentes cómo el Apóstol Tomás, que tienen la puerta cerrada. En efecto, son muchas las personas bautizadas, que se cierran al Señor; numerosas las comunidades cristianas inseguras que se aíslan y una Europa que fue cristiana, pero que se resiste a la fe en Jesucristo.

 

El Apóstol Tomás quiso resolver sus dificultades mediante la comprobación. ¡Menos mal que no lo hizo! De haberlo hecho, hubiera perdido su libertad y se hubiera visto obligado a aceptar sus conocimientos. Así, se habría quedado sin fe, porque la fe no es solo un conocimiento, unos contenidos o unas normas. La fe no consiste en asumir cosas sino en aceptar a una persona: la de Jesús.

 

Lo peor que tuvo santo Tomás fue la desconfianza de aquellos que le dijeron que habían visto al Señor. Rechazó el testimonio de Pedro, de Juan, de Magdalena, de los demás… Eso mismo pasa hoy a muchos, que también rechazan a las personas de fe y desconfían de ellas.

 

Cuando Tomás resuelve sus dificultades, gracias al encuentro con el Señor, que está presente en la comunidad reunida, abandona sus comprobaciones y se decide a adorar y rezar: “Señor mío y Dios mío”. Así, la fe supone una confianza en personas creíbles y tomar la decisión que lleva a la oración.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Juan 20, 1-9

 

El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, C

21 Abril 2019

 

Menos mal que la piedra del Sepulcro estaba retirada. Gracias a ello, la historia de la humanidad se abre a la esperanza. Desde aquel momento, se hace visible que ninguna posible oscuridad, destrucción o mal son más fuertes que la obra de Dios. Y, en consecuencia, la pregunta acerca de porqué la puerta estaba abierta permanece interrogando a toda la historia sin recibir respuesta suficiente.

 

La celebración de la Pascua y el Santo Bautismo origina un triple nacimiento:

 

a) Nacimiento a la fe, que como un don de Dios, permite iniciar un proceso de evolutivo que acompaña todas las etapas de la vida y que hace vivir de uno modo distinto: como personas capaces de superar los límites espacio-temporales.

 

b) Nacimiento a la Iglesia, donde se vive la realidad de la fe y se descubre una fraternidad, que genera unas nuevas relaciones no de rivalidad sino de corresponsabilidad y complementariedad.

 

c) Nacimiento a la vida eterna, porque el Espíritu del Señor comunica la posibilidad del más allá. Cada bautismo supone iniciar un proceso que hace sentirse Ciudadanos del Cielo y, por tanto, no destinados solamente a esperar la muerte sino la eternidad de Jesucristo Resucitado. En efecto, si creemos en él, viviremos en él.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 21, 1-12

 

El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y entrando no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de los que os dijo estando todavía en Galilea: “El Hijo del Hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado, y al tercer día resucitar”. Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás. María Magdalena, Juana y María la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los Apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose vio sólo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido.

VIGILIA DE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, C

20 Abril 2019

 

En esta Noche Santa se hace visible el designio divino, que recorre toda la Historia de la Humanidad. Un designio, que es aspiración propia y exclusiva del ser humano. Hacia él, se encuentra orientado y, sin embargo, descubre que no puede alcanzarlo con sus solas fuerzas. Así, con esa aspiración e insuficiencia, reclama la necesidad del auxilio de la Gracia de Dios.

 

La realización de esta orientación conduce a la plenificación personal.  Un logro que exige estar inserto, por la gracia del Santo Bautismo, en la misma vida de Cristo. Es un impulso que la naturaleza humana recibe del Santo Espíritu y que hace crecer en Cristo, de manera que se puede decir como San Pablo que para uno, la vida es Cristo y que aunque vive uno, en realidad es Cristo quien vive en cada bautizado.

 

Esa vida en Cristo supone un proceso de santidad. El Espíritu del Señor llena a la persona y le hace santo: otro cristo, una cosa con él, parte de su cuerpo y nuevo Pueblo de Dios. Estar unido a Cristo, formando unidad con él, gracias a la acción de su Espíritu convierte en hijos de Dios en su Único Hijo Jesucristo. Eso genera una nueva realidad relacional con Dios, que lleva a ser sus hijos y a poder decirle: Padre. Igualmente, genera una nueva realidad relacional con los otros bautizados, con quienes se comparte la vida nueva del Espíritu y que hace identificarlos como hermanos. Unos hermanos que no son elegidos y de los cuales resulta imposible prescindir. Y esa es la realidad misteriosa de la Iglesia, donde actúa el Espíritu del Señor Resucitado.

 

Todo este dinamismo pascual ocurre por pura gracia divina, para que se lleve a cabo el designio salvador de Dios y todo en Cristo alcance la plenitud anhelada desde el primer momento de la Creación. Con razón esta noche es el comienzo de una Nueva Creación.

F. Tejerizo, CSsR

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