Evangelio

San Lucas 10, 25-37

 

En aquel tiempo, se levantó un maestro de la Ley y preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo:«¿Qué  está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?». Él respondió: «”Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza” y con todo tu mente. Y “a tu prójimo como a ti mismo”». Él dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, les vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».

Comentario

DOMINGO 15 TIEMPO ORDINARIO, C

Domingo, 14 Julio 2019

 

Este querido y conocido pasaje del Evangelio, que se remite al camino que cruza el desierto y va de Jerusalén a Jericó, sirve como referencia para aludir al camino de la vida, que tantas veces es desértico y afectado por peligros. En el transcurso de la vida hay encuentros con personas y víctimas. Y, en ocasiones, uno mismo es la víctima. También se presentan situaciones y circunstancias imprevistas donde cabe eludir o huir de los hallazgos comprometedores, incluso con justificaciones.

 

Esta imagen del camino sirve para responder a una pregunta por su final y la posibilidad de la vida eterna. El destino del trayecto entre Jerusalén y Jericó, sea de ida o de vuelta, siempre es bueno. Se puede llegar a Jerusalén, la ciudad santa, o a Jericó, la ciudad oasis de descanso. Así se responde a la pregunta por la vida eterna. Se trata de una inquietud específicamente humana y, precisamente por ello, religiosa. Todo camino, por desértico que sea, tiene una conclusión dichosa.

 

Mientras se recorre el camino de la vida, se afrontan sus desafíos donde se pone en práctica del mandamiento del amor. Eso supone:

 

a) Superar la tentación de la privacidad y abrirse al encuentro con las diversas realidades. Ser cristiano no es solo algo íntimo, del adentro del propio hogar o de interior de las puertas del Templo. Ser de Cristo reclama estar expuesto al contacto con las víctimas, las situaciones y los desafíos cotidianos.

 

b) Vivir el misterio de la encarnación y estar preocupados por aquellos que tienen cuerpo. El Hijo del Dios ha querido identificarse con la realidad humana y sus discípulos –cada uno de nosotros- también. Eso supone saber qué es ser víctima y poder identificarse con aquellos que padecen la soledad, la enfermedad, el dolor y el pecado.

 

c) Crear comunión fraterna. En efecto, igual que el Buen Samaritano, se generan nuevas relaciones, se implica a otros en ellas –el posadero, por ejemplo- y se compromete el futuro, incluso económicamente. Nadie se salva solo y tampoco por sus solas fuerzas.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 10, 1-9

 

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: "Paz a esta casa". Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella y decidles: "El reino de Dios ha llegado a vosotros"».

DOMINGO 14 TIEMPO ORDINARIO, C

Domingo, 7 Julio 2019

 

La realidad actual de Europa es muy similar a la descripción que hace este pasaje evangélico: una gran mies y pocos obreros. Y eso, a pesar de existir una gran cantidad de bautizados, que ni sienten el consuelo de la fe, ni se perciben parte de la comunidad cristiana.

 

Se trata, por tanto, de una situación que reclama discípulos enviados que, como los setenta y dos, se dispongan a estar entre lobos, no tener alforja y anunciar la paz que trae el Reino de Dios. El Papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium también sirve de referencia para esta misión evangelizadora.

 

a) No llevar alforja, es decir, disponerse a prescindir de seguridades y asumir riesgo, con la confianza puesta en que el Señor nunca defrauda. Eso, actualmente, exige hacer frente a una doble tentación: la de la nostalgia, que inclina a pensar que los tiempos superados habría que recuperarlos, y la de mantenerse atentos de modo recurrente a la propia realidad, sin contacto con las circunstancias y sin realizar el esfuerzo del diálogo con la cultura contemporánea.

 

b) El anuncio de la paz es una buena noticia, que se corresponde con el anhelo de todo ser humano. Los cristianos saben que se trata de un don del Señor, que edifica el Reino de Dios. Por eso, los evangelizadores serán personas que hacen el esfuerzo de aprender a convivir. Para ello, son enviados de dos en dos. Así, entre ellos no podrá darse ni la lucha por el poder, ni los deseos de trepar y competir. Al contrario, serán personas de paz, sin impaciencias, ni ansiedades.

 

c) Estar en medio de lobos, sin aislarse a pesar de las hostilidades. El Papa Francisco ha enseñado que existe la necesidad de tener comunidades cristianas de puertas abiertas y dispuestas a salir a las periferias, aunque eso le provoque heridas.

 

Estos evangelizadores no serán solo sacerdotes, sino que es una misión compartida con padres de familia, educadores cristianos, religiosos, catequistas… Todos los bautizados, enviados por el Señor, han de asumir el riesgo del anuncio de la paz del Reinado de Dios.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 9, 51-62

 

Cuando se completaron los días en que iba de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.

Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». Él se volvió y les regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

DOMINGO 13 TIEMPO ORDINARIO, C

Domingo, 30 Junio 2019

 

No se puede seguir a Jesucristo de cualquier manera. Sus discípulos no serán personas de coacción y tampoco usarán la religión para amenazar con “fuego del cielo”. Quienes le siguen no son voluntarios, sino llamados y elegidos por él, que es quien tiene la iniciativa. Formar parte de los suyos tiene consecuencias inevitables, que se derivan de su forma de vida a la intemperie. Por eso, quienes se deciden a estar con él han de hacer frente a tres tentaciones:

 

a) Tentación de la comodidad. Cuando se presenta, es inevitable recordar que el Señor no tiene donde reclinar la cabeza y que si alguno se detiene, corre el riesgo de perderlo de vista.

 

b) Tentación de excusarse. Y siempre hay alguna razón tan justificada como enterrar al propio padre, para eximirse de seguir al Señor. Él ya sabe que hay responsabilidades que inevitablemente han de atenderse y, pese a ello, formula su invitación. Por tanto, no hay que dejar de afrontar aquello que ha de hacerse, pero eso nunca justificará desoír al Jesús.

 

c) Tentación de abandonar. Estar con el Señor supone continuar la vida a su lado. Él llama a cada uno con toda su historia y realidad. Una vez más, él sabe a quién llama. Se trata por tanto, de no soltar el arado, aunque el terreno sea duro y requiera un mayor esfuerzo. Quizá se necesite una breve pausa y una mirada atrás, para ver si se está arando en línea recta, pero sin dejar el arado, porque entonces podría seguir solo y superficialmente.

 

Cuando se pertenece al grupo de Jesús y al verlo crucificado, ningún cansancio, ninguna excusa, por muy justificada que sea, y ninguna propuesta de abandono será suficiente.

F. Tejerizo, CSsR

San Lucas 9, 11b-17

 

En aquel tiempo, Jesús se puso hablaba a la gente del reino de Dios y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado». Él les contestó: «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo esta gente». Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos:

«Haced que se echen sienten en grupos de unos cincuenta cada uno». Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.

SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, C

Domingo, 23 Junio 2019

 

Este pasaje tan conocido del Evangelio prepara y se remite a otra comida más importante y que le da todo su pleno sentido: la cena del Jueves Santo. Esa misma que la Iglesia repite y actualiza cada semana en el Domingo.

 

El texto permite identificar dos desafíos que propone en el Papa Francisco: ser una Iglesia que está en descampado, a la intemperie, provisional y vulnerable. Una Iglesia de frontera, que acude a las periferias de la sociedad.

 

Los Discípulos aparecen desconcertados y sobrepasados por la multitud de necesitados. Entonces, solicitan de Jesús que despida a la gente.

 

El Señor, en cambio, reta a sus Discípulos para que ellos se compliquen, sin eludir la situación, y le pide que sean quienes les den de comer.

 

El Señor sabe bien que los cuerpos de aquellas personas necesitan cuidados. Él ha querido tener cuerpo y se preocupa de los cuerpos que sufren por el hambre, la pobreza, la enfermedad, el pecado, la violencia… El Señor en la Eucaristía con su cuerpo toca los cuerpos que sufren y se convierte para ellos en fuerza.

 

El Señor conoce el sufrimiento y su pan partido y el vino de la Eucaristía son su mismo sacrificio del Viernes Santo. Comulgar cada semana el Cuerpo del Señor es unirse a su sacrificio para que sea salvación.

 

Todo esto es un Misterio. Un Misterio –Sacramento de la Fe- imposible de explicar suficientemente e imposible de demostrar científicamente. Simplemente, se acepta o se rechaza. Un Misterio del que solo los seres humanos son capaces porque solo ellos tienen su propio misterio y secreto interior. Esa realidad  interior la conoce y acompaña el Señor y cada vez que se comulga el Señor perdona, sana y salva.

F. Tejerizo, CSsR

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