Evangelio

San Mateo 28, 16-20

 

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos.”

Comentario

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

24 Mayo 2020

 

La celebración de la Ascensión del Señor es la misma y única celebración del Misterio de la Pascua del Señor. En realidad, el Misterio es solo uno, que pedagógicamente se despliega en sus contenidos a lo largo del ciclo anual. Apoyados en la celebración de este día, que brilla más que el Sol, hagamos tres reflexiones.

 

1. Confianza

 

Todas las cosas que los Discípulos vivieron en Jerusalén, y todas las vividas por nosotros en esta pandemia, fortalecen la confianza en Dios. En ellas, se descubre que Dios es quien realmente conduce la historia. Él, la puso en marcha y la culmina. La Ascensión de Jesucristo es la plenitud de su Misterio y de su vida histórica. Y todo, a pesar del Calvario, concluye muy bien. Por tanto, con esta confianza, y aunque el miedo tiene la capacidad de proteger, también se le puede hacer frente, para que no anule.

 

La confianza es mutua: también es de Dios. Él confía en el ser humano hecho a su imagen y semejanza. Por eso, desea contar con nuestra colaboración y envía a “hacer discípulos en todos los pueblos”. Pero, además, él sabe bien que los seres humanos pueden sobreponerse y superar etapas.

 

2. Acción creadora

 

Dios es creador y lo hace de la nada. Eso es algo que para nosotros resulta imposible. Dios, en cambio, actúa así. Y la Ascensión de Jesús es anticipo y anuncio de la terminación extraordinaria de aquello que Dios inició en el tiempo, en el espacio y en cada persona.

 

Mientras Dios lleva a término su proyecto, a nosotros nos corresponde “mirad al suelo”, tal y como se dice a los Discípulos en el momento de la Ascensión. En efecto, nada de desentenderse de la realidad, sino de atreverse a verla desde los planes de Dios, sin limitarse a las propuestas científico-técnicas, políticas, económicas... Se trata de mirad la realidad, como lo hace Dios, que desea que todo “ascienda” hasta su plenitud.

 

3. Proximidad

 

Jesús cumple su promesa: Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. Su presencia no es espectacular ni deslumbrante y no se impone por la fuerza de la evidencia. Él siempre está, sin prescindir de aquellas circunstancias, situaciones o personas que se le resisten. Él es una oferta permanente, que se hace más explícita en cada comunidad cristiana que se reúne en su nombre y celebra la Eucaristía. Así, se genera la unidad que realiza el cuerpo sacramentado del Señor. ¡Cómo se echó en falta en los días de confinamiento poder acercarse a la comunión sacramental!

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

 

San Juan 14, 15-21

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él»

DOMINGO 6 DE PASCUA, A

17 Mayo 2020

 

La Pascua no es el simple recuerdo de un acontecimiento histórico. Más bien, se trata de una experiencia espiritual. Eso quiere decir que, además de la evocación de la muerte y resurrección del Señor, el Espíritu del Resucitado actúa en su Iglesia y en cada uno de los bautizados. Esa acción, es cumplimiento del anuncio y promesa realizada por el Señor y que se encuentra en este pasaje del Evangelio. En efecto, con el Bautismo y la Confirmación –cuya celebración en Samaría se ha proclamado en la primera lectura (cf Hch 8, 5-8.14-17)- el Espíritu prometido por el Señor habita en cada uno “como en un templo” (cf 1 Cor 6, 19) y su actuación permite una triple experiencia, también recogida en estos versículos del Evangelio.

 

a) Experiencia de seguridad

 

Una seguridad, que brota de no percibirse solos, porque el Señor afirma que no dejará “huérfanos”. En estos momentos, resulta particularmente necesario sentir su cercanía, porque son muchos los que temen al virus, al contagio, al aislamiento y..., además,  ¡fueron tantos los que murieron sin tener nadie a su lado!

 

La actuación del Espíritu hace sentirse seguros ante la incertidumbre del futuro, porque el Señor volverá. Hace sentirse seguro de uno mismo, porque se descubre asistido por su fuerza. Hace sentirse seguro de los otros, con los cuales existe la unidad, que realiza su múltiple presencia. Y, finalmente, se tiene la seguridad de poder confiar en Dios, que nunca se desentiende de su obra, aunque sean densas las tinieblas.

 

b) Experiencia de inhabitación

 

Consiste en auto-percibirse habitado por Alguien que atrae, purifica y conduce, sin anular la propia libertad y capacidad de decidir. Entonces, se descubre que las cosas que se viven no son simplemente producto de la casualidad y que se siente el atractivo por Jesús, el deseo de escucharle, seguirle y colaborar en su misión. Surge así otra oportunidad, pues uno se sabe purificado y perdonado, para poder afrontar la propia edificación personal y no dejarse seducir por la mentalidad del mundo. Y, en tercer lugar, el empuje del Espíritu orienta siempre hacia adelante y capacita para sobreponerse ante las dificultades, sin dejarse derrotar por las limitaciones y fracasos personales.

 

c) Experiencia de novedad

 

Se trata de la novedad de Dios, que no tiene nada que ver con esta “nueva normalidad”, que se propone en estos momentos como consecuencia de la pandemia y que será obra humana y de intereses todavía desconocidos. Es la novedad que impulsa quien –como dice el Credo- es “Señor y dador de vida”. Su actuación genera una vida nueva en aquellos que viven conforme a los “mandamientos” y unas relaciones nuevas con quienes se atreven a vivir el mandamiento del amor y a practicar la caridad cristiana. De este modo, también surgen unas nuevas relaciones solo posibles en el seno de la comunidad cristiana. Por último, la novedad definitiva es poder vivir la esperanza de la Resurrección y de la Vida Eterna.  Hacia ella, se encuentra orientada e impulsada toda la realidad.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 14, 1-12

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre».

DOMINGO 5 DE PASCUA, A

10 Mayo 2020

 

Resulta un consuelo escuchar la palabra de Jesús que, especialmente en las circunstancias actuales, pide la serenidad del corazón: que no se os turbe, porque estoy preparándoos una morada. Puede parecer que no estoy, pero no es así, porque he querido poner mi morada entre vosotros. Y, todavía más, en cada uno de vosotros. Mi deseo es que donde yo esté, estéis también vosotros.

 

Es cierto que este pasaje del Evangelio se puede leer de manera futurista y también resulta un consuelo confiar en que, terminado el tiempo de cada uno, el Señor nos llevará a la Morada Eterna. Pero esa morada no es la única. Hay otras muchas moradas que el Señor prepara en el interior de cada persona. Así lo debió entender Santa Teresa de Jesús cuando escribió que “nuestra alma es como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas… y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma…” (Santa Teresa de Jesús 1M 1.3).

 

Basta con mirar el pasado de la vida personal, para descubrir en ella que el Señor nunca abandonó y que estuvo preparándose y preparándonos una morada en nuestro interior. Ese trabajo lo continúa actualmente, porque todavía no ha culminado su obra y seguimos necesitados de aprender a percibir su amor y aceptar su perdón y su presencia en cada cual. Tiene que seguir preparándonos como su morada, para que en lugar de vivir solamente en el exterior o en la superficie podamos acceder a la propia morada interior donde el Señor sosiega, consuela y sostiene.

 

Hay también otra morada donde habita el Señor y donde hemos sido introducidos por el Santo Bautismo. Se trata de la Santa Iglesia y Jesús es su piedra angular. En esa edificación, cada bautizado es piedra viva de una casa espiritual, un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios (cf 1 P 2, 9) Y esa morada, el Señor también sigue preparándola y embelleciéndola, para que sea su digna presencia y luz de las gentes.

 

Los Apóstoles son inicio de la Iglesia y en este pasaje evangélico Tomas y Felipe sirven de referencia, para cualquiera de quienes estamos en la comunidad cristiana.

 

Tomás pide a Jesús que le muestre el camino para ir a habitar con él, pero el Señor le hace descubrir, a él y a nosotros, que no hay que tener prisa, seguir una ruta o cumplir unas normas determinadas, sino que se trata de la adhesión a su persona. Es decir,  de identificarse con él y vivir con él, que no se desentiende de ninguno.

 

Felipe, por su parte, no quiere complicaciones y busca lo esencial: conocer al Padre. De nuevo el Señor se remite a sí mismo. Basta con verle a él, que es “imagen visible de Dios invisible” (Col 1, 15) En definitiva, que todo pasa por Jesús y por sus obras, que son también las del Padre. Ellas muestran el amor, la misericordia, la compasión de Dios… su modo de ser. Por tanto, se trata de ser compasivos y misericordiosos como Jesús y como  nuestro Padre Celestial (ct Mt 5, 48; Lc 6, 36).

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

San Juan 10, 1-10

 

En aquel tiempo, dijo Jesús: Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y, salir, Y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

DOMINGO 4 DE PASCUA, A

3 Mayo 2020

 

Cualquiera puede recordar en su vida el tiempo en que anduvo “descarriado como oveja” (cf 1 P.2, 25), hasta el momento en que el Buen Pastor le encontró y le orientó “hacia fuentes tranquilas” (cf. Sal 22).

 

El Buen Pastor es quien realiza la tarea de apacentar. Se trata de un encargo que Jesús deja a sus Discípulos. Ellos no son el Buen Pastor, pero sí participan de su tarea pastoral y le tienen como modelo.

 

Hoy es un día en que la Santa Iglesia agradece el ministerio de sus pastores, reza por ellos y pide al Buen Pastor para que suscite jóvenes dispuestos a prolongar y colaborar en su Misión.

 

Aceptar colaborar en la tarea del Buen Pastor conlleva un triple esfuerzo:

 

a) Realizar un tránsito, como el realizado por los Apóstoles al escuchar la llamada de Jesús. Consiste en pasar de ser pescador a ser pastor. El pescador saca los peces del agua, igual que el Buen Pastor saca de las aguas del Bautismo. El pastor saca a las ovejas del redil, como el Buen Pastor las saca, las conduce, las lleva a pastar y les hace superar los límites de un espacio cerrado, para permitirles el espacio abierto. Toda tarea pastoral reclama introducir en una vida nueva y superar la comodidad de la quietud del redil, para atreverse a caminar y abrirse a nuevos espacios.

 

b) No apropiarse. El Buen Pastor, no es ladrón. El ladrón pretende poseer y dominar aquello que no le pertenece. En cambio, el pastor se siente responsable de sus ovejas para atenderlas, cuidarlas, conducirlas y no explotarlas.

 

c) Guiar. Eso supone correr el riesgo de vislumbrar por anticipado, prevenir y proponer el rumbo más adecuado. Y las ovejas, confiadas, escuchan, porque tienen capacidad de escuchar y reconocer una voz, la distinguen de ruidos y palabrerías, y la siguen porque saben que pueden fiarse de ella.

 

El Buen Pastor también es la “puerta”. Una puerta, que es estrecha y exigente como todo lo valioso, pero que permite:

 

a) Entrar, en uno mismo, en la propia interioridad, allí donde pasan y se viven las cosas de “mucho secreto”. Entrar, en el horizonte de la fe y de la eternidad, que es la propuesta de Jesús, y que lleva a “habitar en la casa del Señor por años sin término” (Sal 22) Entrar en la Iglesia, donde el Buen Pastor entrega su mismo cuerpo hecho pan para “reparar las fuerzas”. Y, finalmente, entrar en el mundo y en la realidad social, política y económica sin miedo, porque el Buen Pastor no abandona nunca, aunque se “camine por cañadas oscuras” (Sal 22).

 

b) Atravesar la puerta, consiste en pasar de un espacio a otro. Traspasar el umbral de la Puerta de Jesús conlleva aceptar que en la vida hay momentos de tránsito, que señalan un antes y un después. La Cruz fue para Jesús, para la Virgen y para sus Discípulos un instante cumbre de inquietud y de novedad. Para el Apóstol Santo Tomás, su pretensión de tocar las llagas curadas del Señor, también señaló un momento crucial en su fe. El encuentro con Jesús en la Cena de Emaús, determinó la orientación de los dos discípulos que abandonaban. En definitiva, aceptar la iniciativa de Jesús en la propia vida, siempre es determinante y decisivo para la propia vida y el propio futuro.

 

c) Cruzar la puerta supone participar de una Misión, que es la misma del Señor y que permite estar en medio de la realidad como “sal y luz del mundo” (cf Mt 5, 13-14). Es aceptar el riesgo de no ser cristianos anónimos en nuestra sociedad y atreverse a iluminar el presente con la Palabra del Evangelio.

 

En estos momentos que vivimos, cuando caminamos por las “cañadas oscuras” de la pandemia, quienes reconocemos la voz del Buen Pastor sabemos que podemos confiar en su presencia que no abandona, porque “su bondad y misericordia acompañan todos los días de la vida” (Sal 22) y que Él conduce toda la realidad para que tenga “vida y vida abundante”.

 

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 24, 13-35

 

Aquel mismo día (el primero de la semana), dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén nos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

DOMINGO 3 DE PASCUA, A

26 Abril 2020

 

En este tercer domingo de la Pascua y confinados, el querido relato de los Discípulos de Emaús supone una oportunidad extraordinaria para adentrarse en el Misterio de la Pascua y, precisamente, de esta Pascua de 2020.

 

San Lucas ha redactado un relato en tres actos, que resulta muy revelador, no solo por la Divina Inspiración que asiste al autor,  sino acaso por transmitir la experiencia personal del mismo evangelista. En efecto, algunos biblistas se han aventurado a señalar que el discípulo sin nombre que acompaña a Cleofás camino de Emaús es el mismo San Lucas.

 

Veamos cada uno de los actos o escenas del relato.

 

1. Camino de Emaús.

 

Los discípulos que se marchan de Jerusalén están agotados, después de todas las cosas duras que han vivido. Resulta fácil identificarse con ellos. Se trata de una experiencia que tiene cualquier bautizado, que ve cómo se le agotan las fuerzas, se debilita su esperanza, crece el miedo –un miedo que puede ser protección, pero que también puede ser huida, aislamiento y parálisis- y aparece la tentación de la nostalgia.

 

Jesús se presenta a los dos viajeros de modo impertinente. ¿Quién le manda meterse en una conversación de otros? Se trata de una intromisión que siempre resulta molesta. Quienes somos cristianos podemos recordar situaciones vividas donde el Señor se presentó de improviso en la vida, con dificultad para reconocerlo, y realizando propuestas impertinentes. Pero el Señor nunca abandona, ni siquiera cuando sus discípulos se retiran o le abandonan. Él sabe tener paciencia y aguardar a que las cosas maduren.

 

Cleofás –acaso el esposo de aquella otra María, que acompañaba a la Virgen junto a la Cruz- responde a la impertinencia  como cualquiera hubiera hecho: ¿es que no te has enterado…? También podría haberle dicho: ¿y a ti que te importa nuestra conversación?; ¿por qué te metes en nuestro camino?

 

2. La Cena en el Camino

 

Se trata de una cena de peregrinos, improvisada en la noche y con lo suficiente para reponerse y proseguir la ruta. No es una fiesta, ni una cena cotidiana, ni familiar… Es una cena pascual, nocturna, con viandas precipitadas y rápida, porque no hay tiempo que perder…

 

Jesús es invitado a compartir la comida. Él tiene la capacidad de transformarla  igual que hizo el Jueves Santo con la Cena de la Pascua. Su presencia es de amigos: “no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Pero, además, descubre que es más que un simple compañero de viaje. Su presencia es apetecible: “Quédate con nosotros” y sus palabras hacen que el corazón se cure y se “encienda”

 

3. El camino de vuelta

 

Durante la cena, el invitado parte el pan y lo reparte. Tuvo que hacerlo de la misma manera en que ya lo había hecho anteriormente. Acaso se atrevió a decir las mismas palabras y repetir el mismo encargo: “haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19).

 

A los Discípulos se les abren los ojos. Y Jesús desaparece porque ya le pueden ver en su nueva presencia: en el Pan. La cena les hace recuperar las fuerzas y, aunque es de noche, superan el cansancio y el temor. Entonces afrontan el riesgo y se ponen de viaje nuevamente, pero con un destino diferente. Llegan a Jerusalén y allí pueden contar su Evangelio a quienes anuncian la Resurrección. Su mensaje es: en el Pan, partido y repartido, está realmente el Señor.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 20, 19-31

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

DOMINGO 2 DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Octava de Pascua. Domingo de la Divina Misericordia

19 Abril 2020

 

Este pasaje evangélico resulta especialmente consolador en la situación histórica de pandemia que vivimos. Las heridas abiertas del Señor permiten la identificación con él. Como él, también tenemos heridas abiertas. Y nuestra sociedad constata en estos momentos, al menos, tres heridas: emocional, económica y política. Las tres van a prolongarse en el tiempo y afectarán a la historia de la humanidad. En realidad, igual que las heridas del Señor.

 

La herida emocional alcanza a tantos que han muerto, a sus familias y a quienes les pudieron atender. Es imposible mantenerse sin dejarse inquietar por las cifras aterradoras de una mortandad tan enorme. Los Discípulos también se vieron emocionalmente alterados ante la crueldad de la pasión y muerte del Señor.

 

Económicamente, las consecuencias predecibles de la epidemia van a originar numerosas situaciones de mayor vulnerabilidad. También los Discípulos sufrieron esa fragilidad con la entrega de Jesús por treinta monedas.

 

Políticamente, se comprueba la insuficiencia de los dirigentes de las naciones para hacer frente una realidad tan desbordante. Igualmente, los Discípulos conocieron la incapacidad de las autoridades civiles y religiosas de Jerusalén, para afrontar la injusticia de la crucifixión de Jesús.

 

Hay muchas heridas abiertas. Cada cual tiene las suyas: sus pecados, miedos, incoherencias, incertidumbres, desorientaciones… Hay heridas en la fe, las relaciones, las familias, la Iglesia, los pueblos… En definitiva, existen muchas heridas abiertas en la Historia de la Humanidad.

 

El Apóstol Santo Tomas proporcionó un triple testimonio valiosísimo:

 

a) El testimonio de su fe herida y de su persona cerrada. Sus vacilaciones suponen una defensa: ha sufrido y eso le lleva al aislamiento, el recelo y la búsqueda de garantías. Es algo que también afectaba a los demás discípulos. Por dos veces dice este pasaje del Evangelio que estaban encerrados. Es posible reconocerse actualmente así: confinados, aislados, asustados...  Y también es fácil identificar tantas dudas, vacilaciones y rechazos a Jesucristo.

 

b) El testimonio de las llagas del Señor. El Apóstol Tomás hizo un gran servicio al pretender tocar las heridas del Maestro. Así se pudo conocer que el Resucitado era el mismo Crucificado y que la experiencia de resucitar no anula la identidad personal. Junto a ello, también se puede descubrir que las huellas de la Pasión están abiertas, pero que dejaron de sangrar y estaban sanadas. Santo Tomás, sin llegar a tocar a Jesús, pudo sentir que el Maestro, sin quitarlas, le sanaba en sus heridas. Su presencia, que no se impone y que respeta el ritmo da cada persona, tiene esa eficacia: sanar, perdonar, salvar y abrir los corazones endurecidos.

 

c) El testimonio de Dios es su misericordia. Porque es bueno y porque es eterna su misericordia, dejó su condición divina, se abajó hasta ser uno de tantos y compartió la muerte como cualquier ser humano. El Eterno e Inmortal, quiso pasar por la misma experiencia de fragilidad, derrota, muerte y sepultura que cualquier ser humano. Quiso sentir aquello mismo que los humanos, creados a su imagen y semejanza, experimentan. Y al Tercer día, o al día Octavo, en el tiempo eterno e incontable de Dios, se levantó del Sepulcro. Sus heridas, abiertas, pero sanadas, son el signo de la fe y la esperanza cristiana. Con razón anuncia la Santa Iglesia: “sus heridas, nos han curado” (2 P 2, 24). Su misericordia es tan grande que sigue haciéndose presente en su Iglesia, especialmente en el Sacramento de la Eucaristía, y en la vida de aquellos que, como Santo Tomás, se atreven a decirle “Señor mío y Dios mío”.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

San Juan 20, 1-9

 

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y le dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.” Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

12 Abril 2020

 

Muy feliz Pascua del Señor.

 

Damos gracias al Señor, porque es bueno y porque es eterna su misericordia. La Comunidad Cristiana celebra y anuncia, como hizo a lo largo de los siglos y en las más variadas circunstancias, el Misterio del Señor Resucitado.

 

Este pasaje de la aparición del Señor a Santa María Magdalena y el hallazgo del Sepulcro Vacío –vacío y cerrado estuvo hoy en Jerusalén- , me lleva a considerar tres experiencias fruto de la Pascua de 2020. Una personal, otra eclesial y otra social.

 

a) Vio y creyó

 

Eso es lo que dice el Apóstol Juan de sí mismo. Y esa es también su propuesta para vivir la Pascua de modo personal. Se trata, después de todo lo vivido en estos días, de atreverse a mirar la realidad con la luz de la fe en el Señor Resucitado, vencedor del pecado y la muerte. De esa forma, crece la confianza en que toda crisis es una oportunidad. La Cruz de Jesús –terrible crisis vivida por el Apóstol San Juan junto a la Virgen en el Calvario- ahora, al entrar en el Sepulcro Vacío, le permite mirar e interpretar todo lo sucedido de manera distinta. Ahí está también nuestra Pascua: esforzarnos en mirar con luz pascual, para descubrir que el Señor no abandona jamás.

 

b) Entró en el Sepulcro

 

Quien lo hace primero es el Apóstol Pedro. Así, supera aquel miedo que le hizo negar al Maestro. Ahora, en cambio, se atreve a introducirse en la tumba.

 

Pedro siempre representa a toda la Iglesia. Él, como la Comunidad Cristiana, al afrontar sus temores, descubre que el día de la Resurrección es el “Día Primero”. En efecto, para Pedro muchas cosas cambiaron desde aquel momento y para toda la Iglesia cada Pascua es el primer día de algo nuevo puesto en marcha por el Señor.

 

La experiencia de esta Pascua de 2020 ha supuesto para las diversas comunidades cristianas el desafío de alterar muchas cosas y tomar decisiones urgentes. Esas situaciones extremas son ocasiones de actualización y causa de creatividad. En consecuencia, es posible que muchas decisiones precipitadas, y la novedad que hayan originado, se conviertan en referencia de algo permanente y revitalizador. Seguro que será así para tantas familias cristianas. Del mismo modo, las imágenes del Papa y de sus celebraciones solitarias han hecho valorar su ministerio de al servicio de la unidad y capaz de convocar a todos los cristianos para una oración común. Por último, la Comunidad Cristiana se ha visto confinada como estuvieron los Apóstoles después de la muerte del Señor. Ha sentido el miedo y la responsabilidad de sentirse encerrada. Pero también ha experimentado y ha padecido el intento de cierta mentalidad laicista que desea forzarla y deducirla al silencio, al ámbito privado o a templos vacíos.

 

c) No había entendido las Escrituras

 

Eso es lo que dice de sí mismo San Juan en este pasaje de su Evangelio. A nivel social, sabemos que se trata de una afirmación de mucha actualidad en un mundo prepotente, que ha sido derrotado. La Resurrección de Jesús también fue la derrota de Pilato y de las autoridades de Israel. Hoy un virus ha vencido, a nivel mundial, la arrogancia del poder político, de la ciencia y la economía. Junto a ello, apareció la doble necesidad de la unidad y la confianza. Unidad, porque si cada país actúa por separado y defiende solo sus intereses, el número de las víctimas inocentes será impredecible. Y confianza, porque en caso contrario, solo crecerán los recelos, la falta de cooperación y el autoritarismo impositivo. Todo ello, es claramente contrario al mensaje de las Sagradas Escrituras.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 18, 1 - 19, 42

 

Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que se cumpliera la Escritura dijo: Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: Está cumplido. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Y al punto salió sangre y agua Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día solemne, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán un hueso”; y en otro lugar la Escritura dice: “Mirarán al que atravesaron”. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo clandestino de Jesús por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura dé mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo vendaron todo, con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

VIERNES SANTO

10 Abril 2020

 

Este Viernes Santo de 2020 hay casi 16.000 fallecidos por la epidemia de coronavirus en España. El sinsentido de la muerte, va acompañado del dolor por la separación y de un silencio estremecedor. Siempre pone de manifiesto la limitación y finitud del ser humano. La Cruz de Jesús hoy, de manera particular, se identifica con tanta muerte, dolor, silencio y sinsentido como se está viviendo. Y ante la ella, la liturgia invita: “Mirad el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la Salvación del mundo. Venid, adorarlo”. Miramos, pues, la Santa Cruz, y eso permite descubrir las tres miradas siguientes.

 

a) Mirada social

 

Se trata de la mirada de todos los que asistieron a la Pasión y Muerte de Jesús. Fue una mirada que constató la terrible humillación de Jesús,  hizo visible la incapacidad de las autoridades que le condenaron y supuso una inmensa decepción para los Discípulos, cuyas expectativas fracasaron.

 

Ante tanta muerte actual, también caben esas tres miradas: una que lleva a comprobar la humillación que supone esta epidemia para la arrogancia prepotente y científica actual. También permite adentrarse en la insuficiencia de las autoridades contemporáneas y de su insolvencia para hacer frente a la situación. Y para todos, es un gran dolor y una decepción enorme.

 

b) Mirada de fe

 

Es la mirada de la Santa Iglesia, que en la liturgia invita a mirar la Santa Cruz. Una fe que descubre la culminación del proceso de Jesús. Él se despojó de su condición divina para asumir la realidad humana con todas las consecuencias. Su muerte en la Cruz le despoja también de su condición humana y queda reducido al sepulcro, a la nada. Se trata, como dice el Credo, de su descenso a los infiernos.

 

La fe también sabe que quienes son discípulos de Jesús no tienen un camino distinto al suyo. Ningún discípulo es más que el Maestro. Seguir sus huellas es caminar por una senda estrecha y atravesar una puerta angosta. Supone perder la vida, para ganarla. Es realizar un ascenso al Monte Calvario unidos al Señor, para que llegados a la cumbre, no exista éxito, ni prestigio, ni fama, ni poder, ni recompensa, ni nada de cuando aprecia el mundo. Allí, en la cumbre y con Jesús, la nada. Entonces, cuando se ha entregado todo, el protagonismo es de Dios y solo cabe abandonarse a su Divina Voluntad.

 

c) Mirada de Dios

 

Dios no abandona nunca y se inclina sobre el Calvario, sobre el mundo y sobre la pandemia actual. Y cuando todo ha terminado y ya no queda capacidad humana, todo lo cambia y lleva a su culminación. Entonces, la Cruz es camino de resurrección. Sin Cruz hubiese sido imposible la resurrección. Las heridas del Crucificado se cambian en heridas de vida, que están abiertas, pero que no sangran.

 

En este Viernes Santo, el mundo necesita confiar en la mirada de Dios, que lo conoce todo y cuyos planes son de Salvación. El protagonismo de la Historia no es humano, sino que corresponde a Dios. Por tanto, podemos mirar el árbol de la Cruz, donde estuvo clavada la Salvación del Mundo. Una salvación que consiste en confiar totalmente en Dios, que nunca abandona.

F. Tejerizo, CSsR

San Juan 13, 1-15

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido. Llegó a Simón Pedro y éste le dijo: Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? Jesús le replicó: Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le contestó: Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Simón Pedro le dijo: Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos." (Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: "No todos estáis limpios". Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "El Maestro" y "El Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

JUEVES SANTO

9 Abril 2020

 

El Misterio del Jueves Santo siempre desborda y supera. Y esa experiencia se acentúa este año en que lo vivimos de forma imprevisible. Eso también ocurrió a los Discípulos, que tampoco pudieron prever ni sospechar la realidad y efectos del primer Jueves Santo de la Historia. Ellos y nosotros podemos coincidir en los tres siguientes sentimientos:

 

a) Admiración

 

Por aquello que el Señor hizo y entregó. ¿Cómo se le pudo ocurrir lavarles los pies? ¿Cómo se atrevió a identificarse con el pan y con el vino? Pero, todavía más, ¿cómo se atrevió a invitar a comer su cuerpo y beber su sangre? Hay, pues, dos realidades: la identificación de la realidad personal del Señor con las especies eucarísticas y la comunión que se realiza por medio de ellas. Ambas cosas son difíciles de asumir e introducen en un Misterio, que solo se puede aceptar y vivir como una decisión personal, y después de haber escuchado y reconocido la fuerza de la Palabra de Dios. Una palabra que, además de humana, es divina y descubre aquel Misterio que el ser humano por sus solas fuerzas no puede alcanzar. Los Doce escucharon esa Palabra con asombro y sin llegar a adentrarse en su significado. La recibieron de los mismos labios del Señor, que les encargó hacer su memorial, y nosotros, la hemos acogido de la Iglesia según la enseñanza de San Pablo: “os transmito lo que recibí”. Hoy actualizamos ese encargo de Jesús.

 

b) Agradecimiento

 

A los mismos discípulos les costó trabajo vivir la realidad de la Eucaristía. Necesitaron que, después de la Resurrección, el mismo Señor repitiera el gesto de partir y repartir el pan en sus apariciones. Entonces, se les abren los ojos, como a aquellos que caminaban a Emaús, le reconocen, se llenan de alegría y regresan a Jerusalén, donde la primera comunidad cristiana ya es una Iglesia Misionera que anuncia: “Verdaderamente ha resucitado el Señor.” Por tanto, en cada Eucaristía brota el agradecimiento de sentirse en comunión con el Señor y con los otros que también comulgan. Una unidad que otorga el perdón, concede su fuerza y destina a la eternidad. En este Jueves Santo podemos sentir hambre del Pan del Señor. Un pan, que hace posible la comunión y que no se puede suplir ni con la Comunión Espiritual, ni con las transmisiones pasivas de televisión o internet, ni siendo creyentes no practicantes. Y también podemos echar en falta a la comunidad cristiana, a los hermanos concretos, con los cuales celebramos cada Domingo la Eucaristía y les damos la paz.

 

c) Adoración

 

El Misterio de la Eucaristía desvela la realidad de un Dios que no ha querido ser ni distante ni indiferente del ser humano. El Creador deseó compartir con su obra toda su realidad. Se abajó, dejó su condición divina, se hizo pan y se hace carne en cada uno de los que comulgan, a pesar de la indignidad que tengan. Ante tal prueba de amor –porque el amor tiene la capacidad de unir a quienes se aman-, solo cabe la adoración por la proximidad divina. Y una adoración que es interior, allí en lo más profundo de cada uno, donde él ha querido poner su morada. Este año la Comunidad Cristiana no podrá adorar al Señor en la Reserva Eucarística, pero cada bautizado, por la fuerza del Espíritu Santo, podrá hacerlo en su propio corazón, y recordar aquel Sagrario donde Jesús está reservado y nos espera cuando esta epidemia termine.

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 21, 1-11

 

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles: Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto. Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: "Decid a la hija de Sión: 'Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila'." Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo! Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:¿Quién es éste? La gente que venía con él decía: Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea

DOMINGO DE RAMOS, A

5 Abril 2020

 

Vivimos un Domingo de Ramos que resulta muy extraño. El primero de la historia también fue raro para Jesús, para sus discípulos, para la gente que lo aclamó, para las autoridades de Israel… Y eso, por imprevisto, inesperado, impactante, sorprendente… Total, como el de este año, donde las previsiones fallaron y lo tradicional se ha suspendido… Los vítores que Jesús recibió fueron pasajeros y propios de una mentalidad mundana, que confunde la gloria con la fama. La entrada de Jesús en Jerusalén despertó expectativas humanas, políticas y sociales. Todas, breves. No eran las expectativas del Señor y él no hizo mucho caso de una gloria, fama y prestigio mundano, breve y pasajero.

 

La glorificación de Jesús fue su elevación en la Santa Cruz. Su Pasión, proclamada por la Iglesia, es su gloria. También se trata de un acontecimiento histórico significativo para la realidad humana y que se remite a una realidad de fe.

 

a) La realidad humana

 

La lectura de cada de las escenas de la Pasión permite descubrir en sus personajes tres experiencias:

 

Incertidumbre: ¿Y ahora qué pasará? ¿Qué pasará con Jesús, con su mensaje, con sus discípulos…? Y hoy… ¿qué pasará con la epidemia actual? ¿Y después?

 

Indefensión: nadie está de parte de Jesús. Solo, abandonado y con miedo. Sus discípulos, igual: aislados, acobardados, escondidos… Nuestra experiencia actual: aislados, confinados, asustados…

 

Vulnerabilidad: esa es la verdad humana. Y Jesús comparte esa condición. Frágiles y débiles. Un virus, salido de no se sabe dónde, acaba con miles de vidas humanas.

 

b) La realidad de fe

 

La posibilidad de la fe cristiana lleva a la condición humana a un más allá, que permite vivir esas experiencias como oportunidades.

 

La incertidumbre, se convierte en esperanza, porque pase lo que pase –aunque pase la Cruz-, Dios transforma toda oscuridad en luz y salvación.

 

La indefensión, se vive con la confianza de la fe, que sabe que Dios nunca abandona.

 

La vulnerabilidad hace reconocer la propia verdad y orienta a la caridad y al cuidado servicial de los demás, como Jesús que lavó los pies de sus amigos.

 

c) La proclamación de la Pasión

 

La Santa Iglesia, que vive estas experiencias desde sus inicios, realiza una lectura del acontecimiento de la Pasión de su Señor y hace una interpretación que expresa con las siguientes palabras en el Prefacio de la Misa del Domingo de Ramos:

 

“El cual siendo inocente,

se entregó a la muerte por los pecadores,

y aceptó la injusticia

de ser contado entre los criminales.

De esta forma,

al morir, destruyó nuestra culpa,

y, al resucitar, fuimos justificados.”

F. Tejerizo, CSsR

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