Evangelio

 

San Juan 20, 19-23

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Comentario

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, B 

20 Mayo 2018

 

La solemnidad de Pentecostés, con la que culmina la Pascua, reza con la liturgia, para pedir que el Espíritu Santo siga realizando hoy en el corazón de los fieles los mismos prodigios que hizo al inicio de la predicación evangélica.

 

Esos prodigios son fruto del encuentro del Espíritu del Señor Resucitado con el espíritu de los Discípulos: también, con nuestro espíritu. Algo, que solo los seres humanos sentimos: nos sabemos y descubrimos espirituales.

 

Y el Santo Espíritu, pone su morada en el interior de los bautizados y confirmados. Desde ese “adentro” realiza su obra como Señor y dador de vida. Así, santifica e impulsa la vida, para que ningún bautizado se conforme con una existencia mediocre, tibia o lánguida.

 

El Espíritu del Señor está en lo más íntimo de cada uno. Ahí donde se encuentra la originalidad e identidad personal, que Dios puso en cada uno en el momento de la creación. Y desde ese lugar impulsa, para que del interior personal aflore lo mejor y más propio de cada cual, de modo que nadie desgaste sus energía en el intento de ser quien no es o se convierta en una simple copia. De esta forma, el Espíritu colabora con el espíritu humano para que nadie sea quien no es o se vea reducido a formar parte de una masa –mayoría, quizá- anónima y despersonalizada.

 

El Espíritu fortalece interiormente para llevar al más allá. Al más allá de la muerte, de las relaciones interpersonales, de las propias obras y de uno mismo. Por eso, abre a la esperanza de la resurrección, genera las relaciones fraternas en el interior de la Iglesia, llama a colaborar con los planes del Señor y convierte en amigos de Jesús, dispuestos a seguirle y continuar su obra.

 

Por último, el Espíritu Santo pone en contacto con la totalidad y libera de las visiones parciales, fragmentarias, breves y acaso intensas. El Espíritu hace percatarse del conjunto de la propia vida, de la totalidad y universalidad de la Iglesia y del Reino de Dios, que se realiza en la Historia de la Humanidad. Por ello, no interesa tanto un pecado, una diversión, una conquista, una enfermedad, un éxito, un descubrimiento, un pecado, un atentado, un error… Lo importante es la totalidad, donde, aunque existan contradicciones, el Señor culmina sus proyectos en cada uno, en su Iglesia y en la Historia de la Humanidad.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

 

 

San Marcos 16, 15-20

 

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR, B 

13 Mayo 2018

 

El Misterio de la Ascensión del Señor no es un misterio nuevo, separado del Misterio de la Pascua. En realidad, el Misterio de la Fe es solo uno, del mismo modo en que Dios también es uno.

 

Y el Misterio central de la Fe es Jesucristo, muerto y resucitado. Si eso es posible y se cree así, todo lo demás se refiere a ese centro y resulta fácil aceptar.

 

Este pasaje evangélico presenta tres desafíos propios del Misterio Pascual:

 

a) La salvación

 

El texto afirma que quien crea se salva. Esa afirmación no ofrece dificultad. La segunda parte, no resulta del agrado de la mentalidad contemporánea: El que se resista a crecer, se condena. No se refiere a quien no tiene fe o no ha conocido a Jesucristo. Al contrario, alude a quienes se resisten… Y hoy, esos son muchos. Quizá venga bien recordar que resistirse a la fe y no apreciar el don que se ha recibido tiene consecuencias. En efecto, la fe se puede perder, la salvación también y la felicidad igualmente. Acaso salvación y felicidad no sean muy lejanas una de otra.

 

b) Tocar el mal

 

Es un signo de los Discípulos de Jesús. Consiste en continuar su obra sin miedo: tocar el mal, el pecado y la enfermedad, para sanarlos. Y para afrontar esa tarea se precisa confiar en el Señor, porque la obra es suya y él nunca abandona y culmina estupendamente sus proyectos. A lo largo de los siglos este atrevimiento de tocar el mal y transformarlo ha sido elocuente en la vida cristiana. Tal vez no sea preciso recordar la eficacia de la caridad cristiana en favor de los más necesitados y la ingente obra misionera en tantos países del mundo.

 

c) Predicar

 

La Ascensión del Señor supone también el envío a anunciar el Evangelio. En nuestra realidad, eso reclama proximidad a la personas y a sus realidades vitales. Capacidad para escucharlas, más que para convencer. Y finalmente, intuición para saber orientar en medio de tantas situaciones desconcertantes. Hay palabras que si los cristianos no aportamos, se quedarán sin decir y entonces faltará una orientación, que nuestro mundo y tantas personas aguardan.

F. Tejerizo, CSsR

 

San Juan 15, 9-17

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros».

DOMINGO VI PASCUA, B 

6 Mayo 2018

 

El mandamiento del amor ha sido un auténtico desafío para la comunidad cristiana a lo largo de los siglos. Por él, los cristianos fueron reconocidos y denunciados. Se les reclamó su cumplimiento y, en muchas ocasiones, se convirtió en motor de la transformación de la sociedad.

 

Veamos ahora tres posibles lecturas del pasaje evangélico:

 

a) Personal

 

El Señor afirma en el Evangelio su iniciativa. En efecto, es él quien elige. Podría actuar sin la colaboración de nadie y tener en cuenta a ninguno, pero, en cambio, ha decidido elegirnos. En una realidad de tanta autosuficiencia e individualismo como la nuestra, estas palabras del Señor son un motivo de agradecimiento, por haber querido contar con nosotros. Y, al mismo tiempo, son un reclamo para aceptar que cualquier iniciativa nuestra, en realidad, está sostenida por él, en quien somos, nos movemos y existimos.

 

b) Social

 

El Señor tiene el atrevimiento de convertir un sentimiento en norma. ¿Cómo se puede exigir el amor? En nuestra realidad donde las leyes se exigen por la fuerza y se interpretan, cambian o formulan según las mayorías o los intereses políticos o económicos, la propuesta del Evangelio permite descubrir otra posibilidad: cabe una norma que brota desde el interior de la persona y cuya exigencia externa es inviable. Seguro que se trata de una alternativa, que podría originar otros modos de relaciones sociales y convivencia humana.

 

c) Religiosa

 

El Señor llama amigos. Su propuesta religiosa no es una relación de vasallaje o sometimiento. No se trata de una relación de opresión sino de libertad. De una libertad de amigos, que saben identificarse y asumir la misma voluntad. Es decir, porque eres mi amigo, quiero hacer aquello que te agrada. Porque somos amigos de Jesús, compartimos su voluntad. Nuestra fe cristiana hace posible una relación de amigos cuyas voluntades se identifican.

 

F. Tejerizo, CSsR

 

San Juan 15, 1-8

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos».

DOMINGO V PASCUA, B 

29 Abril 2018

 

Nuestra mentalidad eficacista y mercantilista puede valorar como lo más importante de este pasaje evangélico la productividad de los frutos. Es cierto que, como dice el texto, con ellos recibe gloria el Padre. Pero lo frutos siempre son perecederos, se deterioran y dan lugar a un nuevo ciclo.

 

En cambio, aquello que hace posible el fruto es algo no evidente. Se trata de la savia que recorre y alimenta la vid. Sin ella, falta la vida y la posibilidad de cualquier fruto.

 

El Santo Bautismo puso en cada bautizado y el toda la Iglesia la vida interior del Espíritu Santo que, como la savia, recorre por dentro y vivifica. De él se dice en el Credo que es Señor y dador de vida.

 

Esta vida interior, puede ignorarse o pasar desapercibida, igual que la savia no es evidente. Sobre ella no merece la pena dedicar tiempo a discutir ni polemizar. Simplemente hay que prestarle atención, para que no pase desapercibida. Así, será posible ser conscientes de ella.

 

Esa vida interior precisa de cuidados. Algo que hace el Señor, que es el viñador. Con él se colabora cuando se le permite realizar la poda oportuna. Se trata de algo que se rechaza en nuestra realidad del bienestar o postbienestar y la comodonería, que se inclina a prescindir de todo sacrificio y exigencia. Así, se pretende vivir una vida cristiana de rebajas y consentimientos. Sin embargo, todas las realidades valiosas siempre reclaman un esfuerzo.

 

Finalmente, la savia –la vida interior- hace posible que broten nuevos sarmientos: distintos, unidos entre sí y a vid y con diferentes posibilidades. No se puede prescindir de ninguno de ellos y su unión y complementariedad hacen visible, no sólo la belleza de la planta, sino la generatividad de su valiosa vida interior.

F. Tejerizo, CSsR

 

San Juan 10, 11-18

 

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

DOMINGO IV PASCUA, B 

22 Abril 2018

 

Conforme la primera comunidad cristiana se aleja temporalmente de la experiencia pascual y se extiende por distintos lugares, siente la necesidad de descubrir cómo se hace presente en su seno el cuidado del Buen Pastor. Los obispos y los sacerdotes serán identificados con esa función y en el seno de la comunidad cristiana aparecerá la necesidad de una “tarea pastoral”, que implica también a catequistas, padres de familia, educadores cristianos y otros.

 

En el centro de este texto evangélico hay una afirmación que me permite reflexionar sobre la función de cualquier pastor de la Iglesia. Se dice que Jesús conoce a las suyas (sus ovejas, se entiende). Y precisamente en dicho conocimiento está formulado el desafío para cualquier sacerdote o persona que participe en la tarea pastoral.

 

En efecto, conocer, supone tres cosas: proximidad, escucha y orientación. Veámoslas.

 

a) Proximidad

 

Solo se puede conocer si se está cerca de las personas. Y no de cualquier manera. Hace falta una proximidad que permita entender sus problemas. Se trata de estar al mismo nivel, como cuando uno habla con un niño y se abaja a su altura. De esa manera, el otro es un semejante, no un inferior, al que se puede atender como el Buen Samaritano, para proporcionar recursos que curen sus heridas.

 

b) Escucha

 

Colocados a la misma altura, hay que saber escuchar a las personas y conocer los detalles de las situaciones que viven. Se trata de una escucha profunda, atenta y delicada, capaz de iluminar los acontecimientos con el resplandor de la fe y de dejarse sorprender por la acción peculiar del Espíritu Santo en cada cual.

 

c) Orientación

 

Después de escuchar quizá sea necesario orientar, sobre todo si se viven situaciones complejas. Para ello, hay que tener un lenguaje adecuado y saber usar palabras oportunas. Es decir, palabras que sirvan de guía y ayuda, pero, también, que provoquen inquietud, para superar la inclinación a la instalación, el confort o la comodonería.

 

Nuestra Iglesia necesita hoy de este ministerio pastoral. Sacerdotes, jóvenes dispuestos a serlo, y personas que tomen parte en esta misión, que sean capaces de estar cerca de las personas, escucharlas y ofrecerles palabras que orienten e inquieten. Total, pastores, según el modelo del único pastor, el Señor Jesucristo Resucitado.

F. Tejerizo, CSsR

 

San Juan 20, 19-31

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.»

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.»

Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»

Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!»

Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

OCTAVA DE PASCUA LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, B 

Domingo II de Pascua, B

8 Abril 2018

 

Resulta una gran alegría escuchar las palabras de Jesús, que nos describen a los cristianos de hoy y que “hemos creído sin haber visto”. Bienaventurados, nos llama el Señor.

 

El Apóstol Tomás, es protagonista cada año del último día de la Octava de Pascua. Su testimonio resulta valiosísimo; pero, además, él puede ayudar a identificar tres realidades, de suma actualidad y que son un obstáculo para vivir la fe pascual. Veamos:

 

a) Individualismo

 

El Señor acontece, fiel a su palabra, en su Iglesia: allí donde están reunidos en su nombre. Por tanto, sin Iglesia, no se accede al Señor. ¿Dónde estaba Tomás cuando se presentó el Señor en el atardecer del día de la Resurrección? No lo sabemos, pero, ciertamente, no con los otros diez. Esta ausencia permite identificar a tantas comunidades cristianas –grupos, movimientos, cofradías, parroquias o familias- donde siempre falta alguien, que se sitúa fuera, al margen u ocupado en otras tareas. Siempre hay alguien que piensa que no necesita a la comunidad cristiana y que puede vivir la fe de modo individualista, disintiendo de la comunidad o –como está de actualidad- siendo creyente en Dios y no en la Iglesia.

 

b) Autosuficiencia

 

El Apóstol Tomás quiere a comprobar por sí mismo la Resurrección. Se trata de una actitud muy actual. Siempre hay en cualquier comunidad cristiana alguien que lo ha investigado todo, que ha estudiado más y leído las últimas publicaciones de algún teólogo de moda.

 

c) Sospecha

 

A Tomás no le basta el testimonio de los otros. Desconfía de ellos y hasta de sí mismo. Por eso, quiere palpar las heridas del Señor. Menos mal que ante el Señor no desconfió y se dejó vencer por la presencia de su cuerpo y sus heridas

 

Santo Tomás tuvo fe suficiente para adorar al Señor. Pero sus tres  actitudes, que pueden afectar a todo creyente, supone perder las tres realidades que presenta el comienzo de este pasaje del evangelio.

 

El individualismo, es enemigo de la paz deseada por el Señor, porque conlleva división y enfrentamiento.

 

La autosuficiencia, impide reconocerse pecador y aceptar el perdón ofrecido por el Resucitado al comunicar su Espíritu.

 

Y finalmente, la sospecha, lleva a dudar de la fe y a perder el cuerpo del Señor, especialmente en la Eucaristía.

 

¿Acaso no se descubre en este pasaje, gracias a Santo Tomás, mucho de lo que vivimos hoy en cualquier comunidad cristiana?

F. Tejerizo, CSsR

 

San Juan 20, 1-9

 

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue a donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y le dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos.

SOLEMNIDAD DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR, B 

Domingo 1 Abril 2018

 

Este pasaje del Evangelio permite identificar tres experiencias pascuales, según los tres personajes que aparecen en el relato y con las que es posible identificarse.

 

a) Experiencia de Juan

 

San Juan conoce bien a Jesús. Sólo él ha tenido el conocimiento íntimo, que le permitió reclinar su cabeza sobre el corazón del Señor. El es “discípulo a quien Jesús amaba” (Jn 20, 2). Y sin embrago, se ve sorprendido por la Resurrección: “… vió y creyó… no había entendido…” Así, el Apóstol tiene la experiencia que le permite descubrir que cuanto más se conoce a Jesús, menos se le entiende. En efecto, el Señor es inatrapable y cualquiera de quienes nos esforzamos en su seguimiento, también comprobamos que nunca lo agotamos y siempre nos sigue descolocando.

 

b) Experiencia de Pedro

 

Es el discípulo que “lo ha dejado todo por Jesús” y el Señor le dijo que le convertiría en “pescador de hombres” y en “roca” sobre la que edificaría su Iglesia. Es verdad que Jesús le había reprochado “pensar como hombre” -¿de qué otra forma podía pensar?- y que había comprobado que sus palabras le habían traicionado. Ahora, ante el sepulcro vacío, comprueba de nuevo que sus planes no coinciden con los de Dios y que a él solo le corresponde asumirlos y colaborar con ellos. Descubre que cuanto más se compromete con los proyectos del Señor, más fallan sus propios planes, que no suelen coincidir con los de Dios. Y esa experiencia también la podemos tener quienes nos empeñamos en atender la llamada del Jesús y colaborar con él. En efecto, no somos los protagonistas y nuestros caminos no son los suyos y nuestros planes tampoco. Por eso, solo queda colaborar y esperar que él prosiga su obra, que nunca fracasará.

 

c) Experiencia de María Magdalena

 

Magdalena es la primera de las Discípulas de Jesús y no se apartó ni de la Cruz y del Sepulcro. Su amor por el Señor le lleva a preocuparse por velar su cuerpo y a preocuparse por poder ungirlo en la sepultura. Y ella vive el desasosiego y desconcierto de haber perdido el cuerpo del Señor. Con el sepulcro vacío descubre que el Señor nunca sacia por completo y que siempre se le necesita más. Cuanto más se le ama, más se siente necesidad de amarlo. Cuanto más se le ama, más se necesita adorarlo. Y cuanto más se le ama, más se buscan los bienes del cielo. Esa es también la experiencia de cualquiera de quienes somos sus discípulos. El Señor no agota y cuanto más le tenemos en la vida, mucha más necesidad tenemos de él. Y por eso el Sacramento de la Eucaristía resulta imprescindible.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

San Marcos 16, 1-7

 

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé. Compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la Semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro. Al mirar vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron al sepulcro y vieron un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde le pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.

VIGILIA PASCUAL, B 

31 Marzo 2018

 

Esta es la Noche Santa, donde la Santa Iglesia recibe, confiesa y anuncia su fe. Una fe, que se convierte en decisión personal de cada bautizado: así, conlleva una opción de la libertad, que se apropia de algo no necesario -¡hay tantos que viven sin fe!- y que determina socialmente, porque estamos en una realidad socio-cultural donde lo común es no ser cristiano, al menos de modo definido.

 

Esta fe bautismal tiene un triple contenido:

 

a) Se supera la fatalidad

 

En efecto, la muerte no tiene la palabra definitiva. Así se encuentra respuesta para esa inquietud específicamente humana que es la llamada –el deseo- de inmortalidad. La fe cristiana responde satisfactoriamente a esa aspiración exclusivamente humana donde, además, se garantiza la continuidad personal, sin la renuncia a la dimensión corporal.

 

b) Se supera la regresión

 

Con la Resurrección del Señor se inicia un tiempo nuevo –eterno-, y por tanto, la fe bautismal conlleva la resistencia a la corrupción, la superación de cualquier nostalgia y deseo de vuelta atrás, la recuperación de la alegría y la práctica de la misericordia.

 

c) Surge la posibilidad de construir

 

Con la victoria de Jesús, el futuro se convierte en esperanza. Ya no hay motivo para la desilusión: en el mañana no hay aniquilación sino plenitud y todos los esfuerzos merecen la pena, porque los planes de Dios –antes o después- se cumplen de modo imprevisto y conforme a la voluntad divina, que supera cualquier perspectiva humana.

F. Tejerizo, CSsR

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