Evangelio

San Mateo 20, 20-28

 

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?» Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda». Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» Contestaron: «Lo somos». Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre». Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».

Comentario

éSOLEMNIDAD DEL APÓSTOL SANTIAGO

Domingo, 25 Julio 2021

 

La celebración cada verano de la solemnidad del Apóstol Santiago, permite la actualización del sentimiento de  pertenencia a la Iglesia y la confesión común de la fe apostólica, que se vive como un camino y una búsqueda.

 

La madre de los Zebedeos acude a Jesús con su idea previa. Acaso no puede prescindir de la misma. Ella tiene en su cabeza qué es un reino y cuáles son los puestos de influencia en el mismo. Como madre, busca lo mejor para sus hijos e intenta hacer una buena “recomendación”. El Señor le ayuda a ella, a sus discípulos y a nosotros, y le hace descubrir que el dinamismo de la fe es algo diferente. En efecto, la fe cristiana no es una idea que se piensa, expone y se intenta llevar a la práctica. Todo lo contrario, en primer lugar es una palabra anunciada, transmitida, recibida y que no resulta ignorada. Lo primero, por tanto, es la Palabra. Una palabra que se recibe, reflexiona y provoca una respuesta. Así, la fe es el resultado de un diálogo. Y como todo diálogo humano, es evolutivo, se ahonda y progresa en confianza.

 

Los Zebedeos son interrogados por la misma Palabra. La pregunta prescinde de la idea: “No sabéis lo que pedís”. Y entonces, se remite a la persona del mismo Jesús, que interroga acerca de la relación que mantienen con Él. Es decir, ¿queréis compartir conmigo mi vida hasta su culminación? De este modo, la fe cristiana es una persona: Jesucristo. Supone aceptar no solo su realidad histórica, sino también el efecto de su huella en la historia. Quienes estén dispuestos, podrán beber su cáliz y vivir según su modelo: “atribulados, pero no derrotados”.

 

El pasaje evangélico finaliza con la reacción de los otros discípulos. Ellos también actúan conforme a lo que han aprendido y según las relaciones de poder que se dan en la vida diaria. Entonces el Señor aprovecha, de nuevo con su Palabra, para indicarles que la fe cristiana genera otras relaciones, que no son de competitividad y búsqueda de poder. Entre sus amigos, que beben su cáliz, es preciso recordar aquello que Él hizo antes de cenar cuando les lavó los pies y les mandó hacerlo en memoria suya. Al se participar de su caliz, se descubre cómo en la comunidad cristiana está muy por encima de su organización, estructuras y actividades, la celebración de la Eucaristía. 

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 3, 13-18.21

 

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. En cambio, el que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REDENTOR

Domingo, 18 Julio 2021

 

La Solemnidad de Jesucristo Redentor celebra el centro y núcleo de la fe cristiana. No se trata solo de una idea, sino de celebrar y anunciar los efectos de la intervención de Dios en la historia de la humanidad y de cada persona.

 

Jesucristo Redentor es la manifestación -revelación, igual que la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto- del designio divino, establecido desde la creación del mundo, por el cual solo los seres humanos se perciben necesitados de Dios, capaces de amar y en búsqueda del amor y del encuentro con el Creador. En Jesucristo Redentor se comunica el amor de Dios, que envía su Hijo al mundo para salvar de la ausencia de aquello que la realidad humana anhela. Jesús Redentor es el amor gratuito, que ofrece un perdón ilimitado y que entrega la vida por los amigos. Y esa vida ofrecida del Hijo de Dios es revelación y oferta de un don de perdón, resurrección y vida eterna. Algo que también es una aspiración exclusiva de la propia realidad humana.

 

Jesucristo Redentor es la piedra angular, que desecharon los arquitectos (cf Mt 21, 42) y sobre la cual se edifica el espacio donde acontece la eficacia de la Redención. En efecto, de la comunidad cristiana, se recibe el anuncio y el don de la fe. Se trata de aquello, para lo cual solo los seres humanos están capacitados. La misma comunidad es quien acompaña el crecimiento de la fe de modo que se pueda adaptar a las distintas etapas de la vida humana y a sus desafíos, porque solo los seres humanos conocen el paso del tiempo, sus etapas y saben que se terminan. La comunidad reunida en nombre del Señor, asegura la presencia del Redentor en su seno hasta el final de los tiempos, genera la fraternidad cristiana y actualiza la celebración de la Eucaristía, que perdona los pecados, es fuente de comunión y se convierte en viático para la eternidad. Por tanto, y según la imagen usada por el Papa Francisco, cada comunidad cristiana, toda la Iglesia y cada celebración de la Eucaristía, se transforma en una especie de “hospital de campaña”, que mantiene sus “puertas abiertas”, para que quienes se acerquen superen la soledad o el aislamiento y reciban los dones del encuentro con el Señor y de la caridad cristiana.

 

Jesucristo Redentor es la luz, que permite descubrir que cada ser humano está abierto al encuentro con el misterio de Dios. Esa capacidad para el misterio es lo más valioso del ser humano. El Redentor ilumina la realidad personal e íntima de cada uno. Su luz hace posible un acceso personal, distinto y curativo, a las propias oscuridades de pecado, decisiones erróneas, consecuencias relacionales y herencias genéticas o educacionales. Iluminados por Cristo, se orienta el camino de cada bautizado, para hacer el bien y descubrirse siempre necesitado de maduración y conversión. La luz del Seño Resucitado permite esperar ser rescatados de la tinieblas de la muerte. Su luz hace conocer que el Redentor está vivo, que al final extenderá su mano y rescatará del polvo de la tierra y que los ojos le verán y le reconocerán (cf Job 19, 25-27). Toda esta disposición también es exclusivamente humana y evitarla solo lleva a mutilar los horizontes de la propia existencia personal.

F. Tejerizo, CSsR

San Marcos 6, 7-13

 

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa». Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

DOMINGO 15 Tiempo Ordinario, B

Domingo, 11 Julio 2021

 

Fuimos elegidos, no improvisados; sellados y marcados por el Espíritu Santo. Nadie es fruto de una casualidad, ni de un emerger espontáneo y accidental. Somos parte de un plan o un proyecto muy bien diseñado: originado, sostenido, conducido, orientado e impulsado a su plena realización. Y dentro de esa planificación somos llamados a implicarnos y a colaborar, para contribuir a nuestro propio crecimiento y culminación (cf Ef 1, 3-4)

 

Fuimos escogidos como el profeta Amós, que se reconoce sorprendido sin ser ni profeta, ni hijo de profeta, y con la única cualificación de haber sido cultivador de higos (cf Am 7, 12-15). Previstos, como el profeta Jeremías desde el seno de su madre (cf Jr 1, 5). Y enviados como los discípulos de este pasaje del Evangelio.

 

Fuimos enviados por el Maestro a vivir y a aprender de la vida, que es la mejor escuela. Él sabe muy bien lo que hace y va siempre por delante. Es buen Maestro, que hubo de aprender a vivir como hombre y cuyo magisterio no se reduce a la transmisión de contenidos, doctrinas, ideologías o normas. Tampoco enseña a coleccionar experiencias, sino a poner en práctica aquello que se pudo compartir con Él. Sabe muy bien, que lo realmente importante no es experimentar o satisfacer la inquietud provocada por la curiosidad. Se trata, de adueñarse de la propia vida y de disponerse a considerar qué se hace con aquello que sucede: qué hacer con esta situación, decisión, dolor, sorpresa, pecado…

 

Enviados a vivir en el presente, que es provisional y pasajero, A correr el riesgo de la realidad, sin defensas ni seguridades. A superar el miedo y la incertidumbre, con la confianza de saber de quién nos fiamos (cf 2 Tim 1, 12). A realizar la experiencia de sentirnos acogidos por la hospitalidad generosa y espontánea que sorprende, cuida, alimenta y escucha. Con razón el Papa Francisco ha usado la imagen del “hospital de campaña”, para referirse a la Iglesia como una comunidad que hace la experiencia de la acogida y la hospitalidad.

 

Enviados a vivir la fraternidad de dos en dos, porque no vivimos solos. Se trata de compartir la incertidumbre del otro y superar el egoísmo que hace pensar y vivir tan solo para uno mismo. De esta manera, se experimenta la complementariedad y la colaboración en el camino, porque -por ejemplo- si uno rompe las únicas sandalias que tiene, o le roban la única túnica que lleva, estará necesitado de la asistencia del otro. Y ambos habrán que caminar más despacio y atendiéndose. Por tanto, el plan y el proyecto nunca es algo propio o apropiado. Siempre hay que hacer frente a esa tentación en el seno de la comunidad cristiana. Ya los mismos discípulos discutieron por el camino quién de ellos era más importante y el Maestro hubo de advertirles que entre ellos las relaciones no debían ser así (cf Lc 22, 24-30).

 

Enviados a ser curativos: a vivir una conversión del corazón, que permita estar atentos a las víctimas y a los que sufren. Aprender a escuchar más allá que las simples palabras. Descubrir cómo acoger y atender las heridas o los pecados. Atreverse a lavar los pies y realizar el esfuerzo de abrir espacios de consuelo y esperanza; de horizontes ilimitados de vida eterna. De este modo, la comunidad cristiana experimenta, aprende y descubre la misericordia. Y también puede anunciar que la Salvación está cerca y que la gloria habitará en la tierra (cf Sal 84).

F. Tejerizo, CSsR

San Marcos 6, 1-6

 

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?» Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

DOMINGO 14 Tiempo Ordinario, B

Domingo, 4 Julio 2021

 

Sabemos que los evangelistas no tuvieron la intención de escribir una historia precisa de Jesús, con todos los datos biográficos, temporales y geográficos. Por el contrario, ellos intentaron una narración teológica, que ayudara a anunciar y adentrarse en el Misterio del Señor Resucitado. En consecuencia, estos versículos del Evangelio según San Marcos ven a Jesús en continuidad con los profetas del Antiguo Testamento que, como Ezequiel (Ez 2, 2-5), y aunque rechazados, hicieron presente la Palabra de Dios en su pueblo.

 

Este pasaje evangélico parece invitar a realizar un triple tránsito o a cruzar unos umbrales, que llevan de una experiencia a otra. Veamos.

 

a) Pasar de la apariencia a la realidad

 

Jesús va a su pueblo, donde le conocen desde niño. Allí creen que le conocen bien, porque le vieron hacerse adulto. Además, lo saben todo de él y de su familia. Incluso murmuraron, porque en un pueblo pequeño como Nazaret todo se sabe y hay ocasión para toda sospecha. La presencia de Jesús en la Sinagoga es una oportunidad, para que sus vecinos evolucionen desde las apariencias hasta descubrir la realidad de su extraordinario vecino.

 

Esta evolución desde la apariencia hasta la realidad resulta complicado. Y mucho más en nuestra cultura de la imagen, del espectáculo y la realidad virtual donde, además, el cotilleo y la murmuración se convierten en entretenimiento, sin reparo en destruir a las personas.

 

Supone un auténtico desafío de convivencia familiar, social y eclesial aceptar la realidad de las personas que están al lado, sin encasillarlas o limitarlas. Todas tienen un misterio personal, mucho más valioso que su imagen. La Virgen y San José, asumieron el misterio de Jesús que, desde el principio, les sorprendió y les obligó a adaptarse. Sus convecinos, por el contrario, se cerraron a consentir el Misterio del Señor.

 

b) Pasar de las ideas a la vida

 

Los paisanos de Jesús iban a la sinagoga como personas religiosas, acostumbras a escuchar las Escrituras y su comentario. Tenían conocimiento suficiente de su religión: doctrinas, normas, prácticas… Las enseñanzas de Jesús, en cambio, les desconciertan: "¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa?" Ubicados en la seguridad que les proporciona todo lo que han recibido desde niños, se resisten a aceptar la novedad de las propuestas del Señor.

 

La situación actual también reclama la capacidad de aceptar la novedad del Evangelio, que se convierte en luz para las circunstancias presentes. La Buena Noticia urge a superar el rigorismo que se apoya en doctrinas, normas, ideologías o tradiciones, para convertirse en vida. En Nazaret, la Virgen y San José se atrevieron a vivir la novedad de Jesús y a dejarse sorprender por las propuestas divinas. Sus vecinos, en cambio, acaso se limitaron a escandalizarse…

 

c) Pasar de la sospecha a la confianza.

 

Al final de este pasaje, el Evangelista parece lamentarse del modo en que la falta de fe solo hizo posible algunos milagros. En efecto, cuando el miedo, las apariencias, los condicionantes ideológicos… son más fuertes que la confianza en la misericordia del Señor ocurre la resistencia a los planes del divinos, que, pase lo que pase, siempre son de salvación.

 

Cada celebración de la Eucaristía exige pasar de las simples apariencias del pan y vino, para descubrir la realidad de la presencia del Señor. Reclama prescindir de unos supuestos reparos científicos o filosóficos, para vivir el encuentro divino y fraterno que supone la Comunión Eucarística. Hace poner los ojos y confiar en la misericordia del Señor, que concede en el perdón de los pecados y promete la vida y la vida eterna a quienes se acercan al Pan de la Vida.

 

F. Tejerizo, CSsR

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