Evangelio

San Mateo 5, 13-16

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".

Comentario

DOMINGO 5 Tiempo Ordianrio, A

5 febrero 2023

 

Ni elocuencia persuasiva, ni sabiduría humana: tan solo la sabiduría de Jesucristo muerto y resucitado (cf 1 Cor 2, 1-5). Él es la luz que disipa toda tiniebla y oscuridad.

 

En este pasaje evangélico hay dos imágenes bautismales, adecuadas para la iniciación cristiana, comprensibles para quienes escuchaban la enseñanza de San Mateo y que también están presentes en el Antiguo Testamento.

 

a) Sal de la tierra

 

La sal aparece en el libro del Levítico, para acompañar los sacrificios y ofrendas que se presentan al Señor: Toda oblación la sazonarás con sal; no permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios en ninguna de tus oblaciones; todas tus ofrendas llevarán sal” (Lv 2, 13).

 

La función que tiene la sal es doble: dar sabor y conservar. El Papa Francisco ha insistido en la necesidad de evitar la cara de vinagre en los cristianos. Cualquiera sabe identificar a quienes les falta sal en su vida. Urge, pues, tener comunidades cristianas sabrosas y de puertas abiertas. Hace falta, especialmente en estos momentos y en Europa, que los bautizados, puedan conservar, como hace la sal, su fe, su fidelidad a la Alianza, su pertenencia a la Comunidad Cristiana, su celebración de la Eucaristía, su vida cristiana, su oración, su práctica de la caridad…

 

b) Luz del mundo

 

La luz es un signo bautismal. Todo bautizado recibe su luz tomada del Cirio Pascual. Un cirio, cantado por el Pregón Pascual: Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado...  Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla... Terogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse pata destruir la oscuridad de la noche..."  La luz siempre indica la presencia de Dios. La Zarza ardiente del Sinaí ilumina y transforma el rostro de Moisés. La Columna de fuego guía a Israel por el desierto, lo orienta y defiende de los egipcios. La luz siempre acompaña la presencia de Dios, igual que la lamparita encendida junto al Sagrario.

 

La luz, por pequeñita que sea, siempre vence toda oscuridad, que siempre tiene pretensión de extenderse. Así, las tinieblas de un hijo, de un padre o madre, de un compañero de estudio o trabajo, de un miembro de una comunidad cristiana, afectan a su entorno. Por el contrario, la persona que cuida su luz y le permite brillar, siempre destruye cualquier oscuridad.

 

La luz de la fe bautismal de cada cual, aunque sus tinieblas interiores o su pecado sean muy grandes, resulta siempre más eficaz. La luz de la presencia del Resucitado en cada Comunidad Cristiana reunida en domingo convierte a la Iglesia en Lumen Gentium, como enseñó el Concilio Vaticano II. La luz del Evangelio, presente aunque sea débilmente en la historia de la humanidad, la dinamiza y estimula a un futuro de progreso, belleza y plenitud.

 

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 5, 1-12a

 

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

DOMINGO 4 Tiempo Ordianrio, A

29 enero 2023

 

Este texto de las Bienaventuranzas, tan conocido y comentado, se proclama anualmente en la Solemnidad de Todos los Santos. En este domingo del ciclo litúrgico A, donde se viene leyendo el Evangelio según San Mateo, se anuncia dentro de la lectura continuada que se realiza cada semana. Se trata de un pasaje destinado a la comunidad cristiana de San Mateo, donde hay un grupo numeroso de judíos, que se han convertido en cristianos y que conocen bien el Antiguo Testamento.

 

a) Jesús sube al Monte

 

La subida al monte es una imagen bíblica que se remite inevitablemente a la subida que realiza Moisés al Sinaí. Jesús también sube al monte de las Bienaventuranzas, de las Tentaciones, de la Transfiguración y al Calvario. En el Monte de las Bienaventuranzas, Jesús se sienta y abre su boca. Se sienta como quien está en su casa. Lo mismo que Dios habita en el Sinaí. Y del mismo modo en que Dios habló a Moisés, Jesús abre su boca para hablar. Ahora los mandamientos de la Antigua Alianza se transforman en las Bienaventuranzas de la Alianza Nueva.

 

b) Los Discípulos suben con Jesús

 

Los Discípulos siguen la huellas del Señor y entran en la esfera divina de la cumbre del Monte: en la morada de Dios, en la Santidad.

 

La subida es una imagen adecuada para aludir al proceso de crecimiento y maduración que ha de realizar toda persona desde que nace. Es un camino inevitable que, aunque se puede retrasar, termina por imponerse. Esa subida o crecimiento supone un esfuerzo que consiste en prescindir de las cargas innecesarias y que dificultan la ascensión. Madurar como persona comienza por aceptar que el cuerpo cambia y deja su vigor, su estética y hasta alguno de sus órganos. Las enfermedades también aportan su colaboración. Madurar, pues, consiste en dejar caprichos, autosuficiencias, apariencias, aspiraciones, conocimientos, deseos de poder, protagonismo, egoísmo, relaciones… Madurez es adquirir pobreza y desnudez. San Juan de la Cruz, en su libro Subida al Monte Carmelo, ya habla del “camino de la nada”. Y Jesús, en la subida al Calvario, también queda sin nada, en la pobreza completa y hasta en la desnudez. Ese proceso es inevitable para todo ser humano y lleva a su culminación, que consiste hasta en dejar la propia vida.

 

c) Las Bienaventuranzas

 

Son el anuncio y la promesa que sostiene y acompaña la subida, la maduración, la santidad: la dicha, la bienaventuranza, la felicidad.

 

Las Bienaventuranzas se corresponden con la realidad propia del ser humano. En efecto, solo los seres humanos necesitan y buscan la felicidad. Solo los hombres son capaces de prometer y ser destinatarios de promesas. Únicamente los humanos son capaces de la esperanza que brota de aguardar el cumplimiento futuro de lo prometido.

 

Así, cada Bienaventuranza es una promesa. Se abren y cierran con la promesa del Reino de los cielos. Además, hay tres que prometen a quienes sufren, lloran y padecen hambre. También hay otras tres para quienes practican la misericordia, intentan conservar el corazón limpio y trabajan por la paz. Y todas esas promesas ya se anticipan y pregustan en cada celebración de la Eucaristía.

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 4, 12-23

 

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Pasando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

DOMINGO 3 Tiempo Ordianrio, A

22 enero 2023

 

En el Domingo de la Palabra de Dios, este texto evangélico presenta a Jesús como portador de la esa Palabra, que ilumina al pueblo que camina en sombras de muerte. Tres reflexiones, sobre este pasaje, abundan en esa tarea de iluminar la realidad.

 

a) Un lugar abierto

 

Es el lugar en que desarrolla su tarea el Señor. Se trata de Cafarnaún: Jesús baja de su pueblecito Nazaret al Jordán, donde es Bautizado por Juan y luego, sube hasta el Mar de Galilea en cuya orilla se encuentra Cafarnaún, una ciudad donde se cruzan caminos, en el límite de Zabulón y Nefatalí, fijado cuando se repartió la Tierra Prometida. Es lugar de comercio, viajes, caravanas, puerto de mar… Tiene una gran Sinagoga donde se reúnen lo judíos, que prefieren esta ciudad a Tiberiades, que era considerada una ciudad impura porque su referencia era el Imperio Romano invasor y, además, se había edificado sobre un cementerio. Como ciudad de paso, aparte del grupo judío, también existen numerosos paganos. Se trata, pues, de una ciudad cosmopolita, diversa y plural. En ese contexto, Jesús comienza su vida pública. Esa misma referencia es la que propone el Papa Francisco, para hacer de la Iglesia una comunidad de puertas abiertas, capaz de recibir, acompañar y atender a quienes se acerquen a ella.

 

b) Una misión profética

 

Jesús, después de ser Bautizado, prolonga la tarea profética de Juan Bautista. Y también la de Elías, porque llama a los Discípulos según el modo en que Elías llamó a Eliseo (cf 1 Re 19, 16b.19-21). A diferencia del Bautista, Jesús pide el cambio de vida, porque ha llegado el Reino de Dios. Y no pone condiciones, no hay, por tanto, que ir al desierto, bajar al Jordán y bautizarse. Su anuncio, pues, es diverso y tiene tres características: si habla en la Sinagoga: anuncia y explica las Sagradas Escrituras. Si habla fuera el ella, solo afirma la llegada del Reino de Dios. Y, con todo el pueblo, está atento a sus necesidades: cura toda enfermedad y dolencia.

 

Con esas referencias, el Papa Francisco ha propuesto hacer de la Santa Iglesia, una comunidad de puertas abiertas y que es una especie de hospital de campaña.

 

c) Una llamada de plenitud

 

El Señor llama a participar en su tarea a dos parejas de hermanos: Pedro y Andrés, junto a Santiago y Juan. Los segundos, dejan a sus padre. Jesús también dejo a sus padres en Nazaret, pero, además, su único Padre es Dios. Así origina una nueva realidad, donde Dios es Padre común y todos son hermanos enviados de dos en dos al anuncio de la Buena Noticia.

 

Sorprende la prontitud con que los Discípulos dejan las redes y sus enredos cotidianos. Eso solo se hace cuando se ha descubierto que la propuesta del Señor no anula, sino que lleva a una plenitud. Ya no pescarán peces, sino algo más importante: hombres. La respuesta de los Discípulos no es muy pensada. Intuyen que se les permite ser lo que son, pero potenciándoles. A fin de cuentas, lo primero no es lo reflexionado, razonado o autoconvencido; sino descubrir y atreverse a vivir aquello que uno es y a desarrollar el don que lleva en sí mismo. Luego habrá tiempo de pensar y afrontar dificultades, pero sin dudar ni de uno mismo, ni del Señor, que está muy cerca y conoce muy bien.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 1, 29-34

 

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el bautiza con Espíritu Santo". Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

DOMINGO 2 Tiempo Ordianrio, A

15 enero 2023

 

Este domingo culmina el periodo litúrgico que sigue a la Navidad y que celebra la manifestación del Señor. Es evidente que este pasaje bíblico prolonga el acontecimiento del Bautismo de Jesús. De nuevo, el Bautista, cumple su misión de disponer un pueblo para el Redentor.

 

El testimonio de Juan tiene tres elementos imprescindibles y necesarios en la tarea de la Evangelización: un lenguaje de iniciación, un misterio que anunciar y un testimonio personal para compartir. Cualquier evangelizador: padres de familia, educadores cristianos, catequistas, diáconos o sacerdotes, han de tener en cuenta esos tres aspectos.

 

a) Lenguaje de iniciación

 

Juan Bautista señala a Jesús como Cordero de Dios. Es algo que resulta incomprensible para quien no está iniciado. Repetirlo hoy, como hacemos en cada celebración de la Eucaristía, reclama un explicación. Para eso se necesita un lenguaje y unas palabras adecuadas. A veces, se precisan muchas. Y en ellas hay que diferenciar aquello que es trivial: el cordero, que resulta fácilmente identificable; de aquello realmente importante: que es de Dios. A esto segundo no se puede renunciar. Lo mismo ocurre con la celebración de la Eucaristía. Hay una parte trivial: el pan y el vino. Y otra irrenunciable y que explica el uso que hace la Iglesia del pan y el vino: se cambian en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

 

b) Un misterio anunciado

 

Es el misterio de Jesucristo. El Bautista lo describe así: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Claramente hay dos partes. Una accidental: detrás de mi viene… ¡en tantas ocasiones el Señor nos empuja para que sigamos adelante! Y otra esencial: “existía antes que yo”. Se trata, pues del Eterno, Señor del tiempo: el Alfa y Omega, el principio y el fin; el que era, el que es y ha de venir, ante quien se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo, para que toda lengua proclame: Jesucristo es el Señor. Esta realidad misteriosa es también la que da unidad al pasado, al presente y al futuro. Todo ello se encuentra presente en el sacramento de la Eucaristía. En él hay algo accidental: el remitirse a la Cena de la Pascua. Y una referencia esencial y que unifica: la Alianza, que Dios mantiene fielmente y que se actualiza como oferta de salvación.

 

c) Un testimonio personal

 

Consiste en aquello que Juan ha vivido: “He visto bajar al Espíritu”. Eso es lo permanente: la actuación del Espíritu Santo. Junto a ello, está su efecto, el perdón de los pecados. Pero eso es algo pasajero, porque los pecados se pueden perdonar siempre que aparezcan y gracias a la acción del Espíritu. Lo mismo ocurre en la Eucaristía. Hay algo pasajero, la fuerza que cada celebración concede. Y hay una realidad permanente: la presencia real del Resucitado y de su oferta de Vida Eterna: el que coma de este pan, no morirá para siempre.

 

En definitiva, el anuncio del Evangelio, reclama un lenguaje oportuno, que esté al servicio de lo esencial del misterio y que permita compartir la experiencia personal del mismo. Desgraciadamente, con frecuencia, se pierden muchas oportunidades y esfuerzos de evangelización por centrarse en lo trivial, lo accidental y lo pasajero.

 

F. Tejerizo, CSsR

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