Evangelio

San Lucas 1, 51-58

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Comentario

DOMINGO 20 TIEMPO ORDINARIO, B

19 Agosto 2018

 

Llegamos al centro del mensaje del capítulo sexto del Evangelio según San Juan. La catequesis del Discípulo Amado atiende también a las inquietudes de su comunidad cristiana. El interrogante ha sido el mismo y se ha repetido a lo largo de los siglos: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?»

 

La reflexión de este pasaje evangélico, puede suscitar tres sentimientos:

 

a) Admiración, por el Misterio que supone la presencia real, actual y permanente del Señor en el pan y vino consagrados. Por eso, es el Sacramento de la Fe. El reconocimiento de la identidad del Señor en el pan y el vino de la Eucaristía, siempre ha sido cuestionado y hasta negado. Actualmente, en Europa, también ocurre un distanciamiento de tantos bautizados, que se alejan de la Misa Dominical. Quizá sea preciso recordar dos enseñanzas del Concilio Vaticano II, que en la Constitución sobre la Sagrada Litúrgia (cf Sacrosanctum Concilium, 21), propone que "los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente". Tal vez sea necesario explicar de nuevo, especialmente a nuestros niños y jóvenes, la admirable conversión –que la Iglesia llama transustanciación- por la cual en los dones consagrados se hace realmente presente el cuerpo, el alma y la divinidad del Señor Jesús Resucitado. Aceptar este misterio, solo es posible desde la fe. Así, la celebración dominical, actualiza y anuncia la fe personal y de la Iglesia. Al mismo tiempo, ganará en autenticidad y se apreciará su necesidad.

 

b) Gratitud, ante el sacrificio de Jesucristo. Y agradecimiento por su efecto para cada uno: el perdón de los pecados. El Señor quiso vincular y anticipar simbólicamente en el pan partido y en el vino de la Eucaristía, su sacrificio del Calvario y sus efectos saludables. Cada vez que se participa de la Eucaristía se obtiene el perdón de todo aquello que solo el Señor puede perdonar y se oferta la posibilidad de seguir adelante libre del peso de la culpas.

 

d) Intimidad de la comunión con el Señor, que lleva a descubrir que cada Eucaristía incorpora a Cristo, hace participar de su misma vida, lleva a asumir procesualmente sus sentimientos y a participar de su obra. El Apóstol Pablo lo afirmó a decir: “vivo yo, pero es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20).

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 1, 39-56

 

En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia - como lo había prometido a “nuestros padres - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre». María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

15 Agosto 2018

 

Esta es la celebración de la Pascua del Señor. Es la celebración de la Pascua de la Santísima Virgen, donde la Iglesia descubre realizada en primicia su propia Pascua. Es una celebración del Misterio de la Vida, de su culminación e, inevitablemente, de su origen.

 

Todos los seres humanos y solo ellos, tienen la intuición íntima de sentirse orientados a la inmortalidad. Perciben para ellos mismos y para toda la realidad, que la muerte es superable. Negar esa clarividencia conlleva recortar deliberadamente la realidad humana.

 

Desde el anhelo de inmortalidad surge la inquietud por el origen de la vida. Las respuestas generalizadas, que acuden a un explosión primera o a un devenir evolutivo fruto del azar, no son satisfactorias aunque se hayan asumido de manera acrítica.

 

Esta fiesta de hoy permite una apertura al más allá y descubrir que en el origen de la vida hay un nombre personal y una misión concreta para cada persona. Esa misión fue para María convertirse en Madre del Hijo de Dios. Y para ello, Dios le concedió un espíritu sin pecado y un cuerpo del que el Hijo de Dios pudiera tomar la carne humana. Al final de su vida se culmina la obra iniciada por Dios de modo extraordinario.

 

Hoy es la fiesta la culminación Santa María. Dios siempre acaba muy bien su obra. Para cada uno de nosotros pedimos a la Virgen poder llegar a nuestra muerte como ella a su Dormición o Asunción: desprendidos de las cosas terrenales, en paz y reconciliados de todo mal y pecado, y seguros de nuestra salvación.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 6, 41-51

 

En aquel tiempo, los judíos murmuraban de Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?» Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios." Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

DOMINGO 19 TIEMPO ORDINARIO, B

12 Agosto 2018

 

Esta es la tercera parte del capítulo seis del Evangelio según San Juan. De nuevo, una pregunta realizada a Jesús se usa para reflejar la situación de la primera comunidad cristiana. El Discípulo Amado intenta abordar cuestiones que inquietan a su comunidad. Así, por una parte, está la necesidad de responder a los interrogantes que plantea la expulsión de la sinagoga de aquellos que se bautizaron. Y, por otra, la necesidad de exponer la fe cristiana y de justificar la celebración de la Eucaristía.

 

a) La pregunta formulada, es un intento de devaluar la vida cristiana. A fin de cuentas se sabe –irónicamente, claro- que Jesús es hijo de José. La murmuración era conocida. Y quizá su contenido tiene todavía cierta actualidad. El Evangelista aborda la cuestión y señala claramente que Jesús es el Hijo que el Padre ha enviado. En consecuencia, dejar ya de criticar. Por otra parte, actualmente conocemos la realidad el cotilleo en la que estamos y cómo se usa para crear opinión, coaccionar o desprestigiar…

 

b) San Juan insiste en una preocupación de todo su Evangelio: el Misterio de la Encarnación. Jesús es el que ha bajado del cielo. De esa manera, el mundo se convierte en presencia de Dios, que ya no es alguien lejano, pues se hizo accesible al poner su morada entre nosotros.

 

c) Este Misterio central de la fe se actualiza y prolonga en el Pan de la Eucaristía. Quien se hizo hombre, se hace pan en la Iglesia. No cualquier pan, sino el que Jesús enseñó a pedir a sus discípulos en el Padre Nuestro. Se trata de un pan triple:

El pan físico, necesario para la vida y que Jesús multiplicó. Para poder hacerlo, pidió compartir el que se tenía y solicitó la colaboración y servicialidad de sus Discípulos.

El pan, que baja del cielo, como el maná o el que recibió el profeta Elias. Es un pan, que fortalece para afrontar los desafíos del desierto y del camino de la vida. Es la ayuda de Dios, porque el hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Hoy, cuando tantos bautizados se apartan de la Misa, eligen quedarse en el desierto, expuestos a las alimañas y sin el auxilio del Señor.

Y, finalmente, el pan de la vida, que es el mismo cuerpo del Señor, que puede resucitar a quienes han muerto. El que come de ese pan vivirá para siempre.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 6, 24-35

 

En aquel tiempo, cuando la gente vio que no estaban allí ni Jesús ni sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Lo encontraron al otro lado del lago, y le dijeron: Maestro, ¿cuándo has venido aquí?

Jesús les contestó: Os aseguro que no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis comido pan hasta hartaros. Procuraos no el alimento que pasa, sino el que dura para la vida eterna; el que os da el hijo del hombre, a quien Dios Padre acreditó con su sello

Le preguntaron: ¿Qué tenemos que hacer para trabajar como Dios quiere?

Jesús les respondió: Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado.

Le replicaron: ¿Qué milagros haces tú para que los veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo».

Jesús les dijo: Os aseguro que no fue Moisés quien os dio el pan del cielo; mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo

Ellos le dijeron: Señor, danos siempre de ese pan.

Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.

DOMINGO 18 TIEMPO ORDINARIO, B

5 Agosto 2018

 

Después del signo de la multiplicación de los panes, comienza el precioso discurso sobre el Pan de la Vida. Se trata de la catequesis que la primitiva comunidad cristiana del Discípulo Amado se da a sí misma y a quienes se le incorporan. El recurso pedagógico que usa es una controversia de Jesús con quienes le buscaron después de hartarse de pan. Pero, además, el evangelista tiene una triple intención: diferenciarse de los discípulos del Bautista, reafirmar el Misterio de la Encarnación e identificar el Sacramento de la Eucaristía. La celebración dominical que realiza la comunidad cristiana también tiene estos tres objetivos.

 

a) Diferenciarse de los discípulos del Bautista. Y para ello, se reclama la fe en Jesús. Cada vez que se congrega la comunidad cristiana expresa su fe en el Señor Resucitado. Por eso, en el pasaje evangélico se puede leer que aquello que Dios quiere es que se reconozca y se crea en quien él ha enviado. Por tanto, celebrar la Eucaristía es creer en Jesucristo y no en otro.

 

b) Reafirmar el Misterio de la Encarnación, porque el pan que da Jesús, baja del Cielo igual que él mismo bajó para hacerse hombre. Se trata del mismo Misterio. Así, el pan de la Eucaristía no sirve solo para llenar la barriga, como probablemente buscaban los interlocutores del Señor. Es un pan del más allá y, por eso, puede quitar toda hambre y toda sed. Además, no es solo como el Maná de Moisés, porque, aunque aparentemente también bajaba del cielo, no daba la vida, sino que solo la sostenía en momentos de precariedad.

 

c) Identificar el Sacramento de la Eucaristía con el mismo Jesús. Este es el motivo de mayor complicación. ¿Cómo un poco de pan puede ser el mismo Jesucristo? Los judíos en el desierto se preguntaron ante el Maná: ¿Qué es esto? Pues esa pregunta suscita cada celebración eucarística y especialmente a los no iniciados. El Señor da la respuesta: yo soy el pan de la vida. Y ese es el Misterio de la Fe. Es todo un desafío y, al mismo tiempo, una realidad que se convierte en Misión: experiencia insustituible y anuncio apremiante de la Comunidad Cristiana.

F. Tejerizo, CSsR

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