EVANGELIO

 

San Juan 20, 19-31

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

COMENTARIO

 

DOMINGO DE LA OCTAVA DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, A

12 abril 2026

 

Este es el mismo y único día de la Pascua, de la Resurrección y de la Nueva Creación. Es el día en que actuó el Señor y el tiempo nuevo, eterno e incontable iniciado con la Resurrección de Jesucristo. Es el día único y mismo: el día primero, el día tercero, el día octavo y el día que supera los límites del tiempo y nuestro modo de contarlo e intentar dominarlo.

 

Cada año en este Día Octavo, se proclama este pasaje del Evangelio. Siempre me pregunto dónde se encontraría el Apóstol Tomás, para no estar presente en el momento en que el Señor Resucitado se mostró a sus Discípulos atemorizados. ¿Cuál sería la necesidad que le retenía en otro sitio? Resulta llamativo que después de todo lo sucedido y del anuncio hecho en la mañana por las mujeres, se hubiera alejado en lugar de esperar el resultado de todo aquello. Lo mismo se puede pensar de aquellos otros dos que se fueron a Emaús. Por otra parte, se describe una situación conocida y actual. ¿Dónde se encuentran tantos cristianos que no están en los momentos esenciales de la vida de la Iglesia? Acaso tienen razones justificables y justificadas, pero se pierden lo mejor de la fe.

 

Precisamente, hay que agradecer a Santo Tomás su pretensión de comprobar la resurrección. Con ello, hace posible descubrir algunos elementos de la fe. Veamos.

 

a) Confianza

 

El ser humano está acostumbrado a vivir arriesgándose a confiar. Se confía en el médico, el farmacéutico, el conductor del coche, del autobús, del tren, del avión… Se confía en el profesor, en el sacerdote, en los padres, en los hijos… Pese a ello, cada vez más, aparece un recelo y sospecha, acaso por la manipulación de la información, la publicidad o la realidad virtual.

 

El Apóstol Tomás, no confía en los Doce, ni en aquello que le dicen. En cambio, reclama comprobar por sí mismo el hecho de la resurrección. El Señor le dirá que no sea incrédulo sino creyente y que corra el riesgo de confiar en su Palabra y en el testimonio de otros.

 

Esta confianza siempre se necesita para ser cristiano. Consiste en asumir el riesgo de aceptar el anuncio que hacen otros. Ellos son testigos dignos de crédito y creíbles.

 

b) Un obsequio

 

Eso es la fe: un don, un regalo, que se recibe gratis con el Santo Bautismo. No se conquista con el esfuerzo y en su interior contiene algo desconocido: un misterio. Puede estar envuelto de modo llamativo o humilde, más o menos cerrado y resultar grande o reducido. En todo caso, siempre compromete la libertad de quien lo recibe, que puede decidirse a abrirlo o abandonarlo. Toda esta descripción también se puede referir al don de la fe y al testimonio del Apóstol Tomás. Él ya había recibido la llamada de Jesús y formaba parte de su grupo. Ahora, al verlo resucitado, su libertad puede comprobar, como había pedido, la realidad de lo ocurrido en Jesús. Si hubiera tocado al Señor, se habría visto obligado no solo a creer en Él, sino a saber algo que supera todo conocimiento y sabiduría humana. En cambio, en Apóstol, en su libertad, prefirió adorar al Señor. Así, el Misterio de la Fe se vive poco a poco y acompaña con su luz el proceso vital de cada persona. En consecuencia, Dios nunca se impone con la evidencia sino, que deja al ser humano que se construya en el uso de su libertad y en la aceptación de la Fe.

 

c) Unas relaciones

 

Santo Tomás, en el Día Octavo, ya está con los otros discípulos cuando llega Jesús. Desde este momento ya tiene algo en común con los otros y que le faltaba. Esa experiencia compartida, genera unas relaciones concretas y el comienzo de una nueva actividad en común. Esta es la experiencia de toda comunidad cristiana: se remite al algo vivido y que genera unidad.

 

Por otra parte, la experiencia del encuentro con el Señor Resucitado, que se hace presente en la comunidad, también supone una nueva relación con Él, que encarga una Misión y que abre horizontes de futuro para el tiempo presente y ofrece esperanza ilimitada de Vida Eterna.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Juan 20, 1-9

 

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y le dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.” Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.

 

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, A

 5 abril 2026

 

La realidad en que vivimos tiene dos dimensiones: una aparente y otra profunda. Ambas están presentes en este pasaje del Evangelio.

 

a) Realidad aparente

 

Es aquella que hace llorar a Magdalena. Para ella, Jesús está muerto y sepultado. Al ver la roca retirada, sin comprobar nada, afirma lo aparente: han robado el cuerpo del Señor. Pedro y Juan, desean comprobar lo sucedido y van al sepulcro. Lo aparente, les mueve. Juan, señala su experiencia. Él entra en la sepultura, ve lo aparente: los sudarios adonados. Luego, porque se adentró en el sepulcro descubre la realidad profunda que contiene. Eso le hace escribir que “vio y creyó”.

 

b) La muerte

 

Es parte de la vida, pero no lo era de la naturaleza humana. Dios no hizo ni quiso la muerte. Es el mismo ser humano el que la introduce en la realidad como una salida a la rutina, el sin sentido, la experiencia del mal y el pecado. Al ser humano se le impone como un remedio, pero nadie la quiere. Y la sufren las personas que aman a quienes mueren.

 

c) La vida eterna

 

Todo ser humano desea verse libre de la muerte y también desea vivir eternamente, aunque actualmente parece conformarse con prolongar la vida “aparente”. Ese deseo permite acceder a la “vida en profundidad”. Esa que no termina y que no es comparable con la aparente. El apóstol Juan describe en este pasaje que el acceso a la profundidad necesita realizar el esfuerzo de remover la piedra que impide la entrada y la fuerza para vencer el temor y adentrarse en la profundidad y oscuridad del sepulcro. Acceder a la realidad profunda, ya presente en la realidad aparente, no es producto de la imaginación sino una revelación otorgada con el Bautismo. Desde ese momento, se abre la posibilidad de vivir en la profundidad del Santo Espíritu y sentir que la Vida Eterna es un deseo posible. La celebración de esta Pascua, en el Sacramento de la Eucaristía, conduce desde la realidad aparente del pan y el vino a su realidad más profunda, que es actuación del Espíritu Santo, y que conforme a las palabras del Señor Jesús supone que "el que come de este pan y bebe de este cáliz no morirá para siempre y yo le resucitaré".

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Mateo 28, 1-10

 

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis." Mirad, os lo he anunciado." Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús, les salió al encuentro y les dijo: No temáis. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.

 

VIGILIA PASCUAL, A

En la  Noche Santa de la Resurrección del Señor del 4 al 5 abril 2026

 

Las mujeres que llegaron de madrugada al Sepulcro, después del anuncio del Ángel, fueron encontradas por el Señor: “Jesús, les salió al encuentro y les dijo: No temáis”. Ellas, ya sin miedo, le abrazaron. Esta experiencia es el motivo de la celebración de esta noche y de toda la vida cristiana. Es decir, el encuentro con Jesucristo es posible y real. No se trata de una mera ilusión ni fantasía, sino todo lo contrario: una realidad, que permite la relación personal, el abrazo, con el Resucitado. Esa realidad, también es el contenido de la Fe cristiana. Una Fe, cuyo contenido central es la vida, Pasión, muerte y Resurrección del Señor. Se trata de un Don otorgado en el Santo Bautismo que la Iglesia celebra y actualiza en esta noche. Este Sacramento introduce en quien lo recibe una novedad radical, que supone:

 

a) Cambio de identidad

 

Con el Bautismo se deja la condición de pecador y se superan las determinaciones genéticas, históricas y sociales. Comienza el devenir de una persona nueva, incorporada a Jesucristo, que ya no desaparece. Desde el momento del Bautismo cada bautizado ya solo existe en la novedad en la que se ha introducido y que no es reversible. Para siempre ya se es cristiano, pues Dios no deshace lo realizado.

 

b) Se recibe la Gracia

 

Es el Don del Espíritu Santo, que otorga la Vida Eterna, esa que no acaba. Por tanto, quedan superados los límites del tiempo y el espacio. Se vive en ellos, pero orientados e impulsados a la inmortalidad.

 

c) Introduce en la Iglesia

 

Es imposible el “autobautizo”. Se requiere la intervención de la Comunidad Cristiana, que fiel al mandato del Señor Resucitado, celebra el Bautismo. En consecuencia, los bautizados son presentados y acogidos en la Iglesia. Ella ya no es una extraña para ella, que los reconoce como uno de sus integrantes. Y ellos tampoco se perciben extraños sino integrantes de un mismo cuerpo y pueblo.

 

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Juan 18, 1-19.42

 

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: Está cumplido. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Y al punto salió sangre y agua Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura dé mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

 

VIERNES SANTO

3 abril 2026

 

La Cruz de Jesucristo es árbol de vida, camino para el cielo y el lugar donde estuvo clavada la salvación del mundo. Es la señal de los cristianos, signo de contradicción y causa de persecución en muchos lugares. Venerar la Cruz de Jesús en la liturgia del Viernes Santo conlleva una triple interpretación teologal. Veamos.

 

a) Amor

 

El patíbulo de la cruz, a pesar de toda su crudeza, quedó convertido en un signo de amor por causa de Jesucristo que dijo eso de “No hay mayor amor que dar la vida por los amigos”. Además, agregó que “No os llamo siervos, sino amigos”. Esa amistad es la razón por la cual el Señor aseguró que “Cuando sea levantado en alto atraeré a todos hacia mí”. Acaso estamos en esta celebración porque fuimos atraídos por Jesús. Dicha atracción por aquel “Ante el que se vuelve el rostro”, suscita compasión al ver los dolores del Maestro, los de quienes están al lado y los de toda la humanidad a lo largo de los siglos. Entonces, desde la compasión se puede dar el paso al amor.

 

b) Fe

 

Se afirma y evoluciona ante las heridas del Señor. Así le pasó al Apóstol Tomás, que para creer pidió tocar las llagas del Señor. Todavía hoy el desafío de los cristianos consiste en tocar, comprobar y curar las heridas abiertas de Cristo en el mundo, en su Iglesia y en múltiples bautizados. El gemido de esas huellas son un recuerdo del Señor en favor nuestro y son un interrogante acerca de nosotros mismos. Al mismo tiempo, resultan un testimonio del sufrimiento de Cristo, porque todo dolor, como el amor o la fe, dejan huella.

 

c) Esperanza

 

La Cruz es victoriosa, porque sostiene la esperanza en la promesa del Señor: “Yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”. Así, pues, cabe afrontar toda soledad, porque el Señor no se olvida de sus promesas. Por ello, sus palabras “Voy a prepararos un lugar”, motivan el gozo de aguardar el Cielo y la vida eterna. Un cielo, al que el Hijo puede acceder precisamente por su ser Hijo y, también, por la ofrenda que hizo de su vida. Lo primero es suficiente para Él y para todos los incorporados a Él en el Bautismo. Lo segundo no es necesario para Él, pero sí para todos los bautizados. Por último, la Cruz es Salvación, porque para ello fue enviado Jesús al mundo: no para condenar, sino para salvar. Sin su sangre, ¿quién hubiera podido salvarse del pecado y de la muerte?

 

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Juan 13, 1-15

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le replicó: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le contestó: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Simón Pedro le dijo: Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos." (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios". Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "El Maestro" y "El Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

 

 

JUEVES SANTO

2 abril 2026

 

Tres elocuentes referencias ayudan a adentrarse en la celebración del Misterio del Jueves Santo y en el Misterio de la Pascua. Se trata de la institución del sacerdocio ministerial, que realiza el Señor Jesús en el transcurso de la Última Cena. La misma celebración de la cena, con la entrega de la Eucaristía y el gesto del lavatorio de pies.

 

a) El sacerdocio ministerial

 

Surge del encargo realizado por el Señor a sus Discípulos de actuar en su memoria. Eso hace que el sacerdote, sucesor de los Apóstoles, hable en primera persona y que se identifique con el cuerpo de Cristo. Si no hubiera sido por la entrega expresa realizada por el mismo Señor, sería prácticamente blasfemo ocupar su lugar. Este es el primer Misterio de este día: que hombres débiles, pecadores e indignos, elegidos y enviados por el mismo Jesús, actúen en su nombre y lugar.

 

b) El lavatorio de pies

 

También es un encargo del Maestro, que mandó realizarlo unos a otros y en su memoria. Jesús se inclina ante los pies cansados, desgastados o heridos de la personas, para aliviarlos. Eso también lo hace con toda la sociedad y toda la historia. Los Doce entonces, la Iglesia después y hasta cada uno de nosotros son urgidos a aliviar todo cansancio en nombre del Señor, que quiso abajarse de su divinidad hasta se uno de nosotros. La resistencia al servicio es la soberbia, que tiene dos referencias. Primero, la de San Pedro, que no quiere admitir que Dios se incline. Y segundo, la de Judas, que no pide perdón, ni se deja perdonar.

 

c) La entrega de la Eucaristía

 

La celebración de la Cena de Pascua, es una celebración familiar, que crea unos vínculos afectivos y fruto de aquello que se ha vivido en común. Además, la Última Cena de Jesús, es realización simbólica, anticipada y explicada, de la Cruz del Señor. Esto hace que se cambie la mentalidad y la relaciones entre quienes participan en la Cena. Cada comunión en el Cuerpo de Cristo es un acto espiritual, donde se acepta la iniciativa de la voluntad divina, igual que hizo Jesús. Es un encuentro de amistad, que da vida y vida nueva. El Señor, no quiere siervos, sino amigos. Y finalmente, es un acto de adoración, donde con Cristo de hace a Dios la ofrenda de la persona, que se abandona confiadamente en la divina providencia.

 

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Mateo 21, 1-11

 

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles: “Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto”. Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: "Decid a la hija de Sión: Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila". Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: “¿Quién es éste?” La multitud contestaba: “Es el Profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.

 

 

DOMINGO RAMOS, A

29 marzo 2026

 

La proclamación, el anuncio de la Pasión del Señor y la celebración del Domingo de Ramos, no es un mero recuerdo histórico. Además, hubiera sido imposible sin el acontecimiento de la Resurrección. Por eso, para el Evangelio, y más en concreto para San Mateo, la Pasión y muerte del Señor es una teofanía; es decir, una manifestación del Misterio de Dios. Así, pues, todo el relato de la Pasión es una Divina Revelación por la cual se accede al conocimiento de aquello que Dios mismo descubre y que el ser humano no puede adquirir por sus solas fuerzas naturales. Por tanto, se comunica que Dios es muy débil en el amor. Tanto, que su amor puede ser rechazado. Al mismo tiempo, se conoce que la fuerza de Dios es el Espíritu entregado por Jesús al expirar. Es el mismo recibido en el Bautismo y la Confirmación y que no se impone, sino que ha de ser aceptado libremente. Esta teofanía de la Pasión reúne algunos de los elementos bíblicos habituales y otros elegidos por San Mateo.

 

a) Las tinieblas

 

Son aquella “shekinah” o nube que hace visible la presencia de Dios. Es la nube que cada atardecer desciende sobre la “Tienda del Encuentro” preparada por Moisés y que acompaña al pueblo de Dios, que camina por el desierto. Es la nube que en el Monte de la Transfiguración hizo que los Discípulos descubrieran al Señor glorioso. La nube es también la tiniebla del Calvario e indica que Dios nunca abandona en las dificultades. Todo lo contrario, cuanto mayor es la oscuridad, más cerca está Dios. Así, la tiniebla será clara como el pleno día.

 

b) El terremoto

 

Alude al movimiento que provoca la presencia de Dios, que hace que la tierra se estremezca. Y con ella, quienes viven la sorpresa y la conmoción provocada por la iniciativa divina, que puede alterar todos los planes y proyectos.

 

c) Las rocas abiertas

 

Remiten a aquella roca de la cual Moisés hizo que brotara agua en Masá y Meribá cuando el pueblo sediento se quejó de Dios en la desorientación del desierto. Así se descubre que la única roca sobre la cual se puede edificar la vida con solidez es el mismo Jesús, la Piedra Angular, que hace posible resistir cualquier tempestad.

 

d) El velo del Templo rasgado

 

Es el mismo cuerpo del Crucificado, rasgado y traspasado. A partir de la Cruz, el culto a Dios se realiza en “Espíritu y verdad” en el único templo formado por el Cuerpo roto del Señor al que están incorporados todos los bautizados. Él es la cabeza del cuerpo y nosotros sus miembros. Con Él, por Él y en Él se realiza el culto y la adoración.

 

e) Los sepulcros abiertos

 

Anuncian que el sepulcro no es el destino definitivo del ser humano.

 

f) El centurión romano

 

Y los soldados, y Pilato y su mujer, son los paganos e idólatras, a los cuales se les anuncia la Cruz, que es la señal de los cristianos. Hoy, como entonces, la Cruz, signo de contradicción, es una oferta para quienes no tienen fe o la rechazan.

 

g) Las burlas

 

De las autoridades religiosas judías, que no reconocen al Dios de Abraham, al Dios de las Promesas hechas a los Padres. Y ese mismo Dios, les perdona.

 

h) Los Discípulos y las mujeres

 

Se mantienen a distancia, temerosos y víctimas de sí mismos. Ellos son tan débiles como cualquier cristiano de hoy, que tienen la carne flaca, pero el Espíritu pronto.

 

i) San Pedro

 

Como siempre, es protagonista que representa a cualquier Discípulo. En su triple negación dice verdad. Y eso es más importante que la negación. Asegura que no conoce a Jesús. Esa es la realidad: nunca se alcanza la totalidad del Misterio del Señor.

 

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Juan 11, 3-7.17.20.27.33b-45

 

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días». Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

 

 

DOMINGO 5 Cuaresma, A

22 marzo 2026

 

La quinta catequesis prebautismal, en el último domingo de Cuaresma, realiza el anuncio del centro de la fe: Jesucristo, muerto y resucitado. Al servicio de esta buena noticia, está este pasaje del Evangelio según San Juan. En él hay tres escenas, que me permiten las siguientes reflexiones.

 

a) La vida en situación de muerte

 

Se trata de la realidad cotidiana de cada cual. Tanto Marta como María la describe con las siguientes palabras: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”. Ciertamente la posibilidad de la muerte biológica acompaña el paso de los días, pero también cabe aquella posibilidad que coloquialmente se describe como “estar muerto en vida”. Se trata de situaciones donde hay aparente ausencia de Dios: un pecado en el que se reincide, una enfermedad imprevista, crónica o terminal, un paro laboral que se prolonga, unas oposiciones que no se superan, unos malos tratos, una adicción… La percepción de la distancia de Dios hace que muchos abandonen la fe. Ante el reproche de Marta y María el Señor responde: “Esta enfermedad servirá para la gloria de Dios”. Solo él hace posible que toda situación, por muy dramática que sea, se convierta en una oportunidad.

 

b) La muerte

 

Es el mayor e ineludible limite y destino de la vida. Marta la describe así: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. El evangelista usa el significado de los números y los días. Los dos días que espera Jesús antes de ir a Betania son imperfectos, de muerte. Lo mismo, los cuatro que Lázaro lleva sepultado. Entre ambos falta el día tercero, es el día en que Dios actúa, el día de la Resurrección. ¡Hay tantas situaciones que huelen mal! Existen tantas corrupciones y sepulcros blanqueados… Entonces es preciso afrontar la pregunta existencial más importante: ¿qué es la muerte? ¿Acaso hay algo después? Cuando no se quiere afrontar esa cuestión surge eso que San Juan Pablo II señaló como “cultura de la muerte”, donde su tragedia se reduce a evasión: películas de violencia, pervivencia postmorten como fantasmas o vampiros. Al mismo tiempo, se legisla para justificar la muerte como eutanasia, aborto y pena de muerte. Últimamente, además, como guerra. Con estas referencias es muy esperanzadora la profecía de Jeremías en la primera lectura: “Esto dice el Señor Dios: Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os sacaré de ellos, pueblo mío… Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”.

 

c) La vida de la fe

 

Surge de la respuesta a la pregunta de Señor. Marta dice: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Es la respuesta a la pregunta del Bautismo y supone la decisión libre de aceptar que Jesús es la Resurrección y la Vida. Al servicio de este anuncio está la revitalización de Lázaro, de la hija de Jairo y del hijo de la viuda de Naím. En efecto, resucitar es algo más que un simple revivir. La fe en el Resucitado hace que Marta resucite antes que Lázaro y se ponga en camino para decir a María: “El Maestro está ahí y te llama”. Eso hace que María se levante y vaya junto a Jesús. Lo mismo ocurre a Lázaro: cuando el Señor le llama, se levanta de su sepulcro y también se pone en camino, libre de sus vendajes y cegueras. Jesús no deja de llamar y orientar la vida hasta el más allá de la muerte. Su propuesta hace superar todo aislamiento, rutina, cansancio, conformismo, vida planificada o virtual. Sólo él perdona los pecados y saca de todos los sepulcros.

 

F: Tejerizo, CSsR

 

 

San Juan 9, 1.6-9.13-17.34-38

 

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo». Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.

 

 

DOMINGO 4 Cuaresma, A

15 marzo 2026

 

Este pasaje evangélico brinda la reflexión propia de la cuarta catequesis prebautismal de la Cuaresma. En él, se encuentran elementos de la celebración del Sacramento del Bautismo: la pregunta sobre la fe, el baño bautismal y la luz del Señor, que se encenderá en la Noche de la Pascua y recogerá cada bautizado.

 

a) Creo, Señor

 

Es la respuesta del ciego sanado y de quienes son interrogados por su fe. Se trata de una fe que se renueva año tras año y que se vive en medio de tinieblas y dificultades. Esa también es la situación de la presente Cuaresma. De esa manera, la fe se afianza, madura y gana en libertad.

 

Tal vez las tinieblas más elocuentes para la fe son las que cubrieron el Monte Calvario la tarde del Viernes Santo. La fe robusta de la Virgen al pie de la Cruz es una referencia imprescindible para afrontar toda oscuridad.

 

El ciego curado por Jesús se encuentra rodeado por quienes están entenebrecidos: los dirigentes religiosos de su pueblo, quienes le identifican como ciego y se resisten a su curación y hasta sus propios padres, víctimas del miedo. Esa realidad se detecta hoy en tantas personas que se obstinan en resistirse a creer.

 

Cuando se vive cualquier oscuridad, sufrimiento y cruz, la fe ha de consentir en que se haga el plan de Dios. Este es el esfuerzo mayor de la fe: dejar que Dios haga y asumir su voluntad, aunque sea tan incomprensible e injusta como la Cruz de Jesús. Esos son los momentos de reafirmar la confianza en Dios.

 

b) Me lavé y veo

 

El ciego de nacimiento insiste con seguridad y responde a quienes le interrogan casi de modo desafiante. Él sabe lo que ha vivido y cómo ha superado su ceguera. Cualquier creyente puede identificarse con su experiencia, porque en toda vida hay cegueras que solo la luz de Jesús puede superar. El pecado personal y las realidades, decisiones y errores de la propia historia y sus consecuencias, siempre son un desafío. Hay cegueras personales complejas, ignoradas y paralizantes. Jesús es la luz que permite ver todo eso con su mirada de misericordia, que ofrece otra posibilidad.

 

c) La luz

 

Jesús es la luz del mundo y de la vida más allá de toda crisis y muerte. Con ella de descubre la caridad, que lleva a sentir que uno mismo y los otros valen más que sus heridas. Lo mismo ocurre con los golpes y llagas del Crucificado. La luz de Jesús permite aceptar la verdad personal interior, incluso de pecado, y las consecuencias de la historia vivida. Esa es la humildad que, en palabras del Papa Francisco, se aprende en las humillaciones. Jesús es el humillado, abajado hasta la Cruz, y exaltado por el Padre. Finalmente, la luz del Resucitado hace  esperar que la semilla de la fe, del Bautismo y del Evangelio, sembrada en cada bautizado, está llamada a realizar el esfuerzo de germinar y salir a la luz.

F. Tejerizo CSsR

 

 

San Juan 4, 5-42

 

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén» Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad.» La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo.» En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

 

 

DOMINGO 3 Cuaresma, A

8 marzo 2026

 

Con el tercer domingo de Cuaresma se recibe la tercera catequesis bautismal, que se ilumina con el precioso relato del encuentro entre Jesús y la mujer Samaritana.

 

Tres reflexiones para este domingo: una sobre el símbolo del agua, otra sobre el diálogo entre Jesús y la Samaritana y otro sobre las palabras de Jesús que aseguran que la salvación viene de los judíos. Vayamos en primer lugar con esta última afirmación.

 

La salvación viene de los judíos

 

Estas palabras son un desafío después de las cosas que se han vivido en esta semana. Afortunadamente, el estado de Israel no se puede confundir con el Pueblo de Dios destinatario de las promesas hechas por Dios a Abraham, Isaac, Jacob, Moisés… Esas promesas están vigentes, porque Dios no se desdice y alcanzan hoy a judíos, cristianos y musulmanes. Además, es todo un reto la situación de guerra que estamos sufriendo precisamente en Cuaresma, Ramadán y a pocas semanas para que los judíos celebren la Pascua entre el 1 y 9 de abril y coincidiendo con los cristianos.

 

En la segunda lectura de este domingo el Apóstol Pablo afirma que la “Esperanza no defrauda” (cf Rm 5, 1-8). El recordado Papa Francisco quiso que este versículo fuera la referencia del pasado Año Jubilar.

 

En efecto, la esperanza aguarda el cumplimiento de las promesas divinas y confía en que los planes de Dios no coinciden con los planes, proyectos y modos de pensar de los hombres. Las promesas divinas son más eficaces que todos los poderes económicos, políticos, científicos, sociológicos y militares. Por eso, la salvación no deja cumplirse.

 

El Pueblo de Dios y la Samaritana

 

La mujer samaritana, pertenece también al Pueblo de Dios. Un pueblo complejo, insatisfecho e inseguro. Complejo, porque pronto se olvida del modo en que Dios le libró de la esclavitud de Egipto y añoró los puerros que comía allí. Insatisfecho, porque le falta agua, comodidad e instalación, aunque fuera tan precaria como la que tenía en la esclavitud. E inseguro en su fe, a pesar de la obra de Dios, hasta preguntarse: “¿Está el Señor con nosotros o no?” (Ex 17, 7).

 

La Samaritana tiene estos mismos rasgos: compleja, hasta resistirse a dar agua a Jesús cansado y sediento. ¡Qué expresiva resulta esa imagen del Señor! También está insatisfecha con su trabajo y con sus sentimientos: ya ha tenido cinco hombres en su vida. Finalmente, tiene una religión insegura, que le hace cuestionarse dónde rezar si en Jerusalén o en el Monte Garizín.

 

Esta Cuaresma es una ocasión propicia para que cada cual se enfrente con su propia complejidad, sus insatisfacciones y las inseguridades de su fe.

 

El agua

 

Es el símbolo que acompaña esta catequesis cuaresmal. Como todo símbolo, tiene la capacidad de llevar más allá de lo inmediato y se remite a horizontes ilimitados. En consecuencia, hay tres “aguas”.

 

a) El agua física

 

Es el agua apaga la sed. La misma que puede contener en las profundidades marinas al Leviatán o serpiente demoníaca. También es aquella que movida por la tormenta acosa la barca de Pedro. Y es el agua destructiva del Diluvio sobre la que navega el Arca de Noé. Al mismo tiempo, es el agua que da vida y que mezclada con la tierra produce el barro del que Dios modela a Adán y Eva.

 

b) El agua que purifica

 

Se trata del agua del Jordán donde Juan bautiza a Jesús. El agua que Jesús promete a la mujer samaritana, que no entretiene los cansancios como hacen los refrescos azucarados. Es el agua que serena la insatisfacción del interior personal. Se trata de aquella agua abundante de las Bodas de Caná, que se convirtió en el mejor de los vinos, para perdonar realmente el pecado.

 

c) El agua del Espíritu

 

Fue la que brotó del costado abierto de Jesús Crucificado cuando al expirar en el Calvario entregó el Espíritu. Esa agua es la del Bautismo, que otorga el Don de la Fe y comunica la misma fuerza de Dios. Es agua que vivifica hasta más allá de la muerte y es agua que moviliza para anunciar como la mujer Samaritana: “¿Será este el Mesías?”

 

F. Tejerizo CSsR

 

 

 

 

 

 

 

 

San Mateo 17, 1-9

 

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

 

DOMINGO 2 Cuaresma, A

1 marzo 2026

 

El precioso relato de la Transfiguración del Señor, en el segundo domingo de la Cuaresma, es un anuncio del Misterio de la Pascua. Jesús Transfigurado es el mismo Jesús Resucitado. El evangelista redactó este pasaje para anunciar al Resucitado y con la intención compartir su propia experiencia.

 

a) Una experiencia pascual

 

Se trata de una experiencia que cualquier cristiano puede descubrir en sí mismo. En efecto, quienes se postran, veneran y anuncian, a Jesucristo Crucificado no ven solo a quien cuelga del patíbulo de la Cruz, sino al Señor resplandeciente de la madrugada del día de la Resurrección. Precisamente por eso, hay que acudir a la situación vivida por los apóstoles en la noche del Jueves Santo en Getsemaní. Allí también tuvieron un lugar preferente los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. Ellos vieron el rostro transfigurado y ensangrentado del Maestro que sudaba sangre. Fue algo tan dramático que lo callaron y que no compartieron hasta que lo recordaron a la luz de la Resurrección.

 

b) Una idealización insuficiente

 

El apóstol Pedro tiene un papel protagonista y se ofrece para preparar unas tiendas en que puedan estar tranquilos Jesús, Moisés y Elías. Ninguno de los tres habla a Pedro. No atienden una propuesta de instalación. Moisés y Elías, hablan a Jesús. En efecto, todo lo contenido en el Antiguo Testamento, toda la Ley de Moisés y todo lo anunciado por Elías y los demás profetas, se refería a Jesús. Todo ese contenido también estaba en la cabeza de Pedro. Él había elaborado una imagen del Mesías que esperaba se realizara en Jesús. En su cabeza no cabía aquello que Jesús pretendía, ni lo vivido en el Huerto de los Olivos, ni en el Calvario. Después de la Resurrección, todo cambio. Y Pedro, también es transfigurado al resplandor del Señor.

 

c) Una novedad bautismal

 

El cambio vital de Pedro y los demás apóstoles, les lleva más allá de sus ideas, imaginaciones, ilusiones, proyectos e, incluso, experiencia religiosa. Resultan personas nuevas. Así ocurrió también a Abraham, cuando, después de atender la propuesta de Dios, a pesar de su ancianidad, se determinó a salir de su tierra, su patria y la casa de su padre, para encaminarse a la tierra que Dios le iba a mostrar (cf Gn 12, 1-4ª).

 

Quienes se bauticen en la Noche Santa de la Pascua y los ya bautizados que renueven su Bautismo, también viven la transformación que hace posible el Don del Espíritu Santo. Son personas nuevas, a la luz de Jesucristo y son urgidos a “Tomar parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios” (2 Tim 1, 8b). Una fuerza, que brota del Sacramento de la Eucaristía, donde el Señor Resucitado resplandece de blanco. Quienes comulgan, unidos a Jesús, también son transfigurados y llevados al más allá, hasta su propia resurrección.

 

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Mateo 4, 1-11

 

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: « Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras"». Jesús le dijo: «También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios"». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto"». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

 

 

DOMINGO 1 Cuaresma, A

22 febrero 2026

 

El ciclo A de la liturgia, que se usa en el presente Año Litúrgico, presenta las cinco catequesis modélicas, para preparar la celebración del Bautismo en la Noche Santa de la Pascua. Por consiguiente, se puede utilizar todos los años.

 

En el primer domingo de Cuaresma, con la primera catequesis, ya se anticipa, en la segunda lectura, el anuncio que será la gran noticia de la Pascua. En efecto, el apóstol Pablo escribe: “Si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos” (cf Rm 5, 12-19). Eso mismo lo cantará más brevemente el Pregón Pascual: “Feliz la culpa, que mereció tal Redentor”.

 

En el despliegue catequético y bautismal de la Cuaresma, el primer domingo constata también  la existencia del primer pecado y sus consecuencias. Jesucristo, por el Misterio de la Encarnación, asumió toda la realidad humana, pero sin el pecado. Pese a ello, tuvo de afrontar la tentación y las consecuencias de la fragilidad de la naturaleza humana. Por esta razón, el evangelista ha querido afirmar que, después de su ayuno, sintió hambre. Y, al mismo tiempo, por ser parte del Pueblo de Dios, también hubo de vivir la experiencia de Israel, que durante cuarenta años estuvo dando vueltas, desorientado, por el desierto. Es fácil identificarse con esa realidad, porque cualquiera ha vivido tiempos y años de confusión y enredos donde hubo de dar numerosas vueltas y vueltas sin destino.

 

La experiencia de desierto, que vive Jesús, en la intención de San Mateo ocurre por la actuación del Espíritu Santo, que es quien conduce. Eso mismo ocurre en todo bautizado, que en el desierto puede tener el tiempo que necesita para la introspección y la reflexión. Los años del desierto fueron para Israel el tiempo para crecer, madurar y escuchar la voz de Dios, que le hablaba al corazón (cf Os 2, 14).

 

La oportunidad del desierto, sin embargo, conlleva el riesgo de una triple tentación. Las afrontadas por Jesús son una referencia valiosa para la Cuaresma.

 

a) No hay nada que demostrar

 

Esa es la respuesta frente al desafío de intentar la demostración de la fe, de los propios recursos y hasta de la propia vida. El tentador incita: si eres Hijo de Dios, demuéstralo y convierte las piedras en pan. La mentalidad contemporánea, heredera del cartesianismo, parece reclamar en el mismo sentido. En cambio, el misterio de la fe, como las cosas valiosas de la vida, son indemostrables. Para quienes siguen a Jesucristo basta con entregar su vida, convertirla en servicio y hacerse sumamente comprensivos. Acaso eso permita descubrir la autenticidad de la fe.

 

b) No resistirse a los planes de Dios

 

Y tampoco desafiarlo, intentar manipularlo o llamar la atención arrojándose desde el alero del Templo. Por eso, no instrumentalizar los espacios o las cosas sagradas. La vida cristiana y la presencia en la santa Iglesia no busca el propio protagonismo o promoción. La celebración no es para entretener o verse reducida a un espectáculo o tradición que conservar. No se trata de, como dijo el recordado Papa Francisco, de convertirse en momias de museo, sino de estar en el momento presente, con la puerta de la Iglesia abierta, para acoger, escuchar y ofrecer curación. Es decir, aceptar la iniciativa y colaborar con la voluntad divina.

 

c) No cansarse de ir contracorriente

 

Aunque  la tentación ofrezca todos los reinos del mundo. Efectivamente, nada podrá separar del amor por Jesucristo. Ni el éxito, el prestigio, el poder, el dinero… Tampoco la mentalidad mundana, ni las consecuencias de la ingeniería social, ni la presión de las mayorías… Ser de Cristo supone aceptar la distancia de todos los pequeños reinos del mundo.

F. Tejerizo, CSsR

 

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