Evangelio

San Lucas 14, 1.7-14

 

Un sábado entro Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso este ejemplo: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: "Cede el puesto a éste." Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: "Amigo, sube más arriba." Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido. Y dijo al que le había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten a los justos.

Comentario

DOMINGO 22 TIEMPO ORDINARIO, C

1 Septiembre 2019

 

Quienes celebran la Eucaristía dominical son aquellos que se acercan a la “Jerusalén del Cielo” y aceptan la invitación a sentarse en el “banquete del Señor.” Hacerlo, es algo que tiene consecuencias y que afecta a la propia realidad, porque define públicamente y ayuda aprender la humildad. El Papa Francisco ha enseñado que se aprende a ser humilde a base de sufrir humillaciones. También la participación de la Eucaristía puede suponer una triple humillación:

 

a) Humillación personal

 

En un contexto de exaltación de la autosuficiencia, prepotencia e individualismo, la asistencia a Misa lleva a reconocerse débil y a ser identificado como un ingenuo falto de conocimientos científicos o técnicos. Entonces, se puede caer en la tentación de disimular el propio Bautismo y pasar a engrosar el grupo de los “cristianos anónimos”.

 

b) Humillación eclesial

 

Los fallos, pecados y aspecto institucional de la Iglesia, exaltados por los medios de comunicación y manipulados por los creadores de opinión o mayorías, suponen la humillación y el deterioro de identificarse con un colectivo de escasa relevancia y utilidad y afectado de corrupción. Por consiguiente, lo mejor es alejarse de la comunidad cristiana y sospechar de todo lo que sea eclesial.

 

c) Humillación social

 

Estar en medio de la vida pública como cristiano lleva a ser señalado como conservador y favorecedor de posiciones consideradas como integristas y poco progresistas. Puede generar cierto aislamiento y exponerse a críticas poco respetuosas. Incluso se pueden recibir presiones para que se abandone la defensa de valores considerados desfasados, pero que en realidad siguen siendo valiosos y por los que merece apostar.

 

Aceptar la invitación del Señor a participar en su banquete, también conlleva la alegría de ser llamado amigo por él y de ser invitado a subir más arriba. Es decir, a vivir la triple alegría de dejar de ser de los últimos para ser primeros. A pasar de la humillación de la autosuficiencia personal a la alegría de vivir la identidad que se deriva de aceptar el propio Bautismo. A pasar de la humillación de ser parte de una Iglesia pecadora, a la alegría de la santidad de la comunidad cristiana y de aceptar el cuerpo santo del Señor presente en la Eucaristía. Y a pasar de la humillación del rechazo social a la alegría de defender aquello que es realmente valioso, aunque no esté de moda.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

San Lucas 13, 22-30

 

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven? Jesús les dijo: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: "Señor, ábrenos” y él os replicará: "No sé quienes sois”. Entonces comenzareis a decir: "Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas". Pero él os replicará: "No sé quienes sois. Alejaos de mi malvados". Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrá de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

DOMINGO 21 TIEMPO ORDINARIO, C

25 Agosto 2019

 

La pregunta que se formula a Jesús en este pasaje evangélico es crucial. De ella dependen muchas cosas. Es cierto que no es un interrogante actual, porque la prepotencia humana, su autosuficiencia, engreimiento y confianza en la ciencia la dificultan. Total, ¿qué salvación se necesita?

 

Quien pregunta a Jesús también lo hace de manera difusa: “¿Serán pocos los que se salven?” De ese modo, tal vez, pretende mantenerse a distancia. También podría haber preguntado así: Señor, ¿me voy a salvar? Esa es la clave para cada cual. Y de ahí depende que el presente y el futuro no sea un permanente “rechinar de dientes.” ¡Hay tantos que se pasan la vida rechinando dientes!

 

El contenido de la Salvación es doble: solo Jesús puede conceder el perdón de los pecados que necesita el corazón humano. Y sólo su Resurrección satisface las ansias de inmortalidad que hay en él.

 

La Salvación conlleva el triple desafío de atravesar la “puerta estrecha”. Una puerta, que no facilita ver qué hay al otro lado y que, por tanto, es algo que permanece en el misterio. Pero, a fin de cuentas, lo más valioso de la vida siempre es lo misterioso. Atravesar la “puerta estrecha” exige el esfuerzo de adelgazar de todo aquello que es accesorio o necesidad artificial. De no hacerlo, o pretender cruzarla con exceso de carga, se corre el peligro quedarse fuera. Entrar por la “puerta estrecha” solo se puede hacer, de uno en uno –como cuando se va a comulgar-, por lo cual hay que cargarse de paciencia y sentirse unido a los otros que tienen la misma intención.

 

La “puerta estrecha” es una imagen múltiple: una enfermedad imprevista, una situación desconcertante, unas relaciones complicadas, acaso vivir la propia vocación…

 

Además, hay otras cuatro “puertas estrechas” ineludibles:

 

a) La puerta estrecha del propio corazón: su insatisfacción, su dureza, sus defensas y recelos, su dificultad para dejar de ser un corazón de piedra y transformarse en un corazón de carne (cf Ez 36, 26). ¡Cuesta tanto trabajo adentrarse y aceptar el propio interior!

 

b) La puerta estrecha de la Iglesia: quien no pasa por ella, permanece solo en el exterior, en el aspecto intencionado que destacan los medios de comunicación o los creadores de opinión. Desde afuera no se conoce su misterio, ni la abundancia de santidad que hay en ella y que es mucho mayor que su pecado. El Papa Francisco, reclama abrir esa puerta, para que muchos puedan conocer su realidad: una comunidad que acoge, pierde seguridades, practica la misericordia y es como un “hospital de campaña” en medio de la sociedad.

 

c) La puerta estrecha de la Eucaristía: hoy son tantos los que no quieren ir pacientemente de uno en uno a comulgar y encontrarse con el Señor. Es verdad, que se trata de una cena completa y que tiene consecuencias. A ella hay que asistir dispuesto a permitir la amistad de Jesús y a pedir su perdón y recibir su fuerza.

 

d) La puerta estrecha del Cielo: ella es nuestra esperanza y quedó abierta con la Resurrección de Jesús. Por tanto, las cosas que se viven tienen consecuencias aquí y para el futuro. Se puede elegir vivir para dejar una realidad mejor para quienes vienen detrás y que sea colaboración con el Reino de Dios o escoger el rechinar de dientes para toda la eternidad.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 12, 49-43

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra.»

DOMINGO 20 TIEMPO ORDINARIO, C

18 Agosto 2019

 

Este pasaje evangélico sirve de ayuda para comprender que la Sagrada Escritura ha de leerse en su unidad y en el seno de la comunidad para la que fue propuesto. Un pasaje aislado, sin la referencia al conjunto bíblico, puede dar lugar a lecturas fundamentalistas. Es un texto que se remite a la figura de los profetas anteriores, que suelen decir aquello que han recibido del Señor y que normalmente no gusta a los oyentes. Y eso es algo que el profeta se atreve a realizar, porque cuenta con el auxilio, divino, que le levanta, afianza y da seguridad (cf Sal 39)

 

La paz es un don del Señor y no es solo como la paz del mundo (cf Jn14, 27), que se reduce a la ausencia de conflictos. Se trata de un fruto de la Pascua y acontece después de la lucha de la cruz (cf. Jn 20, 19).

 

Esta paz tiene tres rasgos, que están presentes en estas palabras de Jesús:

 

a) He venido a prender fuego. Y basta con atender al telediario para que se encienda el deseo de hacer frente a tantas situaciones que claman al cielo. Después de la lucha y el esfuerzo realizado por mejorar la realidad, acontece la paz del Señor.

 

b) El bautismo que nos ha bautizado, en la sangre del Señor, es eficaz y reclama la lucha por mantenerse en la fe en un contexto de incomprensión incluso familiar. Se trata de resistir a las presiones de los más diversos acosos de la propaganda y de las hipocresías civiles y hasta religiosas. Después del esfuerzo por mantenerse en la fe del bautismo, acontece la paz del Señor.

 

c) La angustia personal -como la de Jesús en Getsemaní-  surge del esfuerzo por superar los propios miedos y los sentimentalismos, para no apartarse del Señor y permanecer fieles en la complejidad de la cultura actual y en la realidad de los nuevos lenguajes. Cuando se supera esa lucha, acontece la paz que solo el Señor puede dar.

 

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 1, 39-56

 

En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Aconteció que en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y levantando la voz, exclamó: «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».

María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” - como lo había prometido a “nuestros padres” - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre». María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

15 Agosto 2019

 

La celebración litúrgica de la Asunción de la Santísima Virgen es fruto de la fe y esperanza del Pueblo de Dios. Se trata de una realidad vivida por la comunidad cristiana, antes de ser confesada. Se formula así la actuación de Dios en María, pero también una experiencia común, que consiste en descubrir que desde el futuro se interpreta adecuadamente el pasado, porque Dios no abandona nunca. Y Él lo lleva todo a su plenitud. Eso ocurre también en María

 

a) Culmina su identidad personal como Madre.

 

María es una mujer, que medita en su interior –en el corazón de María, según dice San Lucas- y descubre que Dios la realiza plenamente convirtiéndola en madre: madre del Hijo de Dios, de sus discípulos y de la Iglesia. Dios obra en favor de María. La prepara como Inmaculada y la culmina como Asunta. Así también actúa en cada uno de nosotros: está a nuestro favor, nos perdona e impulsa hasta llevarnos a encontrarnos con él.

 

b) Culmina las distintas circunstancias de la vida.

 

María es una humilde jovencita de Nazaret, de donde –como se decía-, no puede salir nada bueno. Sus convecinos murmuran de ella y de José. Tuvo que dar a luz a su hijo de modo precario en Belén y huir a Egipto. Después de muchas incertidumbres, tuvo el momento más doloroso en el Calvario. Así, la humilde sierva del Señor, vivió su humildad a base de humillaciones. Y el Señor culminó todas esas situaciones, porque él ensalza a los humildes y hace que los primeros sean últimos.

 

c) Culmina el tiempo de María.

 

Para Dios no hay tiempo, pero en el nuestro realiza progresivamente sus promesas. María está segura de la Salvación y confía en que Dios siempre cumple, a su debido tiempo y de modo gratuito. Él realiza maravillas; y todo lo que esperaba del Pueblo de Dios, desde Abraham, Jacob y Moisés, se verifica en María.

 

San Alfonso María de Liguori, en su libro de “Las glorias de María” cuenta el encuentro de la Virgen ya en el Cielo con sus padres, su esposo y Juan Bautista. Desde el futuro, explican el pasado.

 

San Joaquín y Santa Ana, se alegran de haber sido sus padres y le reconocen su identidad más profunda: fueron elegidos para tenerla como hija.

 

San José, comprende los silencios de María, las situaciones tan difíciles que vivieron y se siente satisfecho de todo lo que hizo sin dudar de ella.

 

San Juan Bautista, le agradece que visitara a Santa Isabel y que en ese momento quedara santificado y lleno del Espíritu Santo, para que se cumplieran en el tiempo las promesas de Dios a su pueblo.

 

Nosotros damos gracias a Dios por la alegría de haber recibido a María por Madre. Como ella, meditamos en nuestro corazón las cosas que nos suceden y estamos dispuestos a aceptar los planes de Dios. Y, sobre todo, le damos gracias porque por ella hemos recibido a Jesucristo, su perdón y la esperanza de nuestra resurrección.

F. Tejerizo, CSsR

Versión para imprimir Versión para imprimir | Mapa del sitio
© Familia Barrecheguren