EVANGELIO
San Mateo 5, 17-37
En aquel tiempo, dijo Jesús: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás", y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano "imbécil", tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama "necio", merece la condena de la “gehenna” del fuego. Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo. Habéis oído que se dijo: "No cometerás adulterio". Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”. Se dijo: "El que se repudie a su mujer, que le dé acta de repudio." Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima- la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio. También habéis oído que se dijo a los antiguos: "No jurarás en falso" y "Cumplirás tus juramentos al Señor". Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».
COMENTARIO
DOMINGO 6 tiempo ordinario, A
15 febrero 2026
Un domingo más, la Palabra de Dios suscita una oración de agradecimiento por aquello que se vive. En efecto, como dice San Pablo a los Corintios (cf 1 Cor 2, 6-10), hemos recibido la sabiduría de la fe, que alumbra toda otra sabiduría. Se trata de una sabiduría escondida, misteriosa, necesitada de revelación, pero acaso más importante que las demás. Precisamente, porque no es del mundo, ha de ser revelada. Una Revelación Divina, actuación del Santo Espíritu, que según enseñó el concilio Vaticano II, permite acceder a aquello que el ser humano no puede alcanzar con sus solas fuerzas naturales. Una sabiduría, tan necesaria o más que otras y que ilumina cualquier otro saber humano. Apoyada en ella, todo bautizado puede sobreponerse a la tiranía de la mentalidad técnico-científica actual. Pero, además, está urgido a aportar su luz al contexto social en que se encuentra. Se trata de algo muy necesario pues hoy existen muchos defraudados, que se apartaron de su fe y de la comunidad cristiana, porque sus imágenes y expectativas no coinciden con la realidad. Eso mismo pasaba en la comunidad cristiana del siglo primero a la que San Mateo dirige su Evangelio. Como se sabe, en ella había un buen grupo de cristianos procedentes del judaísmo que esperaban un Mesías y un Reino de Dios muy distinto al de Jesús. Además, también sufrían el rechazo de sus sinagogas y hasta la persecución. A ellos y a los cristianos actuales dirige San Mateo este pasaje donde asegura que todo lo vivido y recibido en el Antiguo Testamento no solo se cumplirá, sino que en Jesús es llevado a la perfección y su plenitud. Toda esa enseñanza se puede sintetizar en tres propuestas:
a) Hacer de la propia vida una ofrenda
A Dios y a los demás. Por ello, antes de presentar la ofrenda ante el altar, hay que reconciliarse con los hermanos y estar dispuestos al esfuerzo de la reconciliación mientras todavía se va de camino. Se trata, pues, de superar todo egoísmo aislante.
b) No vivir unas relaciones de mínimos
Porque Jesús lo lleva todo a la culminación. Él se coloca en el sitio de Dios, para rectificar y ampliar: “se dijo, pero yo os digo”. Así se amplia el horizonte del cumplimiento para ir más allá de lo mandado e, incluso, para distanciarse de aquella norma que empequeñece al ser humano. Por tanto, ni llamar imbécil y determinarse a extirpar aquello que pueda empequeñecer la vida. Como consecuencia, con la sabiduría de la fe se pueden eludir los integrismos y fanatismos.
c) Vivir la religión sin excusas
Donde no han de pretenderse las imaginaciones o ideas preconcebidas, donde no se conoce ni el cielo, ni la tierra, ni el porqué del color del pelo, ni se jura, ni se usa en vano el nombre de Dios y donde, ante Él, se dice sí o no, con todas las consecuencias, sin disimulos y con autenticidad.
F. Tejerizo, CSsR
San Mateo 5, 13-16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".
DOMINGO 5 tiempo ordinario, A
8 febrero 2026
La sal y la luz son dos símbolos muy apreciados por la Comunidad Cristiana. Ambos son usados, referidos a la Pascua, en la celebración del Bautismo.
a) La sal
Tiene la capacidad de conservar y evitar la corrupción. En el Antiguo Testamento aparece relacionada con los pactos, los contratos y la Alianza. Es una forma de señalar que un pacto, una Alianza, no se rompe: “Es una alianza de sal, para siempre, delante del Señor, para ti y tu descendencia” (Num 18, 19). Evidentemente, son dos aspectos faltos de actualidad, porque hoy todo es mudable, breve, rápido, urgente y poco permanente. Y, al mismo tiempo, la posibilidad de la corrupción, que siempre es contagiosa y busca cómplices, también es algo prácticamente cotidiano. Que Jesús pida a sus discípulos ser sal supone reclamarles las dos cosas: estabilidad y resistencia a la corrupción. Desgraciadamente, muchos bautizados y tantas comunidades cristianas de Europa, sufren la falta de perseverancia y el deterioro de la vida evangélica.
b) La luz
Es aquella misma que aparece al comienzo de la Biblia: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena”. (Gn 1,1-4). En efecto, la Palabra del Señor origina vida y vida nueva. Y cualquiera puede iluminar u oscurecer la vida de los demás. Por eso, el Señor dijo de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Quien tiene una luz, no la esconde. El desafío consiste en descubrir, aceptar, cuidar y ofrecer la luz, los dones, los talentos… Toda la vida se despliega en la medida que se realiza ese esfuerzo de reconocer y asumir las propias luces, para hacer que brillen. Hay luces personales, sociales y espirituales. Personales, que capacitan para que cada uno sea original y distinto. Sociales, para disponer al servicio del bien común. Y espirituales, como la fe o la conformidad con la voluntad de Dios.
La sal, que ayuda a evitar la corrupción, el mal y el pecado; y la luz, que orienta la vida con el Evangelio, están al servicio de la conciencia de futuro, del mañana. Una intuición, específicamente humana, que dinamiza la vida e impulsa el esfuerzo por hacer un mundo mejor para aquellos que vienen detrás.
F. Tejerizo, CSsR
San Juan 12, 24-26
En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará.
SOLEMNIDAD DE SAN CECILIO, obispo y mártir
Patrón de Granada
Domingo 1 febrero 2026
El Salmo de este día nos invita a “recordar las proezas que hizo el Señor”. Aquellas que hizo en nuestra Iglesia local a lo largo de los siglos y en cada uno de quienes hemos sido bautizados. El Señor no estuvo lejos de Granada, incluso en los siglos de la dominación musulmana.
La celebración de San Cecilio también recuerda su martirio. Después, han sido muchos los granadinos que derramaron su sangre por Jesucristo: San Rogelio de Parapanda, San Pedro Pascual y los Beatos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas en la Alhambra, San Francisco Serrano y San Juan Alcover como misioneros en China, los Beatos Manuel Medina Olmos y Diego Ventaja y los muchos mártires granadinos del siglo XX.
El mártir siempre se siente parte de un pueblo, implicado en él y responsable del mismo. Su sacrificio y sangre derramada es un servicio para no traicionar al pueblo del que forma parte.
Es cierto que la palabra sacrificio no resulta agradable en nuestro contexto social, pero tampoco es algo extraño sino habitual. Se hacen sacrificios y esfuerzos diarios y que dan vida en favor de los hijos, de los esposos, de los ancianos, de los pobres… Otros, en la realización de la propia profesión, por razones de estudio o de salud.
El mártir se ofrece gratuitamente, no busca recompensa, ni culpa, ni venganza, sino la reconciliación. Su vida cotidiana refleja y se remite a otro: al Señor Jesús. Con Él se identifica y lo hace presente.
La identificación con Jesucristo le hace vivir como Él y por ello, anuncia su palabra, realiza la obras de la caridad y tiene el modo de ser cristiano en su vida cotidiana. Así, se convierte también en un signo de esperanza que reclama una triple negación: a los ídolos, a los poderos y al disimulo, que lleva a vivir como “cristianos anónimos” o reducidos al ámbito privado de la vida personal o el templo.
F. Tejerizo, CSsR
San Mateo 4, 12-23
En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Pasando junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron. Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
DOMINGO 3 Tiempo Ordinario, A
Domingo de la Palabra de Dios
25 enero 2026
“El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”. Esa profecía de Isaías, que cita San Mateo, ha sido repetida por la liturgia del Adviento pasado. El destinatario de la profecía es el pueblo. Por tanto, no se trata de las tinieblas personales de cada cual. Se refiere, más bien, a las oscuridades que sufre todo un pueblo. Eso es algo que no resulta extraño y hace que el anuncio profético siga de actualidad. Basta con poner un telediario, para constatar las tinieblas de este momento: aquellas de la guerra de Ucrania, después de cuatro años de hostilidades; las tenebrosidades de los poderosos del mundo, que se disputan Groenlandia; y la oscuridad que sufren todas las víctimas del reciente accidente ferroviario de Córdoba. Para quienes viven esas circunstancias, la liturgia también hace rezar con el salmo 26: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Pero, ¿cómo puede ser el Señor luz y salvación?
En el comienzo de la Biblia, en el libro del Génesis, ya se descubre que el hablar de Dios es luz: “La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas. Dijo Dios: «Exista la luz». Y la luz existió” (Gn 1, 2-3). Con esa luz, todas las realidades de la existencia adquieren una nueva dimensión y se orientan a su culminación: ahí está la Salvación.
También la Iglesia, en el Concilio Vaticano II, se llamó Lumen Gentium (luz de las gentes), porque en ella está el Señor y su misión es mostrar esa luz, que permite ver no solo con la mirada del mundo, sino con la mirada del Señor.
En este pasaje del Evangelio, hay tres momentos: el mirar de Jesús, su llamada y la eficacia de su Palabra.
a) Jesús ve
Primero, a Pedro y Andrés, ocupados en su trabajo. Después, a los hijos de Zebedeo, a Santiago y Juan, repasando sus redes. Puede pensarse que fue una mirada superficial, pero el Señor, mira el interior. El Evangelista Juan escribe que Jesús: “No necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 25) Eso ocurre aquí. El Señor ve, pero también mira el adentro y conoce a Pedro, Andrés, Santiago, Juan… Todos son conocidos y mirados por Jesús.
b) Jesús llama
Lo hace en la realidad donde se vive y sin anular a nadie. Con su propuesta, Jesús no reduce ni anula a los llamados. Todo lo contrario: los plenifica, les ayuda a superar sus límites y los lleva a una culminación insospechada. Si Pedro es pescador, ahora será de hombres. Nunca pudo imaginar el Apóstol que responder a la llamada de Jesús le potenciaría hasta morir crucificado boca abajo en el Vaticano y tener un sucesor hasta León XIV. La propuesta de Jesús, como cualquier encuentro interpersonal, hace aparecer en la vida una novedad radical, parecida a aquellas que surgen después del matrimonio, de tener un hijo, de ser ordenado sacerdote o, más sencillo todavía, de permitirse la amistad.
c) Jesús plenifica
La vida de aquellos que llama. No está contra ellos, sino a su favor, para potenciarlos. Su palabra acogida y aceptada realiza lo que dice y no se vuelve atrás. Solo ella tiene autoridad para intervenir en la vida de una persona, pedir colaboración y orientar su futuro.
F. Tejerizo, CSsR
San Juan 1, 29-34
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: "Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el bautiza con Espíritu Santo". Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».
DOMINGO 2 Tiempo Ordinario, A
18 enero 2026
Desde el comienzo del Adviento, y así sucederá a lo largo del presente año litúrgico, se viene proclamando cada domingo el Evangelio según San Mateo. Sin embargo, en algunas ocasiones, la liturgia va a proponer pasajes del Evangelio según San Juan, como ocurre con este texto. Acaso se intenta completar todo el ciclo dedicado a San Juan Bautista, que se ha propuesto en el Adviento y la Navidad.
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En estos versículos se encuentra el valioso testimonio del Bautista sobre Jesús. Sus palabras son el relato de su experiencia de encuentro con el Señor. Juan cuenta aquello que ha vivido, que se puede resumir en tres de sus afirmaciones: “Este es el Cordero de Dios”, “Yo no lo conocía” y “He contemplado al Espíritu Santo”.
a) Este es el Cordero de Dios
Con esta afirmación, Juan Bautista señala a Jesús. Son palabras extrañas para quien no está iniciado. ¿Qué es un “cordero de Dios”? ¿Tal vez no son de Dios todos los corderos? Pero, además, es el anuncio que reitera la Santa Iglesia cada vez que celebra la Eucaristía. Por tanto, hay que acudir a las Sagradas Escrituras para identificar al Cordero Pascual, cuya sangre libró a los israelitas de la esclavitud de Egipto. Hay que recordar la Alianza realizada en el desierto del Sinaí y la repetición anual de la Cena Pascual. Toda esa Historia de Salvación se culmina con la sangre del nuevo Cordero Pascual inmolado en el Calvario y con la celebración de la Última Cena, donde se sella la Nueva y Eterna Alianza, que se actualiza en cada celebración de la Eucaristía. Toda esta iniciación es imprescindible y no ha de olvidarse en la catequesis, incluida la propia de la Primera Comunión.
b) Yo no lo conocía
¿Cómo que no lo conocías? ¿Acaso no sois de la misma familia? Es más, incluso desde el seno de Isabel, tu madre, ya te estremeciste al escuchar el saludo de la madre de Jesús. Puede ser que en el momento adecuado te diste cuenta de algo nuevo y que formulas con las siguientes palabras: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Tal vez eso te faltaba: darte cuenta del Misterio de Jesús, de su preexistencia antes de ti y de su eternidad. Descubrir la realidad de los demás es algo que supone abrirse a la sorpresa y a la novedad. Al mismo tiempo, descubrirse a uno mismo y permitir la transformación que supone esos hallazgos. Así, se superan la idealizaciones, apariencias e intentos de manipulación. Sabemos de amigos, padres e hijos, esposos, novios, religiosos y sacerdotes que, sorprendidos por el encuentro con la propia realidad y con Dios, su vida cambió o se desilusionó. No resulta fácil dar el paso de los contenidos, la información o las ideas, al encuentro no solo con la realidad sino con el Misterio que contiene. Eso es algo que permite superar el integrismo, el fanatismo y el rigorismo. Tal vez sea también el proceso realizado por la Santa Iglesia después de preguntarse en el Concilio Vaticano II cuál era su Misterio. No aceptar la respuesta conciliar llevó a muchos al alejamiento o a la nostalgia.
c) He contemplado al Espíritu Santo
Se trata del mismo Espíritu del Día de Pentecostés y del día de nuestro Bautismo y Confirmación. Es el Espíritu del Señor Resucitado, que convierte en Testigos, que otorga las palabras que no se podrán contradecir y que hace fuertes hasta el martirio. Un testimonio que referido al Bautista y en palabras del mismo Señor Jesús tiene un doble elemento: la estabilidad y la capacidad de superar el miedo, para incidir en la transformación de la realidad según los planes de Dios. La estabilidad es aquella que Jesús alude cuando afirma que Juan no es una caña movida por el viento. La transformación de la realidad la expresa refiriéndose a quienes viven entre la opulencia y el poder. Más elocuente es el mismo Bautista llamando zorro a Herodes. Para concluir, deseo repetir las palabras del Señor: “Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta”. (Mt 11,7-9)
F. Tejerizo, CSsR
San Mateo 3, 13-17
En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una luz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».
FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR
Domingo 1 TO-A
11 enero 2026
En semanas anteriores se ha comentado repetidamente que en la Primera Comunidad Cristiana, a la que San Mateo dirige su evangelio, hay un buen número de cristianos procedentes del judaísmo y que, por tanto, conocen bien el Antiguo Testamento y sus imágenes. Por eso, en este pasaje del Bautismo de Jesús, su autor ha usado imágenes conocidas y fácilmente identificables.
San Mateo, no estuvo en el Bautismo de Jesús. Todavía no había sido llamado por el Señor. En consecuencia, transmite este acontecimiento por lo que ha recogido y lo enriquece con sus aportaciones específicas.
En el relato hay tres protagonistas. Veamos.
a) Juan Bautista
Conoce a Jesús y sabe aquello que las Escrituras antiguas dicen sobre el Mesías. Por tanto, él tiene sus conocimientos, su mentalidad y sus ideas. Cuando se acerca Jesús para ser bautizado como uno de tantos, se resiste. Aquello que pasa no era lo previsto. Jesús le descoloca y le sorprende. Eso, para quienes tenemos fe, no es extraño, porque el Señor no deja de sorprender y destruir la imaginación. Juan, que prepara los caminos del Señor, termina por aceptar la realidad y que sus previsiones no coinciden con los planes divinos, y bautiza a Jesús.
b) Jesús
Aparece como uno de tantos. Es hombre en todo como los demás y, por ello, está entre el grupo de los pecadores. Ciertamente no tiene pecado, pero al nacer ha sido colocado en un contexto de pecado y afectado por los pecadores. Un pecado, que merece la justicia de Dios: su destrucción. Por tanto, reclama al Bautista que cumpla con toda justicia y colabore con los proyectos divinos.
c) Dios
Cuando Jesús es bautizado, el Evangelista acude al Antiguo Testamento y usa sus imágenes:
Los cielos se abren. Habían sido cerrados por el primer pecado. Ahora, necesariamente, se abren para quien no tiene pecado y que se ha identificado con los demás. Ya es posible escuchar a Dios y dirigirse a Dios. Esta es una imagen puesta de actualidad por el recordado Papa Francisco, que reclamaba una Iglesia de puertas abiertas. Si los cielos se ha abierto, ¿cómo la comunidad cristiana va a estar cerrada?
La voz de Dios, es aquella escuchada por Moisés en el Sinaí y que espantaba al pueblo situado al pie de la montaña. Su mensaje es revelación: así, se conoce el Misterio Divino del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Esa voz, revela al Hijo amado. De esa manera se habla también de Isaac, el hijo de la promesa amado por Abrahan y reclamado en sacrificio. Es Jesús de igual manera es el hijo muy amado en el que se cumplen todas las Promesas Divinas y que habrá de ser obediente hasta el sacrificio.
La Paloma, es aquella que sobrevoló las aguas del Diluvio y que anunció a Noé la renovación de todo lo creado. Es el Espíritu dador de vida, que revoloteaba sobre el caos inicial del capítulo primero del Genesis y que puso en marcha la Creación. Ahora ese Espíritu culmina su obra creadora y lleva a su cumbre todo lo realizado. Y Jesús, el hombre en todo igual a los hombres e identificado con los pecadores sin tener pecado, es el Hombre Nuevo, lleno del Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida. Este es el inicio de otro modo de vida para Jesús, que ya no vuelve a Nazaret, a su casa familiar y a su trabajo, y tampoco se une al Bautista, porque su misión es algo totalmente nuevo, que será origen de la Iglesia, con la llamada de los Doce. Él es el Hijo Único, el Predilecto, el Amado, al que se unen formado un solo cuerpo todos los bautizados, que reciben su mismo Santo Espíritu y son incorporados a la misma misión de Jesús, para la llegada del Reino de Dios.
F. Tejerizo, CSsR