Evangelio

San Juan 2, 1-11

 

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él diga». Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dice: «Sacad ahora y llevádselo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al esposo y le dice: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora». Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea; así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

Comentario

DOMINGO 2 Tiempo Ordinario, C

20 Enero 2019

 

El precioso y conocido relato de las Bodas de Caná supone un tercer paso en la Revelación –aquello que no se puede conocer por las solas fuerzas humanas- del Misterio de la Encarnación, que se ha celebrado en los días de la Navidad.

 

Después de la manifestación a todos los pueblos de la tierra representados en los Magos –Epifanía- y de la manifestación personal a cada bautizado como hijo de Dios –Bautismo del Señor-, ahora ocurre la manifestación a la Santa Iglesia –Bodas de Caná- lugar donde acontecen los signos –los Sacramentos- que suscitan, anuncian y mantienen la fe.

 

Una situación esponsal

 

Una boda es una circunstancia extraordinaria, que tiene efectos para las personas, las relaciones y el porvenir. El Evangelista, que escribe para su comunidad cristiana que se reúne cada Domingo para celebrar la Eucaristía, quiere enseñar que cada celebración también supone algo extraordinario y que tiene consecuencias de futuro. Eso hace que cada comunidad cristiana actual pueda cuestionarse sobre el modo en que prepara y celebra la Santa Misa. Se trata de la boda de la Iglesia con su esposo Jesucristo. Y eso afecta a todos los que asisten y a la realidad ulterior de la comunidad.

 

Unos invitados que no se enteran

 

En este relato, los asistentes al banquete parecen ajenos a todo lo que ocurre. ¡Hay tantas ocasiones en que los asistentes a la Misa no se enteran de nada! El novio no sabe que le falta el vino. El mayordomo habla del vino nuevo al novio ignorante. Los invitados no se percatan del movimiento de los servidores llenando hasta seiscientos litros de agua. ¡Menudo trasiego para pasar inadvertido! Solo los sirvientes sabían que habían sacado el agua. Y María, que es la única que se percata de todo y que, fiel a sí misma, aconseja aquello que ella siempre vive: hacer lo que quiere el Señor. Y eso es lo realmente importante: estar dispuesto a colaborar con los planes de Dios. Él, ciertamente, puede actuar sin necesitar ninguna ayuda, pero ha preferido contar con el esfuerzo y participación de quienes están dispuestos a prestarle su colaboración.

 

Un signo para la fe

 

Y no solo un milagro. Se trata del mismo signo que el Señor mandó hacer en memoria suya: el Sacramento de la Fe. En efecto: la Eucaristía. En ella, agotada el agua de las purificaciones, ocurre la realidad nueva que perdona los pecados: el vino nuevo y de extraordinaria calidad, que es la misma sangre del Señor derramada para el perdón de los pecados.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 2, 1-11

 

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel"». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

 

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

6 Enero 2019

 

Este precioso pasaje evangélico de la Adoración de los Magos fue escrito por San Mateo para una comunidad cristiana de judeocristianos, que conocían bien el Antiguo Testamento. Por ello, utilizó convenientemente muchos signos y referencias de la Biblia.

 

San Mateo no quiso hablar de astronomía, ni de reyes, ni de magia, ni de Herodes… Su intención era anunciar a Jesús y ayudar a recorrer el proceso de la fe a su comunidad cristiana. Este doble propósito sigue de mucha actualidad.

 

En el relato hay un primer nivel humano. Los Magos hacen visible esa cualidad específica y exclusivamente humana que consiste en buscar y tratar de llegar más allá de las estrellas. En estos momentos tenemos una nave espacial en la cara oculta de la Luna, sondas espaciales en Marte y en sitios más lejanos. Esta cualidad exclusivamente humana hizo posible el progreso, la ciencia y la técnica. Pero además, el ansia humana por buscar también lleva a desear a Dios. Eso también es algo exclusivamente humano y que San Agustín, como tantas veces se ha repetido, formuló al decir que el corazón humano está inquieto hasta que descansa en Dios.

 

Los Magos encuentran a Jesús y reconocen en él al Hijo de Dios y le adoran. Es el segundo nivel del relato, donde se anuncia la fe, que se recibe por revelación, ya que no puede adquirirse por las propias fuerzas. En efecto, en el Niño de Belén, en el Niño Crucificado y en el Niño hecho pan de la Eucaristía, Dios es Enmanuel, Dios con nosotros. Él es imagen visible de Dios invisible. Se trata de otra sabiduría y otro conocimiento. Una sabiduría escondida, que se adquiere por revelación y que reclama el asentimiento de la libertad. Los Magos, ayudados por las Escrituras, reconocen a Jesús como Señor, le adoran y ofrecen sus dones como hombre, sacerdote y rey.

 

Un tercer nivel, en el final del relato, señala que los Magos se deciden por cambiar de camino. Eso ocurre siempre que se tiene un encuentro con el Señor. Él es quien salva de las tentaciones de volver hacia atrás y de enredarse en el mal, la hipocresía, y la manipulación de Herodes. Él es quien salva de la pérdida de horizontes y quien abre caminos nuevos, aunque sean arriesgados.

 

Los cristianos de Europa necesitamos superar cualquier situación de instalación y tedio para recuperar la capacidad de búsqueda. Necesitamos aceptar el bautismo y la fe que recibimos y nos revela a Jesucristo, porque es posible e imprescindible otro conocimiento y otra sabiduría. Y necesitamos superar las nostalgias que detienen e iniciar nuevos caminos que lleven más allá y rescaten de la connivencia y posible contagio del mal, del deseo de poder o de la corrupción.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

San Lucas 2, 16-21

 

En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo hacía Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto; conforme a lo que se les había dicho. Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

 

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Octava de la Navidad del Señor

1 Enero 2019

 

La Octava de la Pascua de Navidad concluye el día de Año Nuevo, con la fiesta solemne de la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Así, la Iglesia desea iniciar el nuevo año de la mano materna de la Virgen. Y ella se convierte en referencia para la vida de cada uno de sus hijos y de toda la Santa Iglesia.

 

El evangelista San Lucas ha querido resaltar el corazón de la Virgen, donde ella medita las cosas que le ocurren, y de donde brota su fuerza interior. Una fortaleza que se apoya en la gracia del Espíritu Santo que recibió conforme le había anunciado el Ángel Gabriel y que le hace confiar siempre en Dios. Con esa fuerza interior, ella hace frente a los duros trabajos de su maternidad, puede sobreponerse ante las dificultades que se le presentan y puede tener control de sus emociones y sentimientos. En consecuencia y por ejemplo, acepta educar al Hijo de Dios, se sobrepone cuando se le extravía en el Templo o escucha que le llaman loco y se mantiene firme y serena junto al pie de la Cruz.

 

La maternidad hace que María se desarrolle y realice como persona. En nuestra realidad de falta de aprecio por la maternidad y paternidad sorprende esta afirmación, pero resulta que la generatividad no es contraria a la condición humana sino parte imprescindible de su realización. En el desarrollo de su personalidad y maternidad, Santa María vive como cualquier otra persona un proceso evolutivo, que no pretende impresionar, donde actúa con gratuidad y nunca se queja.

 

La maternidad hace que se establezca un vínculo permanente e indestructible entre el Hijo y la Madre. Se trata de una relación íntima, que supera las adversidades, que evoluciona y produce seguridad. Ella es para siempre la Sierva del Señor.

 

Estos tres rasgos son una referencia para la Iglesia-Madre, cuya fortaleza también brota de su interior y de la presencia del Señor en ella. Esa maternidad la realiza y construye conforme cumple la misión que el Señor le encomendó. Y, finalmente, la Iglesia también tiene un vínculo permanente con su Señor.

 

Todo bautizado, como la Virgen, también posee el fuerza interior que le comunica la gracia del Espíritu Santo recibido en el Bautismo y la Confirmación. También se construye como persona al vivir su propia vocación y misión. Y como ella, posee un vínculo permanente que, sin coartar su libertad, le hace ser cristiano; ser de Cristo.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 2, 41-52

 

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que se enteraran sus padres. Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén buscándolo. Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba. Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres.

 

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA

Domingo, 30 Diciembre 2018

 

En nuestra Europa postcristiana, hay una gran diversidad de realidades familiares. Y también se puede confundir la familia con la simple cohabitación.

 

Cuando cada Navidad se celebra la fiesta de la Sagrada Familia, los cristianos recordamos que nuestras familias, que nos llevaron a bautizar y transmitieron la fe, también son familias sagradas. En efecto, aquello que hace “sagrada” a una familia es la presencia del Señor Jesús en ella, que cumple su promesa de estar presente allí donde dos o más se reúnen en su nombre.

 

Una familia cristiana no puede verse reducida a un mero contrato de convivencia. Eso sería empobrecer una realidad que se abre al más allá y que tiene la referencia de la familia de Jesús, María y José. Veamos algunos detalles de este pasaje evangélico.

 

a) Al tercer día

Es cuando María y José encuentran a Jesús. El tercer día es el modo bíblico de hablar del tiempo de Dios. Es, por tanto, el día de la resurrección, el día del Señor y el tiempo eterno ilimitado e incontable. Por consiguiente, encontrar a Jesús al tercer día supone una novedad que se extiende hasta la eternidad. A María y a José se les reitera que en ellos ya ocurre algo que les sobrepasa y que les reclama confianza. Una confianza que exige fidelidad al Señor, aunque las cosas sean confusas, inquietantes y procesuales. Eso es algo que vive toda familia.

 

b) Se volvieron a Jerusalén buscándolo

 

Cuando una familia se encuentra en dificultades descubre que necesita buscar al Señor. Es lo pasa a María y José, que necesitan recuperar a Jesús. Esas situaciones también pueden ser una oportunidad para descubrir que ningún miembro de la familia pertenece a los otros y que todos pertenecen al Señor. Así, además, toda la familia se convierte en testigo, transmisor y acompañante de la fe.

 

c) Les estaba sujeto

 

La sujeción de Jesús a su familia es signo de la fidelidad de Dios, que nunca abandona y que acompaña e impulsa todo proceso de crecimiento en estatura, sabiduría y gracia. Así, se coopera con la gracia desde el respeto, el silencio, la apertura al misterio de cada cual y la oración compartida.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 2, 1-14

 

“En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”.

 

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

En la Noche Santa del 24 al 25 Diciembre 2018

 

Lo escuchó la Santísima Virgen de labios del Arcángel Gabriel y el tiempo de Adviento lo recuerda y anuncia: para Dios no hay nada imposible. Precisamente por eso, es posible el Misterio de la Navidad: Dios lo puede todo.

 

Es cierto que Dios no necesita palabras. ¿Para qué? ¿Con quién va a hablar? Tampoco necesita abajarse hasta asumir la condición humana. ¿Para qué va a necesitar un cuerpo humano? Dios no necesita nada: ni la totalidad de la creación, ni el ser humano hecho a su imagen y semejanza, ni hablar, ni encarnarse, ni darse a conocer, ni realizar la redención… 

 

Pero para Dios no hay imposible... Por eso, su amor se reviste de carne humana en el seno de la Santísima Virgen María y se comunica dando vida. Y la experiencia del amor se convierte en firmeza para nosotros.

 

El amor se expresa como servicio. Así, la Virgen María se llama “esclava del Señor”. Un servicio que ella realiza dedicada por entero a su hijo. Se trata de una disponibilidad que hace posible, como hizo el Señor, ponerse a lavar los pies. El amor, capaz de servir, transforma en personas audaces.

 

El amor que se abaja hasta servir aprende la humildad. Una humildad que vive San José. Él es una persona que está en segundo lugar y colabora sin buscar protagonismo. El Papa Francisco ha escrito que la humildad se aprende a base de recibir humillaciones.

 

El amor que se humilla y que sirve, es capaz de adorar. Pero para atreverse a adorar hay que superar el temor. Los pastores escucharon ese mensaje del Ángel de la Navidad: no tengáis miedo e ir a adorar al Niño.

 

Deseo que esta Navidad nos haga superar nuestros miedos y atrevernos a adorar el Misterio. Para ello, que nuestra humildad crezca, se disponga al servicio y sienta que el amor del Señor está muy cerca y habita entre nosotros.

F. Tejerizo, CSsR

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