Evangelio

San Mateo 18, 21-35

 

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo". El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes". El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré". Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Comentario

DOMINGO 24 TIEMPOORDINARIO, A

13 Septiembre 2020

 

Como sabemos, la Revelación Divina tiene por objeto dar a conocer aquello que es necesario para la Salvación y que no es accesible a las solas capacidades humanas. El modo de ser de Dios, por tanto, es algo que precisa de la Revelación. Por ella, se accede a su Misterio y se descubre que Dios es “compasivo y misericordioso.” En consecuencia, quienes fuimos creados a su imagen y semejanza también participamos de esa identidad y, por tanto, aquello que brota del interior humano es ser compasivos y misericordiosos. Sin embargo, eso es algo que se encuentra con la resistencia del mal, que también afecta la condición humana desde el primer pecado. Acaso por eso, San Pedro, pregunta de manera reductiva: “¿Cuántas veces hay que perdonar?” Entonces, se encuentra con la respuesta ilimitada de Jesús.

 

Seguidamente, Jesús completa su enseñanza con una parábola, que me permite tres consideraciones.

 

a) El deudor, miente descaradamente. Una deuda de diez mil talentos nunca hubiera podido satisfacerla, al menos honradamente. En lugar de asumir su condición, prefiere aparentar y engañar al rey. Se trata de algo que tiene mucha actualidad. Actualmente se multiplican los “perfiles”, se crean “realidades virtuales” y la ingeniería social, con la ayuda de los medios de comunicación, repite falsedades para generar estados de opinión.

 

b) El deudor perdonado, no perdona. Y eso que escucha la misma petición. Ahora, por el contrario, la deuda de cien talentos sí podría haberse saldado. Su modo de actuar –y la pregunta de San Pero, que motiva la parábola- permite recordar la dificultad del perdón. Especialmente de algunas ofensas. Antes de condenar este modo de comportarse conviene intentar comprender a quien hiere. Para ello, hay que tratar de colocarse en el lugar de la persona que actúa mal. Eso siempre es muy difícil. También hay que considerar que acaso tiene razones ocultas, que son desconocidas para los demás. Es más, hasta es posible que el mismo malvado ignore sus razones. Por último, es preciso asumir que el perdón no depende de quien lo pide, sino del que lo otorga. Se trata de algo que se hace generosamente, igual que lo hizo el Señor desde la Cruz.

 

c) El deudor es castigado. Eso ocurre porque lo espectadores le denuncian. Siempre hay cotilleo y murmuración. Es otra forma del mal y de condenar, sin dejar espacio al perdón. El pecado siempre es contagioso y tiende a expandirse.

F. Tejerizo, CSsR

 

 

 

 

 

 

San Mateo 18, 15-20

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

DOMINGO 23 TIEMPOORDINARIO, A

7 Septiembre 2020

 

El evangelista San Mateo escribe para una comunidad cristiana donde existe un grupo de judíos bautizados, Ellos, se sabían Pueblo de Dios, pero ahora se descubren nuevo Pueblo de Dios y anticipo del Reino de los Cielos. Para toda la Comunidad, el Evangelista quiere resaltar esta novedad cristiana. Ya Israel se preguntaba así: “¿Dónde hay una nación que tenga a sus dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, lo está de nosotros siempre que lo invocamos?” (Dt 4,7) Dicha presencia reclamaba “No endurecer el corazón y estar atento a la voz del Señor” (Sal 94, 7-8). El nuevo Pueblo de Dios, presente en la Iglesia, también tiene la seguridad de la presencia del Señor siempre que dos o más se reúnen en su nombre. En esta presencia consiste el Misterio de la Iglesia y es su tesoro. Frente a imágenes de la comunidad cristiana como institución, estructura de gobierno, organización solidaria o equipo pastoral, que pueden ser más o menos eficaces o cuestionadas, conviene resaltar su Misterio: la presencia del Señor entre aquellos que se reúnen en su nombre. He aquí el único medio, querido por el mismo Señor, para entrar en contacto y comunión con sus discípulos y los hombres de todos los tiempos y lugares. Por medio de la Asamblea reunida, el Señor se hace presente en la Historia de la Humanidad. En este sentido, ha sido realmente duro, para quienes formamos parte de la comunidad cristiana, el tiempo vivido de confinamiento, donde se nos ha dificultado o restringido la posibilidad de vivir y celebrar el Misterio de la Presencia del Señor, especialmente en el Sacramento de la Eucaristía.

 

Esa realidad tiene como consecuencia importante la reconciliación, que el Señor hace posible. Por eso, San Mateo, ha señalado en este pasaje dos  elementos significativos: el efecto de la presencia del Señor y los pasos del proceso de reconciliación. Veamos.

 

1. El efecto de la presencia del Señor es que aquello que vive la comunidad tiene consecuencia aquí y en el cielo. Por tanto, el esfuerzo por el bien y por generar una realidad nueva conforme con los planes de Dios está llamado a consolidarse. Y si algo queda atado, el Señor verá el modo de solventarlo.

 

2 El proceso de la reconciliación, que tiene tres etapas. Veamos:

 

En primer lugar, el encuentro interpersonal, que reclamará capacidad de la escucha. Eso exige una adecuada disposición para ponerse en el lugar del otro y no solo prestar atención desde el “afuera” o la distancia.

 

En segundo lugar, y si no ha funcionado el diálogo interpersonal, se acude a otros miembros de la comunidad y, si hace falta, a toda ella o sus documentos, para que las posiciones pierdan rigidez. Actualmente, la comunidad cristiana necesita ganar, especialmente en ciertos grupos, en flexibilidad y búsqueda de puntos en común, que serán muchos más y más importantes que las discrepancias.

 

Finalmente, si el recurso comunitario también falla, hay que actuar como se hace con los paganos. Y eso, nunca es excluyente. Al contrario, los paganos, los alejados, quienes pierden la fe, los pecadores, los marginados, los maltratados, los abandonados, los enfermos… Todos ellos, son los primeros destinatarios de la atención de la comunidad cristiana.

 

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 16, 21-27

 

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.» Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas corno los hombres, no como Dios.» Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

 

DOMINGO 22 TIEMPOORDINARIO, A

30 Agosto 2020

 

“Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.” Esa es la oración que la liturgia del Domingo 22 quiere rezar en el Salmo Responsorial. Se trata de una manera de expresar un realidad humana, que no se siente satisfecha con sucedáneos que puedan engañar la sed. Una necesidad, que va más allá de la sed física y que se remite a una experiencia exclusivamente humana, que se siente necesitada de Dios. Y cuando se percibe interiormente la sed de Dios, es porque el encuentro con él es posible.

 

Este pasaje del Evangelio es –como ya sabemos- un escrito post-pascual, que tiene la intención de anunciar la Resurrección del Señor. Sin embargo, se encuentra con una dificultad: no se puede anunciar a Jesucristo Resucitado sin hablar también de su Cruz. Pero el fracaso de la Cruz es algo que ya no resulta tan agradable. La Cruz nunca lo es, porque supone una crisis durísima. Lo fue para Jesús, para sus Discípulos y nos alcanza hasta hoy. El Papa Francisco habló: Nosotros estamos viviendo una crisis. La pandemia nos ha puesto a todos en crisis. Pero recordad: de una crisis no se puede salir iguales, o salimos mejores, o salimos peores.” (Audiencia General Miércoles 26 Agosto 2020)

 

El Apóstol Pedro, una vez más, dice en este pasaje evangélico aquello que podría decir cualquier discípulo del Señor. Ante el anuncio de la Cruz, parece querer callar a Jesús. Es fácil comprenderlo e identificarse con él. Sabemos que Pedro –al que Jesús identifica llamativamente con el tentador- fue vencido por la tentación y por tres veces negó al Señor.

 

Jesús le recuerda que es imposible eludir su camino para quienes son sus discípulos, porque “ningún discípulo es más que su maestro” (Mt 10.24). Se trata de un sendero donde los desafíos y dificultades se afrontan con la esperanza de la Resurrección. Supone una doble confianza en las propias fuerzas, capaces sobreponerse y descubrir que siempre se puede algo más de lo que se preveía. El Señor mismo -como tradición lo ha visto en la Via Crucis-, se levanta hasta en tres ocasiones. Y también es confianza en Dios, que nunca pide imposibles y que nunca deja solos. El camino de la Cruz, aunque parezca un desgaste, en realidad conduce a una doble culminación:  personal y de los planes iniciados por Dios.

 

Solo hay una razón para seguir a Jesucristo. Es aquella misma que tuvo el Apóstol Pedro cuando, por tres veces, le dijo: “Señor, tú sabes que te amo” (cf Jn 21, 17). Por amor a Jesús sigue su camino y se convierte en la Piedra que edifica la Iglesia. Una piedra sólida y distinta de aquella -objeto del reproche que recoge este pasaje evangélico-,  que es “piedra de tropiezo”.

 

Hoy el sucesor de Pedro es Francisco. Él ha señalado dos posibles tentaciones actuales:

 

a) Dejarse contagiar de la mentalidad mundana. Pedro escuchó al Maestro advertirle: “tú piensas como los hombres, no como Dios.” Según el Papa, dicha mentalidad lleva a buscar la propia gloria en lugar de la gloria de Dios y se disfraza de religiosidad y amor a la Iglesia (cf Evangelii Gaudium, 93).

 

b) Caer en la tibieza, que lleva a pensar que nada es pecado y que se puede pecar gravemente acomodándose a un cristianismo de rebajas, sin exigencia, sin cruz e instalado en el pecado (cf Gaudete et exultate, 164).

F. Tejerizo, CSsR

San Mateo 16, 13-20

 

En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.» Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

DOMINGO 21 TIEMPOORDINARIO, A

23 Agosto 2020

 

"¡Qué abismo de sabiduría y conocimiento el de Dios!" (Rm 11, 33). Se trata de un conocimiento, que supera toda la sabiduría humana y la prepotente confianza en los logros de la investigación y de los avances de la ciencia y la técnica. Cuando vivimos a nivel global –con todo lo que se dijo del fenómeno de la globalización-, una situación imprevista y desconcertante, provocada por la COVID 19, hace que la confianza cristiana se apoye en la sabiduría de Dios, que nunca se desentiende de su obra. Por ello, con el Salmo 137, se reza en este Domingo: “No abandones la obra de tus manos.” Además, la oración colecta de la Misa hace pedir que se pueda estar “firmes en los gozos verdaderos.”

 

En este pasaje del Evangelio, el Señor formula una importantísima pregunta que permite diferenciar dos grupos entre aquellos que le escuchan. Primero, el de la gente en general y después, el de los Doce.

 

La gente, responde a la cuestión desde su realidad religiosa. Tienen buena información. Unos, aseguran que Jesús es el Bautista, lo cual quiere decir que están al día de los últimos acontecimientos relacionados con su religión judía. Otros, le señalan como el Profeta Elías. Eso indica que han recibido buena formación religioso-política, porque este profeta era quien restauraría el pueblo de Israel. Otros, le identifican con Jeremías, el profeta que había prometido la renovación de la Alianza. En nuestra situación europea del siglo XXI ocurre algo parecido y la “gente” tiene información religiosa, de distinto nivel.

 

El grupo de los Doce no responde a la pregunta y se mantienen en silencio. Eso también sucede hoy a muchos cristianos que no saben qué decir o se sienten inseguros.

 

Luego, está Pedro, que se convierte en portavoz de todos los Discípulos. También de los actuales. Él confiesa su fe y reconoce a Jesús como el Hijo de Dios. Entonces, Jesús le hace caer en la cuenta del don que ha recibido. Y el don de la fe tiene consecuencias. Creer en Jesús conlleva ser parte de su Iglesia. Ambas cosas –le fe en Jesús y su Iglesia-, son inseparables.

 

La Iglesia, que comienza con el grupo de los Doce y que se edifica sobre la solidez de Pedro, tiene una orientación -sabe a dónde se dirige- y un contenido –un gozo verdadero-.

 

En la realidad actual, de tanta pluralidad y donde hay tantas personas desorientadas, los cristianos saben el camino. Se trata de uno que comienza en Cesarea de Filipo y que lleva hasta Jerusalén: hasta la Cruz y la Resurreción.

 

En la realidad actual, de multitud de experiencias y búsquedas compulsivas de emociones intensas y pasajeras, la fe permite vivir el gozo verdadero, interior y, al mismo tiempo, eterno, que comienza por estar en la compañía de Señor y gustar de su presencia en el Sacramento de la Eucaristía. Es también el gozo, de poner la confianza en él, que no abandona la obra de sus manos.

F. Tejerizo, CSsR

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