Evangelio

San Juan 15, 1-8

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

Comentario

DOMINGO 5 PASCUA, B

2 Mayo 2021

 

Desde el primer instante de la Creación, se puso en marcha, conforme al designio de Dios, un proceso que, sostenido y conducido por obra divina, busca su culminación. Es algo simbolizado en el Cirio Pascual con las letras griegas alfa y omega. Hay, pues, un germen de vida impulsado desde el interior, que busca su culminación. Es una llamada, como afirma este pasaje del Evangelio, para dar fruto, Todo ese devenir, llamado evolución, desde la fe, lo denominamos Historia de Salvación.

 

El reclamo para dar fruto es una llamada personal, que actualmente afronta la pretensión de ser tan solo un crecimiento en autoestima, autorealización, autopromoción, autosuficiencia… Eso provoca una arrogancia, que lleva a poner la confianza en los propios logros. Por contra, la pandemia que sufrimos puso de manifiesto que la verdad humana es mucho más débil, frágil y vulnerable. En consecuencia, las palabras del Evangelio son más elocuentes: sin Jesús no se puede hacer nada. Prescindir de la fe en Jesucristo, o de la dimensión religiosa exclusiva del ser humano, solo lleva a la mutilación o reduccionismo de la propia humanidad. Además, el momento fragmentario en que vivimos, también dificulta un fruto que solo cabe si se alcanza la permanencia y estabilidad en el desarrollo y en el Señor Jesús, que todo lo puede.

 

La llamada a producir fruto es una urgencia de la comunidad cristiana, formada por una multitud de sarmientos unidos a la vid, que es el Señor. En efecto, la Santa Iglesia genera un fruto extraordinario, que nunca es un espectáculo llamativo o entretenido. Ni siquiera en la sociedad del espectáculo y la propaganda en que no hallamos. El fruto de la Iglesia, por encima de sus estructuras y pecados, es la santidad. Una santidad, que se comunica en la celebración de los sacramentos y en la oración. Una santidad, que supone la consagración de los matrimonios cristianos y de las comunidades religiosas, donde dos o más reunidos en nombre del Señor, le hacen presente. Una santidad, que es la práctica de la caridad y que se ocupa de los pecadores, los enfermos y los pobres. Una santidad, sobre todo, que es el fruto extraordinario de la sangre de los mártires. En definitiva, una santidad, que reclama la permanencia en el Señor Jesús.

 

Finalmente, toda la creación, orientada también a su culminación, y en una realidad seducida por el éxito, la productividad, los logros, la competitividad, el poder y los avances técnico-científicos, precisa de un anuncio del Evangelio, que ilumine las decisiones de la política, la economía, la ciencia, la técnica, los medios de comunicación…, para que sea posible la colaboración con los planes de Dios de manera que sea posible la llegada de su Reino. De nuevo resuenan con fuerza las palabras del Evangelio: sin Jesús, y sin permanecer en Él, no se puede hacer nada.

 

El Plan de Salvación, obra del Señor, con la colaboración o resistencia humana, está orientado a su culminación y plenitud: nunca a una destrucción, sino a una Nueva Creación. Esa es la esperanza cristiana, que hace permanecer en Jesús, porque separados de Él nada es posible.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Juan 10, 11-18

 

En aquel tiempo dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

DOMINGO 4 PASCUA, B

25 Abril 2021

 

Dos imágenes ayudan a celebrar el cuarto domingo de la Pascua.

 

a) La piedra angular

 

Según el Apóstol Pedro en el libro de los Hecho de los Apóstoles (Hch 4, 8-12), la piedra angular es el mismo Jesús, que fue desechado. A lo largo de los siglos en muchas ocasiones también fue rechazado. Y acaso en la realidad personal de muchos bautizados, aunque solo fuera de modo temporal, también ha sucedido así. Entonces, cuando la vida se deja de edificar sobre la roca de Jesús y se apoya en los propios planes, aspiraciones o recursos, resulta imposible afrontar las tempestades (cf Mt 7, 21-27). Con razón, y como reza el salmo 117, mejor es apoyarse, refugiarse y confiar en el Señor, que en los hombres, los jefes, las normas, las ideologías, la ciencia, la técnica… Eso mismo sucede en la Iglesia y en la humanidad. Es verdad que la Iglesia, además de la piedra angular, también tiene otras “piedras vivas” (cf 1 P 2, 5-9) y entre ellas, la roca primera que es Pedro (Mt 16, 18).

 

b) El Buen Pastor

 

Es una imagen muy querida por la Iglesia y que en este año me permite una triple consideración:

 

El Buen Pastor conoce a sus ovejas y ellas le reconocen. En efecto, Él las llama por su nombre y sabe de ellas toda su historia pasada y su porvenir. Él les perdonó el ayer y las cuidó hasta el presente. Y Él las cuidará, para que en el mañana puedan culminar su vida. Él es el alfa y la omega, el principio y el fin de cada oveja y de todo el rebaño.

 

La ovejas, por su parte, reconocen al Pastor y confían en Él, porque nunca se vieron abandonadas a merced del lobo. Es más, el Pastor atendió a sus dos principales necesidades: la alimentación y el descanso. Les dio de comer el Pan de Vida -y de vida eterna- y les proporcionó espacios de encuentro y descanso como los que genera en el redil de la Iglesia cuando se reúnen para la oración y la celebración de la Eucaristía.

 

El Buen Pastor es atrayente y busca a otra ovejas que no están en su redil. Su atractivo consiste en que conoce los caminos y atisba los peligros. Su Palabra ayuda a diferenciar, elegir y distinguir lo esencial de aquello que tan solo es distracción o evasión. Su propuesta de vida es una alternativa, que abre horizontes ilimitados y eternos.

 

Finalmente, la preocupación del Pastor es la vida, que está a su cuidado. Él es el único que puede proporcionar, cuidar, defender y comunicar la vida sin fin. Esa es la aspiración específica de todo ser humano. Cuando se manipula o destruye la vida y cuando se acepta sin ninguna esperanza la posibilidad de la muerte eterna, se contradice aquella intuición específica y exclusivamente humana, que consiste en aspirar a la posibilidad de una vida más allá de la muerte. Y ese anhelo, solo puede colmarlo el Buen Pastor.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 24, 35-48

 

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un espíritu. Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse». Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto».

DOMINGO 3 PASCUA, B

18 Abril 2021

 

El tercer domingo de la Pascua permite -una vez más-, remitirse al día tercero, al tiempo perfecto y eterno, al tiempo incontable, ilimitado y eterno de Dios: al tiempo nuevo e infinito de la resurrección.

 

Este pasaje del Evangelio sirve de referencia, para tres realidades de la vida cristiana: la fe del Bautismo, la comunidad cristiana y su testimonio en medio del mundo.

 

Una doble petición surge de la liturgia de la Palabra de este domingo. En primer lugar y con el salmo 4 se pide:  Señor, “Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro”. Y después, “ábrenos la mente para comprender las Escrituras”.

 

Haz brillar tu rostro sobre nosotros, porque estamos aturdidos, dudosos, asustados… Necesitamos tu luz para comprender de Tú te haces presente en las situaciones más complejas -como la del Calvario- y puedes cambiarlas en salvación.

 

Ábrenos la mente, Señor, para que podamos comprender las Escrituras, porque no resulta fácil dejar que tu Palabra se haga vida y oriente nuestra vida y porque resulta complicado relacionar tu Palabra con nuestra vida. Ábrenos la mente, porque nuestra imaginación no come -como Tú comiste resucitado con tus Discípulos-, pero nuestra imaginación sí nos devora por dentro, nos traiciona y hace pensar que es real aquello que ella misma produce.

 

Ábrenos la mente, Señor, porque tenemos fe, pero Tú no dejas de sorprendernos -como sorprendiste a tus Discípulos al aparecerte-, pero a nosotros nos cuesta aceptar tu iniciativa y reconocer que nuestros planes no coinciden con los tuyos.

 

Ábrenos la mente, Señor, porque nos cuesta identificarte y reconocerte allí donde dos o más se reúnen en tu nombre. Tus heridas están abiertas y las nuestras también, pero las tuyas no sangran y las nuestras todavía lo hacen. Por eso, nos cuesta verte en tu Iglesia, en el Pan de la Eucaristía y -aunque acaso sea más fácil- reconocerte en los pobres, los enfermos, los más necesitados…

 

Ábrenos la mente, Señor, porque no es sencillo ser tu testigo en nuestra realidad, porque resulta complejo saber decirnos y encontrar el lenguaje adecuado para hablar actualmente de tu Resurrección. Además, Señor, nos falta la  inmediatez de verte resucitado, que tuvieron tus Discípulos.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 20, 19-31

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

OCTAVA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Domingo 2 Pascua, B

11 Abril 2021

 

Como dice este pasaje del Evangelio, estas palabras se ha escrito para que creamos y tengamos vida. Una vida, que es obra del “soplo” del Espíritu Santo recibido en el Bautismo. Una vida, fruto de la fe, que convierte en bienaventurados por creer sin ver. Una vida, que tiene la alegría de saber que el Señor está resucitado y presente en su Iglesia: entre aquellos que se reúnen en su nombre. Una vida, que brota de sentir el perdón de los pecados: de aquello que ninguna terapia ni conducta expiatoria puede perdonar y que precisa de la intervención del mismo Dios. Una vida, que acepta la iniciativa y el envío del Señor, para colaborar en su misión.

 

El Apóstol Tomás, tiene una doble necesidad -específicamente humana-, que consiste en su deseo comprobar su fe y su inclinación a la adoración. Cualquiera se puede identificar con él.

 

En este pasaje, santo Tomás parece colocarse en una situación de sospecha. Eso es algo muy actual y que, en parte, está provocado por la contaminación y manipulación de los medios de comunicación y por las redes sociales, donde un perfil puede no coincidir con la realidad. Al Apóstol, acaso como a nosotros, parece faltarle una triple confianza:

 

- En sí mismo: en aquello que siente en su adentro y que le hace buscar, comprobar la fe y adorar al Señor.

 

- En los otros, en sus compañeros, en la comunidad apostólica de la que forma parte y en las cosas que vivieron con Jesús.

 

- En el mismo Dios, que -parece lo olvidó- es Dios de vivos, no de muertos.

 

Después del encuentro con el Resucitado, Tomás renuncia a su pretensión de comprobar y no toca Jesús. Opta, en cambio, por confiar en su fe y en el testimonio de quienes le dieron la buena noticia pascual. Estamos ante otra manera de conocer la realidad y que consiste confiar en aquello que transmiten personas dignas de crédito y que son testigos de aquello que vivieron. En nuestro momento actual es urgente poder evolucionar de la sospecha a la confianza. Hoy el mundo está necesitado de una corriente extensa de confianza. También de fe.

 

La Resurrección de Jesús no se impone por la fuerza de la evidencia y, por consiguiente, respeta la libertad personal para aceptar o rechazar la fe. Con ella, se inicia un tiempo nuevo para la comunidad cristiana, donde se generan relaciones de misericordia y de perdón. Donde se presta atención y cuidados a las heridas abiertas. Y donde no hay temores, sospechas, añoranzas o deseos de poder. Así, la fe en Jesús Resucitado es el germen de una Nueva Creación.

F. Tejerizo, CSsR

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