Evangelio

San Marcos 13, 33-37

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.

Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.

Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!»

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Comentario

DOMINGO 1 ADVIENTO, B

3 Diciembre 2017

 

El inicio de un nuevo año litúrgico conlleva una acción de gracias al Señor, que nos permitió llegar hasta aquí. Hoy el Señor está más cerca de cada uno de nosotros y nuestra salvación también. Durante todo un año hemos crecido en la fe y en vida cristiana. Y el año que comenzamos será un desafio y una oportunidad para nuestro bien

Este pasaje del Evangelio se dirigió a una comunidad cristiana del siglo primero en Roma. Allí se vive la persecución y el martirio. A aquellos cristianos el evangelista les invita a a velar. No les dice que esté atentos para librarse de la persecución -que también-, sino para que vigilen la propia debilidad y el miedo de modo que no traicionen la fe.

Al mismo tiempo, la exhortación a la vigilancia reclama no desentenderse de la casa, sino cuidarse de aquellos que la habitan, que también son débiles y pueden sucumbir al miedo. Es una vigilancia que hace estar pendiente de los otros, que también han de enfrentarse con la persecución Y un cuidado por toda la comunidad cristiana -la Iglesia-, que también es vulnerable.

Y, por último, reclamar vigilancia supone levantar la mirada y fijar los ojos en el Cielo. El Señor viene del más allá y, precisamente eso, suscita la esperanza. Por muy complicada y oscura que sea la situación, el Señor vendrá y cada vez está más cerca.

Al comienzo de este Adviento, urgen estos tres desafíos: que el miedo no sea más grande que la fe; que se renueve la preocupación por los hermanos y por toda la Iglesia, y que la mirada se eleve hasta el más allá, de donde viene el Señor.

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 25, 14-30

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco". Su señor le dijo: "Bien, siervo bueno y fiel; cómo has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor". Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos". Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; cómo has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor". Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo". El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Conque sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes"».

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DOMINGO 33 TIEMPO ORDINARIO, A

19 Noviembre 2017

 

En el penúltimo domingo del año litúrgico, esta conocida parábola invita a realizar una evaluación sobre la propia vida y el transcurso del tiempo. ¿Cómo se vive? Se trata de una reflexión exclusivamente propia del ser humano, que es el único que puede sentirse protagonista de su vida y que cuando no ocurre así se siente insatisfecho e invadido. En efecto, solo el ser humano es capaz de tomar la responsabilidad de su propia vida en sus manos, sin dejar que otros o las circunstancias le vivan la vida y le gestionen su realidad personal. Precisamente esa capacidad de descubrirse responsable de uno mismo lleva a percatarse de los dones -talentos- recibidos, que hacen a cada uno distinto y complementario. En efecto, en la parábola se reciben cinco, dos o un talento y eso no discrimina, porque todos son igualmente responsables y necesarios. Afortunadamente, frente al igualitarismo exaltado que vivimos, resulta inevitable que se imponga la riqueza de la diversidad y pluralidad, que supera la uniformidad.

 

La parábola urge a cuestionarse y a sentirse responsable de los dones otorgados. Pero su mensaje puede verse reducido por nuestra mentalidad influenciada por la rentabilidad. En el texto, ciertamente, se plantean dos posibilidades. Por un lado, los talentos se pueden llevar al banco -eso supone estar dispuesto a sumir un riesgo- y por otro, pueden guardarse celosamente, por miedo a perderlo. Tanto en un caso como en otro, lo realmente importante es poder responder de los dones recibidos. Lo de menos es que se rentabilicen o se conserven, sino cuestionarse qué se hace con ellos.

 

Entre los dones recibidos se encuentra la propia vida, la fe, la Iglesia, la familia, la vocación... ¿Qué se hace con ellos? ¿Nos arriesgamos a que produzcan o los conservamos? Tanto una cosa como otra pueden ser necesarias... Sin embargo lo realmente importante es decirse y decir al Señor qué hacemos con aquello que él nos ha concedido cuando ha confiado en nosotros.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

San Mateo 25, 1-13

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron a encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: "¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!" Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las prudentes contestaron: "Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis". Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: "Señor, señor, ábrenos." Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco." Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

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DOMINGO 32 TIEMPO ORDINARIO, A

12 Noviembre 2017

 

En este domingo, día de la Iglesia Diocesana, el presente pasaje del Evangelio ayuda a reflexionar sobre la celebración de la Eucaristía y el modo en que la Iglesia se edifica sólidamente sobre la roca del Señor y su presencia sacramental en la Santa Misa. Como se ha repetido tanto: la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia.

Siempre que el Evangelio usa la imagen del banquete, existe una referencia inevitable a la celebración de la Eucaristía. En ella, a la luz de esta parábola, se vive la dimensión lineal del tiempo, se alimenta la esperanza cristiana y se reclama la tensión espiritual que necesita la vida de la fe.

 

a) Dimensión lineal del tiempo

Esta parábola se usaba tradicionalmente para explicar el concepto que Israel tiene del tiempo. Mateo, además, la usa en el Evangelio y la cristianiza. Frente a otros modos de explicar el devenir de las horas, de modo cíclico o repetitivo, Israel propone que el tiempo tuvo su momento inicial en la creación, un despliegue posterior en el que Dios mismo se revela, acompaña a su pueblo, establece una alianza y realiza unas promesas que se verán culminadas en un momento final, donde Dios invitará al banquete del Reino de los Cielos. Todo ello también acontece en la celebración de la Eucaristía. En ella se hace una memoria del pasado que se actualiza en el presente y se aguarda la consumación final del Banquete del Reino de los cielos.

 

b) Alimento de esperanza

Toda la vida humana consiste en esperar: un crecimiento, acabar unos estudios, formar una familia, conseguir un puesto de trabajo, tener unos hijos, alcanzar la jubilación y... el final del tiempo. Como ha dicho el Papa Francisco, “solo la fe cambia el final de la vida en inicio de la vida eterna”. Y mientras se aguardan tantas cosas y se vive la rutina, la Eucaristía alimenta la esperanza. En ella rezamos: “¡Ven Señor, Jesús!” Y sentados a la mesa del banquete del Señor, se recuerdan sus palabras: “El que come de este pan, no morirá para siempre”.

 

c) Tensión espiritual

La espera prolongada y la rutina inevitable que la acompaña pueden provocar cansancio. Las diez vírgenes del Evangelio se cansan y se duermen. Es algo que no se censura. El descanso es necesario, pero hay que preocuparse de no apagar la fe, para que si llega el Señor se pueda estar atento. Él puede hacerlo en la oscuridad o en las situaciones más complejas. Por eso, hay que prestar atención para saber qué descubren los acontecimientos que se presentan. La celebración de la Eucaristía hace estar atentos para escuchar la llamada del Señor cuando él llega.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

San Mateo 23, 1-12

 

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar consejeros, porque uno solo es vuestro consejero, Cristo. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. 

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DOMINGO 31 TIEMPO ORDINARIO, A

5 Noviembre 2017

 

Ya sabemos que San Mateo escribe para una comunidad cristiana donde hay un buen número de judíos convertidos al cristianismo. A ellos, que sufren sentirse alejados de la Sinagoga, donde han vivido su fe, y perseguidos por haberse bautizado, les escribe San Mateo para hacerles caer en la cuenta de la novedad que viven. La Alianza Antigua, ha sido superada. Los escribas y fariseos se entretuvieron en hacerla insoportable. A ellos hubiera que haberles pedido una autenticidad, que está por encima de la mera observancia de la Ley, y que ahora alcanza su plenitud en la fe cristiana. En efecto, haberse bautizado conlleva vivir la plenitud de la Ley y los Profetas.

 

San Mateo recoge una serie de propuestas para que la comunidad cristiana, de entonces y de ahora, pueda vivir en la verdad de su fe y hacer posible unas relaciones intracomunitarias que sean evangélicas y alternativa al modo de relacionarse de la sociedad. Veámoslas:

 

1. No seáis insoportables

 

En el mismo evangelio dice quien es insoportable. Se trata de aquellos que menosprecian a los otros y les imponen cargas superiores a sus fuerzas. Son quienes pretenden oprimir a los demás con cargas innecesarias y que, además, son unos ingratos.

 

2. Sed auténticos

 

Es decir, no estéis preocupados por las apariencias o por la imagen. No os comparéis con otros, ni compitáis por sobresalir. Lo cristiano es evitar las representaciones destinadas a ser vistas por la gente. Es posible que una buena puesta en escena sea entretenida, pero no aporta novedad, sino que se limita a repetir. La falta de autenticidad, también convierte en progresistas o en conservadores. Progresistas, que se dejan llevar por fantasías inalcanzables o propuestas destructivas; y conservadores, que viven en la nostalgia de lo desfasado y con el intento de recuperar aquello que ya no tiene actualidad.

 

3. No seáis poderosos

 

Quien desea dominar a los otros, y para ello pretende tener poder, es alguien que vive para sí mismo y desea destacar a toda costa. Busca que le hagan reverencias y que le den títulos. Los cristianos, por el contrario, no son superiores, ni protagonistas, ni persiguen privilegios. Ellos no quieren ser más fundamentales que Cristo.

 

Estas tres propuestas del Señor, se corresponden con tres importantes pecados. Detrás de la insoportabilidad está la envidia. De la falta de autenticidad, el orgullo. Y del deseo de poder, el egoísmo. Difícilmente se dan los tres de manera simultánea. Unas veces predomina uno u otros. Incluso alguno puede ser dominante.

 

En cualquier caso, queda la enseñanza del Señor: no seáis insoportables, sed lo más auténticos que podáis y no queráis tener poder. Vosotros estad dispuestos a servir y a reconocer la verdad, que en eso radica la humildad.

 

F. Tejerizo, CSsR

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