Evangelio

 

 

 

 

 

 

San Juan 1, 35-42

 

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)».

Comentario

DOMINGO 2 TO-B

17 Enero 2021

 

 

Los textos bíblicos de este segundo domingo cotidiano remiten a una triple experiencia de Dios; aquella de la que sólo son capaces los seres humanos.

 

a) Experiencia de inmensidad

 

Se trata de esa orientación que tienen todos los seres humanos hacia Dios. Ellos llevan en sí mismos la imagen y semejanza divina y eso les hace anhelar el encuentro con el Creador. En la primera lectura de este domingo, la inquietud de Samuel (1Sm 3, 3b-10.19), que todavía no conocía al Señor, refleja dicha aspiración. Aunque no le conoce, el Señor le tiene inquieto y, cuando le conceda protagonismo en su vida, crecerá y madurará.

 

Esta experiencia de Dios reviste tres rasgos:

 

Discrección, porque el Señor nunca se impone y siempre respeta la libertad humana.

 

Oscuridad, porque el Señor disipa las tinieblas, igual que irrumpió con su Palabra e iluminó la tenebrosidad existente antes de la creación (cf Gn 1,1). Samuel también escucha la voz de Dios en el insomnio, en la noche y en su desasosiego personal. Así ocurrió también en la noche de Belén, que fue iluminada por el Verbo hecho carne. E igualmente en la resurrección del Señor, que hizo resplandecer las negruras del Calvario.

 

Serenidad, porque con estrés no se escucha al Señor, que no se impone. Por eso, el anciano Elí -después de ver interrumpido su sueño por tres veces-, le pide a Samuel que se calme, se acueste, descanse y preste atención a su inquietud interior.

 

b) Experiencia de Cristo

 

En este pasaje evangélico, Juan Bautista muestra a Jesús y transmite a los apóstoles un mensaje misterioso: es “el Cordero de Dios”. Esa expresión reclama referirse a toda la Historia de Israel y a la liberación de la esclavitud de Egipto. Juan y Andrés dirán a Pedro que se trata del Mesías. Y eso también requiere una iniciación. En consecuencia, no todo lenguaje está al servicio del Misterio de Dios. Hoy existen múltiples medios y lenguajes, que no necesariamente podrán anunciar al Mesías, porque muchos de ellos no sirven a Jesús –cuya sandalia no se es digno de desatar (cf Jn 1, 27)-, sino a quienes desean protagonismo o son simples publicistas.

 

Descubrir al Mesías conlleva la experiencia personal de vivir con Él y de estar a sus pies, como estuvo María de Betania, que supo escoger la mejor parte (cf Lc 10, 42). La consecuencia de dejarle tiempo y espacio en la propia vida es escuchar de sus labios que los pecados son perdonados y la promesa esperanzadora de la Resurrección y la vida eterna.

 

c) Experiencia del Espíritu Santo

 

La segunda lectura (1 Cor 6,13c-15a.17-20) de este domingo se refiere a esta experiencia, que es doble. Por una parte, el bautizado descubre que no está solo y se siente habitado por la presencia del Espíritu. Por otra, vive la comunión con Cristo, cuyo Espíritu ha recibido. Esa comunión, que se visibiliza en la Comunión Eucarística, integra también a los otros bautizados, que se convierten en hermanos. Al mismo tiempo, la presencia del Espíritu santifica el cuerpo, el alma, la mente, la totalidad personal del bautizado. De ese modo, ninguno se pertenece a sí mismo, sino al Señor, que adquirió con su sangre (cf 1 Cor 6, 20). En consecuencia, toda persona es sagrada y ha de ser respetada de manera que no exista ninguna manipulación, instrumentalización o destrucción.

 

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Marcos 1, 7-11

 

En aquel tiempo, proclamaba Juan: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR

Domingo 1 TO-B

10 Enero 2021

 

Después de todo lo vivido en los días de la Navidad, damos gracias al Señor por el Bautismo que recibimos y que nos concedió el don de la Fe. Al celebrar al Bautismo de Jesús, también renovamos nuestro propio Bautismo. Lo que hemos visto, oído y tocado del Verbo, hace que nuestro Bautismo se actualice hoy y demos gracias por él.

 

El Bautismo de Jesús hizo que el cielo se rasgara, descendiera el Santo Espíritu y nos introdujera en otra dimensión, más allá del espacio y el tiempo.

 

Habitados por el Espíritu Santo fuimos convertidos en “Ciudadanos del Cielo”. Su presencia, discreta y respetuosa con la libertad humana, inicia en cada bautizado un proceso de santificación donde, con su fuerza, es posible superar la soledad, orar como el Señor enseñó y hacer de la propia vida una ofrenda y alabanza.

 

El Espíritu de Jesús, realiza una admirable comunión donde -por Él, con Él y en Él- cada bautizado participa de la vida nueva del Señor Resucitado y se le abre un horizonte que supera la limitación humana y la muerte. Incorporados al Señor, son hijos en el Hijo Único de Dios, se aprenden y viven sus sentimientos y se recibe de su sangre el perdón de los pecados. Un perdón que alcanza aquello que ninguna terapia psicológica, ninguna introspección o sesión de grupo y ni uno mismo puede perdonar. Unidos a Jesús, aparece la fraternidad propia de la comunidad cristiana, que se vive en el interior de la Santa Iglesia y que lleva a la práctica el mandamiento del amor. Actualmente es urgente apreciar este ser hijos de Dios, no solo por creación, sino por incorporación a su Único Hijo Jesucristo y recibir su perdón.

 

El Espíritu del Señor realiza progresivamente una nueva creación. Es verdad que Dios es el creador de toda la realidad. Y que todo lo hizo bien. Debió pensar –según nuestro modo de hablar-, que merecía la pena toda su Creación, aunque hubiera terremotos, nevadas o pandemias. Que merecía la pena el tiempo y la Historia, aunque se sucedieran los errores y la violencia. Que merecían la pena las relaciones humanas, aunque se diera el conflicto. Que merecía la pena el sufrimiento, porque haría fuertes. Y que merecía la pena la evolución y la maduración, que requiere saber elegir y renunciar, a pesar de las equivocaciones. Ciertamente, Dios hizo una realidad finita y limitada. No quiso hacer otro dios eterno e infinito. Y al ser humano -su imagen y semejanza- y a toda su obra, la destinó a la plenitud de su Reino. Una realidad ya iniciada y que todavía aguarda su culminación

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 2, 1-12

 

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y, venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

6 Enero 2021

 

La Epifanía del Señor celebra que la comunidad cristiana es un  pueblo santo y sacerdotal. Un pueblo consagrado, que ofrece un culto agradable a Dios, desde donde sale el sol hasta el ocaso. Un pueblo sacerdotal, que ofrece al Señor Jesús el incienso de su alabanza, el oro de todos los bienes y poderes de la tierra, y la mirra de la debilidad y fragilidad humana. Ante Él se postran todos los pueblos y poderes de la tierra, porque reconocen a su Señor: Él es el que és, era y ha de venir; que quiso compartir la condición humana y desvelar el Misterio de Dios, a quien nunca ha visto nadie y el Hijo lo ha contado. Esta realidad sacerdotal es algo que ha sido devaluado en las últimas décadas, para reducir la fe cristiana a una especie de fría ideología. No se puede ser solo “creyente no practicante”, porque la fe necesita de ser vivida y celebrada.

 

Los tres Magos son signo del deseo de Dios y de buscar su rostro, que solo tienen los seres humanos. Es un impulso propio de la condición humana y que reside en toda persona de cualquier raza, cultura, tiempo o nación. Este es un desafío actual para las iglesias de Europa, que se ven interpeladas por tantos inmigrantes, que nunca escucharon el anuncio del Evangelio y que también sienten la necesidad del encuentro con el Misterio de Dios.

 

Quienes buscan el rostro de Dios han de realizar un camino incierto y entre tinieblas. Para hacerlo, es preciso no despistarse en cosas no esenciales, ni distraerse deslumbrados por fogonazos llamativos, que entretengan y hagan desaparecer de la vista la luz tenue y respetuosa de la estrella de la fe. En el camino tampoco hay que detenerse, ni dejarse vencer por el cansancio, ni buscar seguridades o comodidad. Si eso ocurre, como pasó a los Magos al quedarse en Jerusalén, se pierde la estrella.

 

En el camino también hay que estar atento a la fuerza del mal, que en este pasaje está representado por Herodes. Su intento es destruir a las personas y manipularlas, como pretende Herodes con los Magos. Destruir a las familias, como quiere hacer con la Sagrada Familia. Y destruir a todo un pueblo, como lo intentó en Belén. El mal se disfraza de mentira, es envidioso y genera odio, violencia y tristeza. Para hacerle frente hay que sobreponerse sin dejarse derrotar y retomar el camino. Entonces, se vuelve a ver la estrella, que llena de inmensa alegría.

 

El encuentro con el Señor siempre desconcierta y descoloca. Él no coincide con lo esperado y sus planes y sus caminos son distintos de los previstos. Los Magos buscaban al Mesías, Rey de los judíos, y se encontraron a un niño en un pesebre. Cualquiera que busque al Señor en la Iglesia, se encontrará con un poco de pan en la Eucaristía.

 

Después de adorar al Señor, los Magos reorientan su camino. Ya no se les ocurre volver al lugar del mal: a Herodes. El Señor sorprende de muchos modos, recompone los caminos, dispone para la escucha y hace renunciar a la propia opinión, a los deseos de seguridades y comodidad, y a costumbres y tradiciones.

 

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 2, 1-18

 

En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. El mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

DOMINGO 2 NAVIDAD, B

3 Enero 2021

 

La celebración del segundo domingo de Navidad, y la nueva proclamación del pasaje evangélico del Prólogo de San Juan, supone un ahondamiento en la comprensión y celebración del Misterio de la Pascua de Navidad.

 

a) En el principio ya existía el Verbo

 

Esta primera afirmación, se remite al libro del Génesis, a su primer capítulo y versículo. En el principio todo era caos y confusión y dijo Dios que hubiera luz y hubo luz. Así, antes de la creación del sol, la luna y las estrellas ya existe la luz, que disipa toda tiniebla. Cuando Dios comienza a hablar, cuando se hace lenguaje -idioma humano-, desaparece la oscuridad y confusión. En efecto, Dios no tiene palabras, ni las necesita. Él se encarna en lenguaje humano para entrar en comunicación con el hombre que Él ha creado. Y lo hace, para que el ser humano pueda acceder al Misterio, que no podrá conocer por sus solas fuerzas.

 

Cuando una persona acepta en su vida la posibilidad del Misterio de Dios y asume que su propia realidad vital no es fruto del azar, o de la emergencia de la materia por sí misma o de la selección genética, entonces cambian muchas cosas y se vive de modo diferente.

 

En efecto, no es igual vivir aceptando la inseguridad de un Misterio que no se impone, que vivir con la arrogancia y aparente seguridad de las ideologías o los logros técnicos y científicos.

 

No es igual asumir la posibilidad de un Misterio, que dejarse seducir por el atractivo engañoso de la publicidad, la ingeniería social, los creadores de opinión…

 

No es lo mismo admitir libremente el Misterio Divino, que ser atrapado por el poder de la fuerza, el prestigio o el dinero.

 

b) Y el Verbo se hizo carne

 

Aceptar que la Palabra Eterna de Dios se hace hombre en Jesucristo y que Él es imagen visible del Dios invisible, a quien nunca nadie vio y solo el Hijo ha dado a conocer, lleva a permitir que la Palabra de Dios se encarne en cada uno y su luz haga vivir como hijos de Dios en la intimidad personal, en las relaciones personales, familiares o sociales, y en las responsabilidades del propio trabajo.

 

En consecuencia, encarnar la Palabra de Dios en el propio adentro personal lleva a descubrir el mal y el pecado; a preocuparse por los pobres, lo enfermos y las víctimas, a aceptar la iniciativa de Dios en la vida y a dejar que sea Él quien oriente el crecimiento personal hasta la santidad, hasta más allá de la finitud y la muerte, y a encontrar sentido para todas las situaciones, crisis y circunstancias de la vida…

 

c) Y habitó entre nosotros

 

La Palabra de Dios es viva y eficaz. Así, convoca, congrega y genera un pueblo al que Dios interpela. Por ello, la Palabra se recibe, acepta y transmite en un Pueblo. Fuera de él, se podrá estudiar, manipular y ser objeto de investigación arqueológica o lingüística, pero solo en el “adentro” del Pueblo que ella ha suscitado, permitirá conocer su Divina Revelación: a Dios nadie lo ha visto nunca, solo el Hijo lo ha contado…

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

San Lucas 2, 16-21

 

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacia Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oía se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dcicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar las niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Octava de Navidad

1 Enero 2021

 

La comunidad cristiana quiso poner en el comienzo de un nuevo año cronológico la fiesta más importante de la Virgen María: su maternidad divina.

 

Santa María es madre corporal del Hijo de Dios, pero también es “madre espiritual” del Señor y de todos los discípulos de Jesús; de su Iglesia. Se trata, pues, de una maternidad tan necesaria como la carnal.

 

En María se dan las funciones propias de toda madre: la comunicación de la vida, el interés por el crecimiento y el futuro de los hijos y su preocupación por alimentarlos, limpiarlos, educarlos… Por esto, la llamamos Madre de Gracia, Madre de Esperanza y Madre de Misericordia.

 

a) Madre de Gracia

 

El Don del Espíritu Santo ha santificado en plenitud a la Virgen María. Su acción en Ella, hizo posible la Encarnación del Hijo de Dios y la convirtió en Madre de Dios. Por su Hijo, se ha comunicado el Don del Espíritu Santo en todos los bautizados. En consecuencia, todos aquellos que han recibido el Espíritu de Jesús son una cosa con él y por él y en él se convierten también en hijos de Santa María. En definitiva, la Llena de Gracia se ha convertido en cauce para que el Don de Dios sea comunicado y se reciba la vida nueva y eterna inaugurada con la Resurrección de Jesucristo.

 

b) Madre de Esperanza

 

Santa María sabe aguardar constantemente el cumplimiento de las promesas divinas y acompaña a su Hijo hasta el pie de la Cruz. Allí, realiza el mayor ejercicio de esperanza y recibe el encargo de ejercer su maternidad en favor de San Juan y todos los discípulos de Jesús. En aquel momento, cuando ha perdido a su Hijo, inicia su nueva misión de madre, que no quiere que se pierda ninguno de sus otros hijos. Y para ellos, entrega a Jesús, de modo que, con su resurrección, alcancen la eternidad y la victoria sobre la muerte.

 

c) Madre de Misericordia

 

Como buena madre, la Virgen se preocupa por las necesidades de sus hijos e intercede por ellos. Con razón, la Iglesia siempre acudió a su intercesión y la llamó consuelo de los afligidos, perpetuo socorro del Pueblo de Dios, auxilio de los cristianos, salud de los enfermos... En el comienzo del presente año cronológico, y después de tantas cosas vividas, rezamos con entera confianza: “Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios”.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 2, 22-40

 

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor"), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: "un par de tórtolas o dos pichones.” Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, Jesús y sus padres volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Domingo en la Octava de Navidad

27 Diciembre 2020

 

La fiesta de la Sgda. Familia, supone un ahondar en la comprensión del Misterio de la Navidad: Dios se hace hombre con todas las consecuencias de la condición humana, incluida la de tener una familia. Y la familia del Señor sirve de referencia para todas las familias cristianas.

 

En realidad, la familia es una experiencia específicamente humana, que se adapta a todas las culturas, lugares y etapas de la historia. Admite diversos modos y eso es algo de mucha actualidad, porque hoy también se dan una gran pluralidad de formas de convivencia y cohabitación.

 

Lo específico de la familia cristiana es descubrirse reunida en nombre del Señor. De ese modo, se cumple su promesa de hacerse presente allí donde dos o más se reúnen en su nombre. Junto a ello, las familias cristianas también celebran el Sacramento del Matrimonio, que por la fuerza del Espíritu Santo hace que los esposos sean una sola cosa.

 

Esta realidad familiar permite el acceso a un triple misterio:

 

a) Misterio de la fe

 

Dios dispuso en el momento de la Creación la diversidad y la complementariedad entre el hombre y la mujer, para que fuera posible superar la soledad. Al mismo tiempo, orientó la mutua atracción no solo a una fecundidad que pudiera prolongar la especie, sino a una colaboración con Dios, autor de la vida. Actualmente, en una realidad de acentuado individualismo, resulta un desafío aceptar esta dimensión relacional humana, que reclama el encuentro con el otro y con el Otro, con mayúscula. En definitiva, la familia es el lugar adecuado para la superación el aislamiento y la soledad.

 

b) Misterio de la persona

 

El final de este pasaje evangélico afirma que Jesús crecía en el seno de su familia. Precisamente el ámbito familiar es el lugar oportuno donde las personas se construyen. Son el ambiente propio de la educación.

 

En efecto, los hijos no son “propiedad del estado”. Y tampoco de los padres. Ninguna persona pertenece a nadie. Cada una es única y solo de Dios. Por eso, en el Evangelio, la Virgen y San José presentan a Jesús en el Templo.

 

Cada persona es únicamente de Dios y el proceso de crecimiento consiste en educar para obedecerlo. Una obediencia, que no es a ninguna autoridad humana. No se reclama obediencia a los padres, a los educadores, a los gobernantes, a los creadores de opinión…

 

La educación que construye personas no consiste tan solo en la adquisición de contenidos, sino en aprender a buscar la voluntad de Dios y a estar dispuestos a realizarla. Los padres cristianos, que en su vida buscan y cumplen la voluntad divina y que, precisamente por eso, han tenido a los hijos, son quienes pueden enseñarlos a conformarse, aceptar y obedecer la voluntad divina, para que pueda crecer en ellos la vida querida e iniciada por el Señor.

 

c) Misterio de la vida

 

La vida humana es muy vulnerable. La pandemia que padecemos lo puso de manifiesto. Precisamente por ello, el desafío es cuidar el don recibido y que solo pertenece a Dios. Nadie y ninguna decisión política, económica o científica, puede determinar cuándo se concluye una vida. Los ancianos –como Simeón y Ana-, son quienes sirven de modelo. Las personas mayores transmiten la historia, la identidad y la sabiduría de la vida. Con ellas en el seno familiar, se iluminan las experiencias vitales fundamentales: el amor, el dolor, el perdón, la fe…, hasta poder rezar como el anciano Simeón: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador”.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 2, 1-18

 

En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. El mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

 25 Diciembre 2020

 

“A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Por tanto, el acceso al Misterio de Dios ocurre a través de la Palabra. Aquel, que no necesita palabras se reviste de Palabra, para comunicarse y descubrirse al ser humano creado a su imagen y semejanza. El Misterio de la Navidad –de la Encarnación- culmina ese proceso de desvelamiento.

 

En el siglo XX se pensó que la imagen, que vale más de mil palabras, había oscurecido la importancia de la palabra. Sin embargo, estos primeros veinte años del siglo XXI ponen de manifiesto que la palabra mantiene su fuerza. Da igual que sean palabras pronunciadas, explicadas con imágenes o que clarifiquen los gestos y las imágenes. La palabra es una realidad específicamente humana, que ayuda a manifestarse y a comunicar los afectos. Solo los seres humanos son capaces de palabras vivas, originales, afectivas y personales.

 

Abajándose a la condición humana, la Palabra de Dios se dirige a la raíz humana de cada persona. Tener en cuenta esa dimensión contrasta con nuestro presente donde en tantas ocasiones las palabras se usan como armas destructivas. Últimamente, además, se asiste a un doble fenómeno, que pretende cambiar el sentido y significado de las palabras más importantes o reescribir los acontecimientos históricos.

 

La Palabra de Dios es palabra de vida, que hace posible toda la realidad. En estos momentos y en la presente Navidad es un desafío que las palabras estén al servicio de la vida, de su dignidad y de su belleza. Es un reto que se puedan utilizar las palabras, incluso en los textos legislativos, para que se justifique la manipulación y hasta destrucción de la vida, apoyándose en posibles mayorías políticas o sociales, obra en tantas ocasiones de una intencionada ingeniería social.

 

La originalidad y especificidad humana siente el anhelo exclusivo del más allá, la inmortalidad, la eternidad, la vida perdurable y la resurrección. Solo la Palabra de Dios satisface ese deseo, más necesario en la situación actual de pandemia, donde experimentamos acusadamente la vulnerabilidad humana.

 

Que esta Navidad ayude tener palabras que se dirijan a la profundidad humana y a la defensa de su dignidad. Palabras, que hagan posible una vida más hermosa y abierta al horizonte esperanzador de la vida eterna, la resurrección y la nueva creación comenzada con el nacimiento de Jesucristo en la noche de Belén.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 2, 1-14

 

En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

En la Noche Santa del 24 al 25 Diciembre 2020

 

En esta Noche Santa causa estremecimiento escuchar al Profeta Isaías. Sus palabras se actualizan hoy. Al pueblo que caminaba en tinieblas y en sombras de muerte, una luz les brilló. Un Niño, envuelto en pañales, y acostado en un pesebre es el Salvador. Nada es imposible para Dios.

 

Todo este Misterio se renueva esta noche y se puede vivir como lo hicieron la Virgen, San José y los Pastores: en la intimidad, en la interioridad y en la propia identidad.

 

a) Intimidad.

 

¿Qué se hubiera podido decir? El Misterio es algo que afecta a toda la realidad personal y, en el caso de la Virgen María, hasta su propio cuerpo. Entonces, solo cabe el silencio, la escucha de la Palabra de Dios –que María medita en su corazón- y dejar que brote la confianza en que para Dios no hay imposibles. En esa intimidad y silencio también se encuentra San José, los Pastores, nosotros…

 

b) Interioridad

 

El Misterio de la Navidad -de la morada de Dios en nosotros y entre nosotros- se vive en el adentro personal: allí donde se hallan los secretos que solo Dios conoce. En ese “espacio” interno se descubre que uno es mucho más de lo que pensaba y conocía de sí mismo.  Así, la Virgen es mucho más: es Madre de Dios. San José es mucho más: el custodio del Hijo de Dios. Los Pastores son mucho más: son los primeros evangelizadores y misioneros del anuncio gozoso de la Salvación. Con Jesús cada uno más de aquello que piensa o conoce de sí mismo.

 

c) Identidad

 

Aquello que cada uno es, también queda afectado por el Misterio de la Navidad y de cada Navidad. Eso es así, porque la identidad personal es evolutiva y está determinada por aquello que se vive. La Navidad hace que uno se reconozca creado, sostenido, impulsado y orientado por Dios. Uno sabe más quién es. Lo supo la Virgen, San José, los Pastores, los Magos y hasta el mismo Herodes. Aceptar y vivir cada Navidad, y mucho más la del presente año, ayuda a decirnos quienes somos y qué fe tenemos.

F. Tejerizo, CSsR

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