Evangelio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Juan 1, 29-34

 

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu  que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el bautiza con Espíritu Santo." Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

Comentario

DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO, A

19 Enero 2020

 

El Evangelio según San Juan es un escrito tardío del Nuevo Testamento y su autor pretende salir al paso de las dificultades que ha que afrontar la primera comunidad cristiana. Unas, se refieren al contenido de la fe y a la identidad del Hijo de Dios. Otras, son consecuencia de las posturas enfrentadas en el seno de la comunidad cristiana entre los partidarios del Mesías o el Bautista. Y otras, sobre la necesidad de continuar o no con las prácticas tradicionales del judaísmo.

 

El Evangelista ha hecho tres afirmaciones, que ha puesto en labios del Bautista:

 

a) Yo no lo conocía

 

Estas palabras sorprenden y, al mismo tiempo, descubren el Misterio inabarcable de Jesús. Es imposible adentrarse en la persona de Jesús  hasta poder afirmar que se le conoce. Se podrá tener mucha información sobre el Señor, pero siempre sorprenderá. Es más, es él quien nos conoce en nuestro interior personal, sin que se pueda escapar de su mirada. Actualmente, cuando estamos saturados de información y de noticias falsas, manipuladas o inventadas...; eso mismo hace posible diferenciar entre los contenidos de la información y el conocimiento de la realidad. Conocer a Jesús nunca es saber cosas sobre él, sino permitir el encuentro y la relación con él. Y cuando eso ocurre, todavía su misterio seguirá desbordando y desconcertando.

 

b) Es el Cordero de Dios

 

Se trata de una expresión que necesita iniciación, porque es propia de la Historia de Israel. Una larga historia de la que se forma parte al recibir el Bautismo. El Pueblo de Dios no surge hace unos días, sino que se remonta hasta Abraham. Por tanto, es preciso asumir como propia esa tradición y conocer su significado. Así, la expresión Cordero de Dios se refiere a la sangre de aquel cordero sacrificado en la Pascua y cuya sangre libró a Israel de la esclavitud en Egipto. Una sangre, que también se identifica con la del Señor Jesús crucificado y que perdona los pecados del mundo. Es urgente que nuestros niños y jóvenes conozcan la Historia de la Salvación y puedan sentirse herederos de ella, miembros de un pueblo y de una familia cuyos padres se remontan hasta Abraham.

 

c) Está por delante de mí

 

El Bautista no es protagonista. Lo suyo es dejar pasar a Jesús. En nuestra realidad del prestigio, la imagen y la fama, es importante que quienes anuncian al Señor sepan ocupar un segundo lugar y dejar que se pueda acceder al Misterio del Señor. Él siempre viene detrás, pero es el preexistente y ha de pasar delante, porque solo él tiene las palabras de vida y de vida eterna. Las nuestras, siempre están a su favor.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

San Mateo 3, 13-17

 

 

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una luz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR, A

12 Enero 2020

 

Después de todo lo vivido y celebrado, la fiesta del Bautismo del Señor –última celebración de la Navidad-, es una invitación para renovar y actualizar el propio Bautismo.

 

Este pasaje del Evangelio fue escrito para que la comunidad cristiana de San Mateo pudiera hacer frente a las dificultades que se le planteaban. Probablemente, era una comunidad formada mayoritariamente por judíos que se habían bautizado. A ellos les dice el evangelista:

 

a) Conviene que así cumplamos toda justicia

 

De este modo responde a la objeción planteada por quienes negaban que Jesús fuera Hijo de Dios y que, de haberlo sido, no hubiera tenido la necesidad de bautizarse como cualquier pecador. El autor del Evangelio recuerda la realidad del misterio de la Encarnación: Dios se hizo hombre con todas las consecuencias, también la de ser considerado y tratado como uno de tantos. Es el Siervo de Dios, ya anunciado por el profeta Isaías, que cargaría sobre sí todas las culpas del pueblo.

 

Actualmente, cuando vivimos en un contexto donde se asegura que nada es pecado; pero donde el mal se presenta con tanta fuerza, es un reto afirmar que el mal fue derrotado justamente por la victoria de Jesucristo y que quienes fueron bautizados están liberados de esa esclavitud.

 

b) Soy yo el que necesito que tú me bautices

 

Estas palabras las pone el evangelista en labios de Juan Bautista, para salir al encuentro del grupo de los discípulos del Bautista que afirmaban que Juan era el Mesías. Esa era una disputa inútil en el seno de la primera comunidad cristiana, donde, por un lado, había de reconocerse la función del Precursor de preparar el camino del Señor, y por otro, la misma comunidad de bautizados se sentía urgida a prolongar y actualizar la misma misión de Juan.

 

Actualmente, cuando entre los mismos cristianos surgen tantas disputas innecesarias y luchas de poder, es necesario asumir que hay que anunciar el centro de la fe, que es el Señor muerto y resucitado y evitar cuestiones que no llevan a ninguna parte. Y por supuesto, descubrirse enviados a preparar el camino del Señor, no a aspirar a un efímero protagonismo personal.

 

c) Y vio que el Espíritu de Dios bajaba

 

Quien ve al Espíritu y escucha las palabras venidas de lo alto es Jesús. Así se señala que el Bautismo es una experiencia personal. La realidad del Misterio de la Encarnación hace que el Hijo de Dios también tenga que vivir la experiencia del Espíritu Santo que actúa en él.

 

De esta manera, el evangelista responde a quienes se planteaban en su comunidad de judeoconversos la necesidad del Bautismo y su contenido. En efecto, con el Bautismo se inaugura una realidad nueva, que es fruto de la actuación del Espíritu Santo. No se trata solo de un rito de admisión o una expresión de buenos deseos, sino una actuación del mismo Dios en cada uno de quienes reciben el Don del Espíritu.

 

Hoy, cuando tantos rechazan o ignoran su Bautismo o se priva a los niños del mismo, urge recuperar el aprecio por aquella novedad que Dios hace en las personas bautizadas al convertirlas en hijos suyos amados, sin coaccionarles nunca su libertad.

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 2, 1-12

 

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y, venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

6 Enero 2020

 

Tres reflexiones sobre este precioso pasaje del Evangelio según San Mateo.

 

a) Mirar con fe

 

Todos los personajes de relato tienen esta coincidencia. Los Magos, se ponen en camino porque buscan al “Rey de los Judíos”. Herodes, acude a los sacerdotes de Israel, porque busca al mismo rey. Y los sacerdotes, acuden a las Sagradas Escrituras con la misma intención.

 

Quienes tenemos fe sabemos que cualquier situación, acontecimiento o circunstancia puede verse desde la fe o sin ella. Y eso, precisamente, nos distingue y hacer estar de un modo específico en la realidad.

 

b) Afrontar la incertidumbre

 

Los Magos, guiados por la fe, se atreven a realizar un camino incierto e inseguro. Eso les hace personas de esperanza, que saben que su meta no les defraudará.

 

c) Vivir con generosidad

 

Cuando los Magos llegan ante Jesús, le ofrecen sus regalos gratuitos. No tienen doble intención sino simple entrega personal. Por eso, el principal de sus regalos es la adoración, una cosa que solo es posible cuando se tiene amor.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 1, 1-18

 

En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. El mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

DOMINGO II NAVIDAD, A

5 Enero 2020

 

El segundo domingo de Navidad, que todos nos años no se celebra, supone, como cada domingo, la celebración del centro de la fe en el Señor Resucitado; pero también es un ahondamiento en la experiencia de la Pascua de la Navidad. Por ello, se vuelve a proclamar y ahondar en el prólogo del Evangelio según San Juan.

 

Este prólogo, escrito con la referencia del comienzo del Génesis, permite descubrir que la Palabra de Dios es luz. Esa misma luz, que disipó las tinieblas, el caos y la confusión existente antes de la creación. En efecto, cuando Dios habla –y él no necesita ni palabras, ni hablar-, surge luz, incluso antes de la creación del sol, la luna y las estrellas.

 

La Palabra de Dios ilumina de una doble manera: revelando el Misterio de Dios y vocacionando.

 

a) Revelación

 

Dios descubre su Misterio, aquello que el ser humano no puede alcanzar por sus solas fuerzas y que excede los esfuerzos de la investigación, de la ciencia y de la técnica.

 

La palabra humana siempre tiene esa finalidad. El desafío que vive cada ser humano es acceder a su interior y a su propio misterio personal para poder ponerle nombre: para decirse, después de aceptar la propia realidad.

 

Actualmente, que vivimos en la exaltación de la imagen; y cuando se ha repetido que una imagen vale más que mil palabras, todavía la palabra es necesaria. Es más, muy necesaria, porque las imágenes y las apariencias se demuestran insuficientes.

 

b) Vocación

 

La Palabra de Dios, se dirige a personas capaces de dar una respuesta. No es una palabra simplemente expresiva o instintiva como un lamento, sino una palabra que humaniza, específica de la condición humana y que suscita una respuesta personal de colaboración con Dios, que ha querido hacerse hombre, hablar a hombres y como hombre, y esperar la colaboración humana.

 

Cuando en nuestro contexto resulta tan difícil que surja entre nuestros niños y jóvenes la vocación sacerdotal y religiosa puede deberse a que no fueron iniciados en la escucha y en la respuesta. Quizá solo se les propuso una pantalla con imágenes en movimiento. Probablemente tienen mucha dificultad para el silencio, que permite la escucha y la reflexión interior. ¡Qué bien ha escrito San Lucas en su Evangelio, que la Virgen meditaba en su corazón!

F. Tejerizo, CSsR

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