Evangelio

 

 

 

 

San Mateo 22, 1-14

 

 

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda".Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda". Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:

"Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?". El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes".

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Comentario

DOMINGO 28 TIEMPO ORDINARIO, A

15 Octubre 2017

 

Detrás de este conocido pasaje está toda la tradición bíblica del banquete prometido por Dios a su pueblo, donde habrá abundancia de manjares suculentos. También se encuentra la preparación que Jesús hace progresivamente a sus Discípulos para llevarlos al gran banquete de la Última Cena. Y para el Evangelista Mateo, además, está su preocupación por aportar una catequesis adecuada sobre la Eucaristía a su comunidad cristiana, que cada Domingo se reúne a celebrar el Sacramento de la Fe.

 

El relato sirve para descubrir tres importantes características del Banquete del Reino de los Cielos.

 

a) Es un banquete extraordinario

 

En efecto, porque tanto el anfitrión como los manjares son extraordinarios. Invita un Rey, que resulta fácil identificar. Y el suculento manjar no es otro sino el mismo cuerpo y sangre del Señor. No estamos, pues ante un banquete trivial o rutinario. Se trata de una realidad diferente y que supera lo constatable: es un banquete nupcial, donde se encuentra el mismo Señor Jesucristo, con su Iglesia, que es su cuerpo y, por tanto, su esposa.

 

b) Es un banquete rechazado

 

Y mucho más en nuestra realidad de Europa, donde tantos bautizados abandonan la Eucaristía. Se trata de algo que ocurre porque es un banquete que expone a sus participantes a vivir la inseguridad de tener que encontrarse en un espacio diferente al que normalmente están habituados y, al mismo tiempo, a tener que compartirlo con comensales que pueden ser totalmente desconocidos. Algunos de ellos, además, provienen de los cruces de los caminos y otros, tal vez, se encuentran en momentos cruciales de su vida.

 

c) Es un banquete exigente

 

No es un banquete trivial, sino que reclama vestido adecuado, porque quienes asisten no quedan indiferentes sino que salen afectados en su realidad vital. Brinda una experiencia que puede sacar de la rutina y alterar la propia vida de tal manera que se deje de aceptar pasivamente que las cosas pueden continuar del mismo modo. Es un banquete que formula una llamada doble, a toda la comunidad cristiana para que evite dos tentaciones: la del reduccionismo, que trata de convertir la celebración eucarística en un espectáculo, y la nostalgia de reiterar celebraciones del pasado, al margen de la vida actual de la Iglesia en el siglo XXI. Por último, el banquete reclama personas dispuestas a presidir su celebración. Esas personas no solo están llamadas, sino que también son escogidas. Cualquier comunidad cristiana necesita valorar y apreciar que en su interior aparezcan vocaciones de jóvenes generosos para preferir la vida sacerdotal, religiosa y misionera.

F. Tejerizo, CSsR

 

San Mateo 20, 1-16

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido". Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?". Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña". Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros."Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno." Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?". Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

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DOMINGO 25 TIEMPO ORDINARIO, A

24 Septiembre 2017

 

La pregunta de este texto del Evangelio, dirigida a quienes están todo el día parados sin hacer nada, resulta especialmente lacerante en nuestra situación actual, donde tantas personas sufren el drama del paro. La pregunta es significativa, porque vivimos un momento en que la realidad laboral va a sufrir una importante transformación. El trabajo, que construye al ser humano, mientras que estar -como dice el Evangelio- “sin hacer nada” lo destruye, es un bien exiguo. En el futuro, los avances de la ciencia y de la técnica seguirán reduciendo el trabajo y reclamarán personas con preparaciones más cualificadas y específicas Por eso, hay que prepararse para afrontar la separación entre el trabajo y el sustento; la vinculación entre el trabajo y la propia realización y aprender a vivir sin angustia el poder disponer de un mayor tiempo libre y hacerlo de modo creativo para no caer en el “estar sin hacer nada”.

 

En el seno de la comunidad cristiana, la pregunta evangélica también se dirige a tantos bautizados, que se desentienden de la misma o pasan por simples cristianos anónimos.

 

La parábola también permite una reflexión sobre la llamada a trabajar en la viña del Señor y sobre la personalidad de los llamados.

 

Se trata de una llamada especial, que se adapta a las distintas etapas de la vida y a las necesidades que se presentan. No es igual vivirla en la juventud -a las primeras horas del día-, que en momentos posteriores. También resulta insistente, se profundiza, no se contradice con reclamos previos y ofrece nuevas oportunidades. Además, tiene en cuenta las necesidades que surgen y lleva a descubrir que los planes de los jornaleros no suelen coincidir con los del Señor y que aquellos trabajos que exigen mayores esfuerzos son difícilmente remunerados. Lo más valioso de la vida se se tiene que hacer gratis.

 

Finalmente, con respecto a los jornaleros se distinguen tres tipos: los generosos, que trabajaron toda la jornada y se marchan alegres con un solo denario; los confiados, que fueron a la viña fiándose del Señor sin esperar nada y solo recibieron un denario y los codiciosos, que trabajaron por su interés y que un solo denario les pareció insuficiente.

 

En la Santa Iglesia, viña del Señor, necesitamos personas así: generosas y confiadas, que se disponen a colaborar con los planes del Señor, sea cual sea la etapa de la vida donde estén y dispuestas a afrontar las necesidades que se presenten.

F. Tejerizo, CSsR

 

San Mateo 18, 21-35

 

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes". El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

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DOMINGO 24 TIEMPO ORDINARIO, A

17 Septiembre 2017

 

Cuando San Mateo escribe su Evangelio, tiene en cuenta a la comunidad cristiana concreta a la que se dirige y pretende iluminar la situación que vive. Hay tres temas que preocupan al Evangelista y que son los siguientes: entre los miembros de la comunidad hay un grupo numeroso de procedencia judía, que sufre al verse expulsado de su religión y la Sinagoga; hay otro grupo de procedencia pagana, que no desean asumir las costumbres judías y eso genera disputas; y, en tercer lugar, todos sufren la persecución.

 

Una vez más, San Pedro aparece como el portavoz de cualquier discípulo de Jesucristo y pregunta aquello que se cuestiona la comunidad de Mateo y también nosotros: ¿Cuanto hemos de perdonar? ¿Cuánto perdonar a los hermanos que plantean disputas? Y, sobre todo, ¿cuánto perdonar a quienes nos persiguen?

 

La respuesta del Señor supera el número simbólico de la plenitud – el siete- y se amplía hasta el setenta veces siete.

 

Y para ilustrar la respuesta del Señor, Mateo recuerda una parábola donde se cuidan algunos detalles:

 

- El disimulo del deudor, que miente cuando su señor le pide cuentas y le asegura que pagará una cantidad tan elevada que realmente nunca podrá abonar. Entonces el Señor le perdona su deuda, cosa que se puede presuponer también hubiera hecho si en lugar de fingir le hubiera reconocido su incapacidad para pagar.

 

- El compañero del deudor también miente y tampoco reconoce que le resultaría imposible abonar los cien denarios que se le reclaman. La escena es prácticamente la misma y se reitera la misma excusa en lugar de reconocer la verdad. Ahora, en cambio, no hay perdón, sino que se remueven los malos sentimientos y surge la agresividad. Aparece eso que llamamos resentimiento y eso desata violencia.

 

- En tercer lugar está la reacción de todos los presentes. Ellos acusan, murmuran o cotillean. Así desatan la reacción del señor, que condena a su deudor.

 

Con esta parábola, Mateo enseña a su comunidad y a nuestra Iglesia, que en su interior debe hacerse posible la sinceridad sin fingimientos, la resistencia a la repetición de los malos sentimientos y evitar cualquier condena, cotilleo , mumuración o difamación. De este modo, la Iglesia genera espacios de misericordia y reconciliación, donde todos pueden encontrarse sin sentirse condenados. Todo eso, además, es contenido de la oración cristiana, donde se pide, conforme el Señor enseñó, “perdónanos, como nosotros también perdonamos”.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Mateo 16, 13-20

 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le respondió: «Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está los cielos. Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

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DOMINGO 21 TIEMPO ORDINARIO, A

27 Agosto 2017

 

La pregunta del Señor a Pedro sigue abierta y recorre la historia de la humanidad: ¿qué dicen de él? Hoy como entonces, son múltiples las respuestas que, además, resultan insuficientes y reduccionistas. Jesús de Nazaret es mucho más que un personaje histórico, un ideólogo o un líder político, religioso o social. Su pregunta sobre él mismo revela su condición humana: se trata de hombre que, como todos, está afectado por aquello que se dice sobre él. Pero esa humanidad también es acceso a su misterio, porque es muchísimo más de aquello que se puede conocer, decir, conjeturar... Y Pedro se atreve a reconocer que es el Hijo de Dios.

 

El Apóstol habla desde su fe. Por eso, el Señor le dirá que sus palabras no son algo que se pueda adquirir con información, estudio o investigación. Se trata de una especie de regalo, que se recibe de lo Alto y que abre las posibilidades para permitir en la vida el Misterio. Y como todo regalo, tampoco se impone, sino que puede rechazarse.

 

Cualquier bautizado podría hacer suyas las palabras de San Pedro. Una fe, que es un don y que, como dice el Señor, es obra del mismo Dios,que actúa en el interior de la persona. La fe, de este modo, no es un logro o conquista personal, sino una experiencia interior, que sobrepasa y lleva a plenificar la condición humana permitiéndole descubrir y aceptar muchas más posibilidades. Tantas, que le hace ir más allá de lo puramente comprobable y demostrable cientificamente. La fe no es una limitación o reducción de la humanidad, sino todo lo contrario.

 

Cuando Pedro se descubre creyente en Jesús recibe automáticamente un encargo del Señor: ser su Iglesia. Ambas cosas resultan inseparables. Confesar la fe en Jesús, es descubrirse parte de su grupo, comunidad, Iglesia... En primer lugar, porque la fe no es posible sin que la la Iglesia anuncie a Jesús. Y después, porque la confesión de la misma se hace en su interior, que es donde comprende. Actualmente se pretende separar la fe en Cristo de su Iglesia, pero eso solo es un simple engaño o un intento de justificación.

 

Las palabras de San Pedro también reciben una sorpresa importante. Jesús le anuncia que su fe dentro la Iglesia tendrá consecuencias ilimitadas. Es decir, que afectarán al más allá. ¿Que cara de sorpresa se le quedaría al Apóstol? De ese modo comprobó una vez más que la fe tiene consecuencias y que, cuando se vive, el Señor puede sorprender y así hacer posible la esperanza. Una esperanza que no se limita a los horizontes conocidos, sino que puede llegar hasta la plenitud: hasta el mismo Cielo.

F. Tejerizo, CSsR

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